Diario de vida (Parte I)

10 de abril, 2013


Hoy volví a casa después de dos meses de estar en Buenos Aires y empecé a escribir este cuaderno de vida por necesidad, para rescatar algunos recuerdos del viento del olvido y porque temo envejecer y no recordar qué momentos marcaron mi historia, la de mi familia y otras personas que dejaron huellas imposibles de ignorar.

Volví a mi provincia y todo permanece inmutable, salvo la cabeza pintada de mi abuela Sara, ahora poblada en su totalidad de canas blancas y la altura Heber, que debe estar estrenando un par de centímetros más. El resto, intacto, como si el paso del tiempo hubiese pasado de largo por La Rioja. Las cansas donde me crié sufrieron algunas modificaciones pero sólo estructurales, a una le derribaron los canteros donde la abuela tenía su jazmín y un tristísimo jardín improvisado para levantar una pared y  construir un portón para proteger el auto de Tia Tere, “esta es la casita del auto de la tia” me explicó mi sobrino.

En cuanto a la Gran Casa de la Avenida Castro Barros, sólo encontré un par de muebles cambiados de lugar y a mi pieza convertida en un depósito de recuerdos: la cama de dos plazas que me regalaron cuando cumplí 18 años, el televisor del tío Chacho, un par de camisas y libros de papá, el espejo que era parte del juego de dormitorio de los primeros años matrimoniales de mis padres y el sillón de mimbre dónde mi abuela Sara pasaba sentada tardes enteras.

Pasaron un par de meses hasta que decidí darle uso a este cuaderno que me obsequió mi amiga Mercedes en septiembre del 2012, cuando cumplí 23 años. Improvisé una agenda, un recetario de cocina, un anotador pero finalmente arranqué esas hojas y dispuse que era el momento de darle forma a las palabras que me acosan desde que leí algunos libros que me volaron la cabeza. Otro de los motivos de iniciar con esto fue que leí en un blog de mi escritora predilecta, Isabel Allende, donde invitaba a a todos sus lectores a enviar fotos de los diarios de vida que poseían. Entonces me sobraron los motivos, junté ganas y empecé a escribir estas líneas, desconociendo por completo cuál será su destino.

Hoy empecé a escribir mi cuaderno de la vida, ¡no saben lo hermoso que se siente repasar relatos que tenía dormidos en la memoria! Gracias amiga por este regalo, meses después le pude dar el fin que se merece. 
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