De soledades y coincidencias otoñales

XXXVI
¿No será la muerte por fin
una cocina interminable?
¿Qué harán tus huesos disgregados,
buscarán otra vez tu forma?
¿Se fundirá tu destrucción
en otra voz y en otra luz?
¿Formarán parte tus gusanos
de perros o de mariposas?
Pablo Neruda, “El libro de las preguntas”
Estoy feliz con mi trabajo. No encuentro otro estado de ánimo para describir el momento que estoy viviendo, “feliz”. Es domingo. Estoy sólo en el Parque Rivadavia tomando mate. Sí, leyeron bien: tomando mate. Siempre pensé que tomar mate por motu propio era parte de madurar. Eso y leer “Cien años de soledad” del Gabo. Sin embargo, el otoño duele como decía mi viejo, me gusta el otoño porque me duele. ¿Por qué dolerá el otoño? Felicidad y dolor, el adverso y reverso de la vida. Hoy desperté con ganas de estar en la cama de mi mamá, con el olor de alguna comida preparada por tia Tere invadiendo la casa, con el ruido de alguna película de Heber y con mi hermana “cargoseándome”. Hoy me gustaría que estén todos acá, conmigo. O yo allá, con ellos. Quiero que estemos juntos.
Anoche soñé con que se moría la abuela Sara, debe ser por eso que desperté con tanta nostalgia. Nostalgia y dolor, sentía en el pecho el peso de una roca. Me dolía tanto esa pesadilla. Recuerdo que en el sueño lloraba desconsoladamente ante la mirada de mi viejo. La mirada de mi viejo cuando está triste es siempre la misma: los ojos perdidos en algún punto fijo y una capa de lágrimas amenazando suicidarse por sus mejillas, los ojos como dos cristales grandes. Dos grandes cristales emocionados. Recuerdo además que en el sueño era Graciela quién me consolaba, me daba una palmeada en el hombro derecho y me decía que llore, llorá Martín, llorá todo lo que tengas que llorar porque al duele ya lo venimos haciendo hace rato. Nunca escuché una frase tan acertada.
Amanecí con ese dolor, ese dolor de incertidumbre, ese dolor con olor a muerte, a muerte que anda rondando esperando sorprendernos en cualquier momento. No obstante ese dolor me llevó al recuerdo, un salto a la infancia. La abuela Sara me decía “negro del tumbo”. Así me decía ella, mi negrito del tumbo. Busqué en Internet qué era un negro del tumbo pero no logré encontrar nada, ni descifrar qué significa. Luego de la frustrada búsqueda, decidí dormir de nuevo, soñar con algo más agradable quizás. Dio resultado porque soñé que le daba un beso a un personaje de la TV, pero eso queda para mi. 
El otro día llamé a papá para contarle algo que me sucedió en el bondi un día de regreso a casa. Le di mi asiento a una mujer en el bondi. Ella, agradecida, me regaló tres bocaditos de chocolate y me confesó que menos que me diste el asiento, no doy más del dolor de columna. Sonreí y devoré el chocolate, saqué de mi bolso “Barriletes y utopías” y me dispuse a leer mientras lograba mantener el equilibrio en el colectivo en movimiento. No obstante mis intenciones de leer se vieron trucadas porque en el momento en que empecé uno de los cuentos de papá, vi que la mujer me acercaba un folleto. “El autor es un hombre de 90 años, se encarga de ayudar a la gente a encontrar a su guía espiritual” me contó, capaz te interese
-¿Cómo te llamas? -me preguntó- Yo me llamo Juli.
– Martín -respondí.
– ¿No sos de Buenos Aires, no? -indagó sonriendo al quedar en evidencia mi tonada.
– No, soy de La Rioja.
Hablamos un rato sobre las enfermedades psicosomáticas, aquellas enfermedades que la medicina tradicional no puede resolver, las enfermedades del alma. También hablamos de mi búsqueda de trabajo, de cómo conseguí laburo, de mis anhelos, sueños y un par de frustraciones. Ella me contó de sus soledades, de la muerte de su marido, de su depresión y de ese “no” dibujado en su mente que no le permitía avanzar. La larga conversación que entablamos finalizó cuando ella se bajó, pero antes de hacerlo. 
“Todos tenemos un ‘guía espiritual’ que habita en nosotros pero lo tenemos que descubrir por nosotros mismos” me explicó. Que así seríamos felices, o estaríamos en paz, una de dos. No recuerdo bien. Luego Juli me auguró éxitos. El éxito deseado por una perfecta desconocida me salvó el día. Estaba lloviendo, pero no me había dado cuenta hasta que me bajé del colectivo. A cambio del folleto sobre enfermedades psicosomáticas y guías espirituales, le regalé la copia que llevaba conmigo de “Barriletes y utopías” y me agradeció. Abrió el libro y leyó una frase en silencio, luego me dijo: 
-¿Ves que las personas no nos conocemos por casualidad?
Yo no entendía a que se refería, pero luego agregó que, como la protagonista del cuento que empezó a leer, ahí, en ese mismo momento, a minutos de recibir de mis manos el libro de mi viejo, su mamá también se llama Zunilda. Ensayé una tímida sonrisa y agradecí la coincidencia. No sé si volveré a ver a Juli, si la vida nos juntará de nuevo en este otoño o en alguna otra estación. Tampoco sé si leerá el libro que le regalé, aunque descuento que sí lo hará. Regresó a mi mente ese pensamiento que vengo rumiando hace semanas, y creo haberlo escrito varias veces: que la vida es también una suma de coincidencias, de encuentros y de soledades, de interminables otoños y de nostalgias de domingo por llover

P/D: el agua del mate está fría y me salió increíblemente asqueroso. Queda tan poético sobre el mate sobre el césped, prefiero mil veces el sabor capitalista de la Coca-Cola.

P/D Nº 2: el único libro que leí en estas semanas es “Un comunista en calzoncillos” de Claudia Piñeiro (pero de este libro hablaré en mi próximo post). Tuve oportunidad de conocer a Claudia en la presentación del libro en la Feria Internacional del Libro, y en unos minutos escasos mientras me firmaba mi copia de “Un comunista…” le confesé mi admiración, de cómo pude reconciliar diferencias con mi viejo a través de ese último libro suyo y de cómo me había llegado “Elena sabe” (sí, también hablaré de este libro en otro post). En “Un comunista en calzoncillos” traté de ejercitar la memoria y recordar algún hecho de lealtad similar al que ocurre en la novela -no, no voy a pecar de spoiler-, pero no se me ocurrió ninguno. Como en el libro mencionado se aclara, toda historia que se me puede ocurrir tendrá su cuota de verdad y otra de mentira, ficción y  realidad. Pero eso será otra vez, ahora no paro de reír con el perro que acaba de mear la placa en honor a Bolívar que hay el Parque Rivadavia.
P/D Nº 3: se me ocurrió pasar todas las anécdotas de este cuaderno de vida a un blog. Así nacerá “Los estropicios de la identidad”. 
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