Amor

Voy a escribir sobre el amor, tratando de evitar caer en cursilerías y ser lo más fiel posible a la experiencia que viví con alguien. No habrá nombres ni apellidos ni edades, tampoco indicios para que se larguen a la búsqueda del posible co-protagonista de esta historia. Voy a escribir lo siguiente por tres razones que me parecen suficientes para justificar estas páginas. La primera razón es que hace tiempo, a principio de año exactamente, leí “Amor” de Isabel Allende; una recopilación de las mejores escenas de amor y pasión de sus libros y merecía unas líneas en este blog. En segundo lugar porque por más que nadie me lo haya pedido, estoy seguro de que algún lector curioso está interesado en indagar si alguna vez estuve enamorado. Y si no lo hay, lo voy a inventar. El último motivo está relacionado con lo que me dijo una vidente en el Parque Rivadavía, cuando me tiró las cartas del Tarot al modesto precio de diez pesos, y atinó que yo había sufrido un gran desengaño por amor.

Antes de continuar, advierto a quienes estén leyendo esto que lamento anunciarles que no describiré proezas sexuales ni enumeraré la cantidad de penas lloradas, producto de varios amores frustrados y uno que otro amante ocasional. Si está esperando eso, dear reader, desista ahora y abandone la lectura de estos párrafos right now. Tampoco voy a escribir a continuación cómo fue que me enamoré, ni los cuernos que puse y me pusieron, mucho menos como me abandonaron. Con tanto preámbulo se dará cuenta que si bien este blog se ha convertido en una suerte de diario extimo, sólo me limitaré a contar lo que sucedió aquella vez que me dijeron ‘te amo’ y lo sentí plenamente sincero.

Días atrás me encontré conversando con mis compañeros de trabajo sobre la proyección a corto o largo con sus respectivas relaciones. Mientras unos convencidos se veían al lado de su pareja en un futuro no muy lejano y otros no, ahí estaba yo en el medio de todos ellos: soltero. No sólo, soltero. Mi única colaboración al tema fue citar una frase de Isabel Allende, que creo pasó desapercibida. “No importa a quien amemos, tampoco importa ser correspondido o si la relación es duradera. Basta la experiencia de amar, eso nos transforma”. Creo que mi aporte no resultó muy interesante porque la charla tomó otro rumbo inmediatamente.

Omitiré mi primera vez, tan bochornosa que no vale la pena ni escribir de ello ahora. Quizás mas tarde lo haga. Hablaré de la primera vez que me dijeron ‘te amo’ y de como a partir de esas dos palabras mediré mis siguientes relaciones, si es que las hay. Tanto emisor como receptor de ese mensaje estaban en una encrucijada que no vale la pena mencionar. El mismo canal de comunicación que usó para confesarmelo también uso para dejarme y para decirme que no podía más: todo por mensaje de texto. Nunca tomé esta huída como como un acto de cobardía, sino más bien como un miedo hondo de vernos sufrir en un punto final abrupto a una historia de amor precoz, que en mis 22 años de ese entonces no presentaba precedente. “El amor de juventud tiene un grado de locura que no se da después: es exclusivo, ciego, trágico, una montaña rusa de emociones que van desde la exaltación alucinada hasta el pesimismo más hondo”. Esta descripción encaja a la perfección a la experiencia que viví con mi primer amor.

Este domingo 26 de mayo volví al Parque Rivadavía y luego de finalizado mi ejercicio de escritura, a partir del cual nació “Un kirchnerista en boxers”, rondé alrededor de la plaza atestada de niños que jugaban con sus padres, parejas que se comían a besos, hombres solitarios que daban de comer a las palomas y una fila interminable de vendedores ambulantes. Interrumpió mi paseo una anciana que ofrecía tirarme las cartas a cambio de $20 pero le dije que sólo llevaba en mis bolsillos $10. Accedió a hacerlo de igual forma. Lo que sucedió a continuación oscila entre lo increíble y lo mágico, creer o reventar: no sólo me pronosticó una larga vida y años de mucha felicidad, sino que además arrancó su rutina revelándome cosas que me dejaron con la mandíbula por el suelo, sos muy capricho y nervioso, pero enseguida se te pasa, se nota que has sufrido mucho por un amor y aunque ya haya pasado un largo tiempo, aún lo extrañas, ustedes dos ya no están juntos porque ambos sufrieron un desengaño, pero esa persona te dejó por su familia, van a volver a estar juntos, tenes que buscar a esa persona, juntos van a tener dos hijos.

Después de la sentencia pronunciada por la vieja tarotista, mi memoria quedó en jaque y dió un salto a esa mañana nefasta cuando desperté y tenía en mi celular un mensaje de texto suyo, anunciándome que lo nuestro no podía seguir más, que me disculpes, que no puedo seguir mintiéndole a mi familia, no puedo ver a mi madre a la cara y mi abuela aún se aparece en mis sueños decepcionada, por el romance que llevaba conmigo. Lo que pasó en el medio sólo los dos lo sabemos. Cuando pasan un par de meses le escribo para saber como está. Y punto. Muchas veces quise que volviera, pero no por mí, sino por nosotros. Hoy ese ‘nosotros’ se desglosa en dos personas que continuaron su vida por separado, por diferentes rumbos, en direcciones opuestas. No obstante hay pequeños atajos en esos senderos que nos acercan esporádicamente a lo que alguna vez fuimos, sean estos desvíos un amigo en común que nos cuenta como está el otro, un comentario de un tercero, una foto, un suspiro del viento.

Pensaba en un párrafo final que pueda resumir mi idea sobre el amor, me quedé pensando largo tiempo tratando de encontrar una idea contundente que pueda resumir cómo nos mostrábamos las cicatrices de la piel, intercambio más íntimo que nos conduce irremediablemente al romance. Fue duro el despertar, pero hay que saber cederle terreno al dolor para que cohabite con el recuerdo de lo que alguna vez nos hizo felices. Hay que abrir los ojos, despertar, evaluar, soltar y dejar ir: no hay amor más grande que eso. Nunca más te busqué, porque sinceramente temo correr el riesgo de perderme para siempre.

En el amor, los dos nos abrimos, nos aceptamos…. pero también nos rendimos.

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