Diario de vida (Parte II)

10 de abril, 2013

Miro alrededor y veo las paredes de una casa que fue testigo de mi infancia, por ella transité la mitad de mi infancia y parte de mi adolescencia. En este living donde escribo ahora, celebramos interminables fiestas de Navidad y Año Nuevo como así también uno que otro cumpleaños, donde todas las familias de cada una de las hijas de la abuela Pochola llegaban con comida y ánimos de festejar.

En este living velaron los restos de esa mujer de fuerza interminable y cariño desmedido, y hoy, en este mismo living es el campo de juego de Heber. El piso está dinamitado de juguetes, rompecabezas, muñecos de acción y libros didácticos. También está presente el Pato, una bicicleta con morfología de pato amarillo que le regalé a Heber cuando cumplió su primer año. Aún recuerdo cuando fui a comprarlo y con ayuda de Elodie transité todo el centro en moto haciendo equilibrio con el Pato a cuesta. Años después, apenas dos años más, haría la misma proeza, pero esta vez sólo y con un monopatín rojo de Cars.

Varias generaciones fueron protagonistas de historias que tuvieron lugar en esta casa, en la de Malanzán y la de la Gran Casa de la Avenida. Para mí que Dios me hizo nómada, de casa en casa, viviendo y a la vez recolectado relatos, rostros, alegrías y penas para luego darles formas y escribir algo.

Siempre estuvieron las intensiones de escribir una pequeña novela que contará la historia de mi familia pero siempre desistía, por falta de tiempo y de constancia, y por miedo de que algunos familiares se ofendan conmigo, también para evitar las comparaciones con mi papá y simplemente porque tantas ideas se atropellan en mi mente que me cuesta darles un orden y dotar de sentido a una fabulosa epopeya familiar similiar a los Buendía o a los Trueba (¡¡¡qué valor!!!). Sin embargo, sé que probablemente algún día, no sé a que edad o en qué vida, me voy a animar y esbozaré las primeras palabras de ese relato que (me) estoy debiendo.

Mientras tanto escribo para sanar, porque como decía Isabel Allende en “El Cuaderno de Maya”, acumular dolor sin convertirlo en palabras, acumular amor sin convertirlo en abrazos y acumular penas sin llorarlas, nos hace daño.

Hace 2 días, precisamente el 8 de abril hubiese cumplido años mi querido primo Fabíán, de quién les contaré más adelante. A él también le debía estas páginas.

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