E-mail a papá (I): La inexorable manía de leer

Papá,

Creo que las libros son el camino que nos conduce a todos, irremediablemente, al vicio de la lectura. La espera por un trabajo me tiene carcomiéndome la cabeza, la urgencia de que llegue algo y que no llegue nada logra sacarme de quicio y más de una vez he suspirado de frustración al no poder encontrar un lugar en esta selva tan urbana como salvaje, donde es más fácil pedir perdón que permiso. Mientras invoco algún trabajo, he intentado no caer en la desesperación y refugiarme en el sagrado hábito de la lectura. Y el motivo de estos párrafos no es más que para agradecerte, ¿a esta altura? ¿a los 23 años y con un título bajo el brazo? ¿después de haber leído no sé cuantos libros, autores, temáticas, etc? Sí, a esta altura.

A esta altura busco a mi familia en los libros de Isabel Allende. Sé que no es virgen de tu devoción pero irremediablemente tu plan de que yo salga un ávido lector no podía ser exitoso en un 100%, así que te disgusto priorizando a Allende sobre todas las otras plumas. Pero no desesperéis y seguí leyendo: no digas nada, no me retes, ni lances una puteada si te digo que compré “Cien años de soledad” teniendo a mi disposición como 20 ejemplares en casa. Yo siempre pensé que iba a madurar el día que lea un libro de Gabriel García Márquez o de Borges, me pasé la adolescencia enfrentando mis propios prejuicios mientras leía a Isabel y de grande comprendí que los libros no deben ser forzados, sino que llegan en un momento determinado de nuestras vidas.

No puedo caminar por Buenos Aires sin buscarte en una librería, no a tus libros, ni a tus ensayos, ni nada por el estilo, te busco papá en tus autores preferidos, cada vez que tengo oportunidad y se habla de “Cien años de soledad”, saco el pecho como paloma orgullosa y digo “mi papá se sabe de memoria los primeros párrafos de tantas veces que lo ha leído”. Y sonrío, y ahora mientras escribo, no puedo no emocionarme si en cada café que paso, te invoco con mi memoria visual y te veo leyendo. 

Renegaba tanto cuando a los 7 años en lugar de juguetes, los Reyes Magos me traían un libro, en qué mundo vivía, no podía concebir que mientras los niños normales disfrutaban sus juguetes -no es que yo no tenía, pero quería esa “emoción del momento”-, yo tenía que pasarme una tarde leyendo “El caballero de la armadura oxidada”. La rabia se me pasaba al rato, cuando me sumergía en esos fantásticos mundos de nobles, animales parlanchines y una lista interminable de valores que había que respetar: la última palabra de ese libro, si mi memoria no me falla, es amor.

“Amor” se llama el último libro de Isabel, el que recapitula sus mejores escenas de sexo, pasión y, valga la redundancia, amor. Espuma de la espuma de la espuma, industria cultural, cliché de sus últimos libros e inevitablemente repetitiva. Pero encantador, un libro encantador y cuando de amor y literatura se trata, me vuelvo loco. Ahora estoy con “Eva Luna” y, con la urgencia que me apura y la ansiedad que me distinguió siempre -heredada de vos-, compré “Cien años de soledad” para que nunca pase un día sin leer: un día sin leer es un día perdido.

Hoy veía en Yennys, un libro que reunía a otros tres, la trilogía de Isabel, “Memorias del Águila y Jaguar” y lo primero que se me vino a la cabeza fue: “Que golazo sería si Heber leyese estos libros de chico” y ahí fue cuando me encontré con el demonio de Carlos Alanís, ¡¡¡¿qué me hiciste?!!! Siempre le dije a María que Heber tiene que leer, lo que sea, desde un prospecto de un remedio hasta la biografía de Micky Mouse si es necesario, pero que lea, que las palabras lo inunden y que se contagie esta manía de no poder vivir sin un libro bajo el brazo.

Yo creo que si Carlos Alanís viviese en Buenos Aires, se le pasaría el colectivo cuatro cuadras y se confundiría de estación de subte por tener las narices perdidas en un libro. Bueno, entonces Carlos está vivo. Vive en mi, porque eso me ha pasado, ¡y seguido! No de despistado, sino que hay historias que me sacan de contexto y me hacen volar. Me encuentro sonriendo como estúpido entre una masa de desconocidos pensando “si papá me viera…”. Al no contar con un velador en la pieza que compartimos con Fernando, me las ingenio para leer hasta que el puto insomnio me abandone y las ganas de dormir lleguen. Son varias noches las que abro el libro con un mano y con la otra sostengo el celular para que me ilumine la página por la que voy, sí, es incómodo, pero como voy a descansar sin saber que le pasó a “Eva Luna” luego de arrancarle los pelos a su patrona y salir corriendo.

La otra técnica que tengo es más cómoda, pero más bochornosa cuando no consigo conciliar el sueño, me voy al baño con el libro bajo el brazo, me encierro, me bajo la ropa interior y me siento el inodoro sin necesidades que me apuren, sólo para leer hasta que una hora prudente en que no levante sospechas o hasta que el frío en los pies  me anuncie que ya es hora de volver a la cama. La mayoría de mis amigos me viven diciendo que vivo como volando, pero como no volar con tantos relatos dignos de ser leídos y un padre que, desde pequeño, me llenó de tantos libros que me hicieron creer que el cielo es mi suelo.

Estoy resistiendo, estoy aguantando, estoy esperando y no quiero volver, quiero crecer acá y encontrar una oportunidad laboral, me siento triste al caer en la realidad de que esto es más duro de lo que pensaba, pero no me dejo ganar por la melancolía porque los busco a todos en las historias que leo, busco a mi abuela Sara en esos espíritus que describe Isabel, a mi mamá y mi tías en otras mujeres, a mi sobrino en las inocencias de los niños y así, hasta pasar un día más con la esperanza de que suene el teléfono para que me entrevisten y así conseguir un trabajo.

Hace daño “acumular dolor sin convertirlo en palabras, acumular amor sin convertilo en abrazos y acumular las penas sin llorarlas” dice Isabel, La necesidad de escribirte era inexorable. Podrá sonar un cliché o una ironía, pero tener “La casa de los espíritus” y “Cien años de soledad” es como tener a mamá y a papá en el mismo cuarto abrazándome, diciéndome “dale hijo, aguanta que para eso te dimos la vida y la libertad”. Y si, no te miento, hay noches que me puede más la angustia y extraño tanto que exploto en lágrimas pero no flaqueando mi decisión de continuar mi aventura acá.

Extraño a mis mujeres, a todas, desde mamá, mis tías, mi hermana hasta la abuela Sara y Graciela, extraño las comodidades y las distancias cortas, pero aprendí a ser paciente y viajar, saber que acá 1 hora de viaje es lo más normal del mundo y que al verme sólo los mediodías experimento en la cocina. No es por nada, pero tengo muy buena mano y cuando vaya a La Rioja voy a demostrar orgulloso todo lo que aprendí. Para la nostalgia, el mejor remedio que tengo es leer para encontrarnos.

Anoche fui al cine a ver “Oz, El Poderoso” y salí como niño chico a la calle, era de noche, Caballito, llovía, tomé un taxi y volví sonriendo a casa reafirmando lo escrito anteriormente: mi suelo es el cielo. Así encontró el otoño a tu hijo menor, lejos de casa pero perdido en los libros. 

Se me hizo extensa esta carta virtual pero tenía todas estas cosas palabras atragantadas en los dedos. 

Es un “gracias” encubierto.


Te extraño papá, 


Martín 


…………………………………


Respuesta de papá:

Nunca pierdas las esperanzas, como dice el Nano ¨el camino es cuesta y me voy a pie¨. Tu carta es una dignisima obra literaria y todo un homenaje al libro. Te agradezco tu reconocimiento y tené paciencia; ¨dicen que de lejos se ve mas claro y que no es igual quien anda y quien camina¨.

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