Las obsesiones perversas de la niña Andrea

Desde niña Andrea estaba obsesionada con el órgano reproductor masculino. No por perversión, ni por asumir un rol de Afrodita descontrolada, sino más bien porque esa extraña deformación que colgaba entre las piernas de los hombres parecía la cría muerta de un animal. Cuando su niñera Niní se descuidaba, se escapaba hasta la biblioteca del pueblo y con la excusa de tener tareas de la escuela, Andrea gastaba horas enteras de sus tardes sumergida en libros de biología, anatomía y sexualidad. “No me parece raro que a tu temprana edad ya les perturben la mente con esas asquerosidades” bufaba resignada la bibliotecaria ante los insólitos pedidos de la niña ante el mostrador.

Con ojo clínico, Andrea inspeccionaba las ilustraciones de esos libros y se aprendía de memoria cada parte del pene: sabía cómo era flácido y cómo lucía erecto, conocía también que a través de esa “flauta de carne” -como la apodaron los niños malos del pueblo- atravesaba sangre, orina y un liquido blanco que se llamaba “semen”. Era la primera vez que oía esa palabra, “conjunto de espermatozoides y sustancias fluidas que se producen en el aparato genital masculino”.

A sus siete años, Andrea podía ubicar a la perfección donde se encontraba el glande, el frenillo, el prepucio, el tronco y los testículos. Cuando la curiosidad pudo más que las reservas, Andrea pidió prestado el libro “Anatomía del cuerpo humano” y lo llevó a su casa, donde lo devoraba por horas, buscando alguna explicación de por qué el hombre contaba con ese pedazo de carne como si fuese una figura mitológica y carcomiéndose la cabeza pensando por qué a las mujeres Dios les había partido el cuerpo de esa manera, dejando una abertura tan vergonzosa entre sus piernas.

Niní descubrió el libro que resguardaba Andrea bajo el colchón de su cama pero no dijo nada a sus patrones, por miedo de que la echen por complicidad. Prefirió decirle a la niña que Dios castiga severamente los deseos prohibidos, que los infantes arden en el infierno y que era mejor olvidarse de ese tipo de lecturas, vos no vas a ser doctora, vas a ser maestra, así que déjate de joder con esas porquerías.

Andrea ignoró todas las señales de precaución moral, religiosa y social que Niní le advertía y continuó en la lucha por conocer cada vez más detalles del pene, qué otros órganos se conectan con él y como se introducía en la vagina, sin saber que años más lo experimentaría en carne propia, literalmente. Donde la gente ordinaria veía un banana, un pepino o una simple rama caída, ella veía un pene.

Para curar a la niña de los vicios de la carne masculina, Niní propuso a sus patrones sacar del pueblo a Andrea, que conozca la urbanización, que se distraiga con las luces, no queremos que de grande pase vergüenza en la Gran Ciudad, argumentaba la mujer. Con una confianza ciega que construyeron con los años, los padres de Andrea autorizaron a Niní que lleve a dar un paseo a la niña, le hará bien abrir los ojos y dejará de pasar tanto tiempo encerrada en su habitación en esos mundos fantasiosos que creaba y le atrofiaban la mente.

Al llegar a la Gran Ciudad, Niní agarró fuerte de la mano a Andrea y juntas recorrieron infinidades de calles, pasearon por diversas plazas donde la niña se hamacó, dio de comer a las palomas y vio un borracho orinar en una fuente de aguas danzantes mientras tarareaba un tango de Gardel, quizás. Ante semejante espectáculo Andrea quedó fascinada porque era la primera vez que veía un pene en carne viva. Hipnotizada por la coreografía del agua y del orín, al ritmo de los movimientos de pelvis del hombre pasado en copas, la niña tardó en reaccionar ante el latigazo que Niní le propinó en la nuca con la mano.
– ¡Niña, deja de mirarle el pito a ese degenerado!
– ¡Ese es un pene!- gritó emocionada Andrea, haciendo caso omiso a la orden de Niní.

Un par de mujeres que circulaban por la plaza se escandalizaron y Niní no tuvo más remedio que llevarse a la niña del brazo, siguiendo su recorrido y tratando de pretender que acá no ha pasado nada, ni una palabra de esto a tus padres, ¿entiendes Andrea? Pero ella no estaba en este mundo ya, su suelo era el cielo y se quedó rumiando en su mente la imagen de ese bochornoso pene y el cómico apodo con el que su niñera lo había bautizado, “pito”. La niña esbozó una sonrisa.

Un par de pasos más adelante se encontraron con una estatua de dimensiones extraordinarias, lo único que pudo sacar de su ensoñación a Andrea, ¿quién es ese hombre a caballo? Niní no sabía leer, pero para no quedar como una burra delante de la niña, salió bien parada respondiendo que ese hombre es un prócer. Se toparon con un par de próceres más, a los que Andrea observaba minuciosamente, tratando de encontrar diferencias entre uno y otro, pero concluyó la tarde y su veredicto era que todos esos viejos eran iguales. Niní le contaba a la niña que esos hombres no eran iguales, cada uno había dejado su huella en la historia, ese nos libró de una batalla, este otro creó la bandera y por culpa de este, tenemos que mandar a los niños a estudiar a la escuela.

La memoria de Andrea se encargó de registrar cada uno de los próceres adjetivándolos, el prócer del caballo, el prócer el libro, el prócer de la bandera, el prócer de los bigotes. Al caer la noche, Niní y Andrea emprendieron la vuelta al pueblo, llegando a una de las avenidas principales de esa Gran Ciudad y ahí estaba ante sus ojos un gran pene de cemento, erguido, excitado, construido en la arteria principal de Buenos Aires y adornando con su erección el paisaje. El monumento de proporciones fálicas dejó en jaque los sentidos de Andrea, situación que conmovió a su niñera sin sospechar las historias que había tejido la niña en un santiamén.
– Ese, m’ija, es el Obelisco- explicó Niní con una plácida sonrisa de saberse acertada.
– No, Niní –corrigió seriamente la niña- ese es el prócer del pito.

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