Un kirchnerista en boxers

Hace poco leí dos veces “Un comunista en calzoncillos” de Claudia Piñeiro (la primera vez yendo a ‘Cajas chinas’, algo así como reseñas autobiográficas de la autora, y en la segunda oportunidad sólo la novela corta). No es lo primero que leo de ella, “Las viudas de los jueves”, “Tuya” y “Elena sabe” ya son parte de mi biblioteca personal, aunque ahora merezcan una nueva lectura. Resta leer “Betibú” y “Las grietas de Jara”, están pendientes en la larga lista de autoras latinoamericanas que pretendo leer este año. Semanas atrás tuve oportunidad de conocerla personalmente en la Feria Internacional del Libro, dónde amablemente firmó mi copia de “Un comunista en calzoncillos” y en unos minutos fugaces pude confesarle qué rol jugaron sus obras en mi vida, sobre todo “Elena sabe”, retrato crudo y triste de una mujer con Parkinsson. En ese libro pude leer la descripción del calvario que vive mi abuela Sara, de habitar un cuerpo que no le pertenece ni hace caso (y ni hablar del agregado del Alzheimer, ¡malditas enfermedades degenerativas!). También le conté a Claudia, después de presentarme como su ávido lector riojano y tuitero, ah, sí, Tino Pop, sobre cómo a través de la lectura de su último libro pude reconciliar ciertas diferencias con mi padre. “Con los años empezás a ver las cosas…” y acá entra mi duda, porque no recuerdo si remató la frase diciendo “desde otra perspectiva” o “desde lo prospectivo”. Sea cuál sea la palabra que usó, Piñeiro estaba atinada y me permití a través de la relectura de “Un comunista en calzoncillos” repensar y reflexionar, revisar y recordar.

En pocas líneas, y en una breve síntesis, en “Un comunista en calzoncillos” Claudia Piñeiro rescata la figura de su padre, un comunista que tal como anticipa el titulo del libro, se paseaba en calzoncillos por su casa. El contexto no es otro que el inicio del Golpe Militar en Argentina, escenario que la autora elige para narrar un “acto heroico” atravesado por la lealtad y la historia, el amor y la familia. Todo relatado a través de los ojos inocentes de una niña. Como no está en mis intensiones contarles el final -sería un despropósito terrible-, sí quería subrayar que a partir de las dos lecturas que hice de este libro, pude darle forma a lo que hasta hace unos meses descansaba en mí latente, de forma inconsistente: el esbozo de lo que sería mi ideología política.
No sé que pasó pero ayer, 25 de Mayo, me vi aplaudiendola. A Ella. Aplaudiendo a Ella con los ojos húmedos, emocionado. No sé que fue lo que más me emocionó, si su discurso o el protagonismo de la cantidad de jóvenes que hace 10 años participan activamente en el terreno político. Sin saberlo, participé por una década de ese proyecto político (no “modelo económico”, como Ella aclaró), donde diferentes situaciones me empujaban irremediablemente a estar de acuerdo con las algunas decisiones del gobierno actual. Mucho tuvo que ver el peso de la mirada de mi papá sobre el tema, en lo político. Es el líder de opinión indiscutido que encausa mi manera de entender algunas cuestiones. Pero creo que fue después de escucharla a Ella, cuando me vi discutiendo con varios amigos sobre lo que sería mi posición política.
Lo que nunca terminaré de entender es por qué el término “discusión política” es sinónimo de o es blanco o es negro, o sos radical o sos peroncho, o sos de los míos o sos de los otros. Peco de optimista persiguiendo la utopía de que “discusión política” sea antónimo de todo lo mencionado y pueda convertirse al final en un consenso, en un acuerdo, en un  gris donde se construya un lugar donde las verdades no sean ni absolutas, ni incuestionables, cero dogmáticas. “Conmigo no van a poder” recuerdo que dijo Ella en su discurso con respecto a la agresividad con la que algunos se refieren a cada decisión tomada por su gestión.
Aún recuerdo la noche en que se aprobó el Matrimonio Igualitario, y yo en cama, tomando un té que seguramente preparó Liliana para mí. Lloraba de emoción, no porque este en mis planes casarme (aún) pero si porque eso significaba un paso más hacia el reconocimiento de los derechos humanos, una respuesta a una minoría que hace años lucha en el plano simbólico por la reivindicación de sus necesidades. “Al lado de cada necesidad, hay un derecho” remarcó Ella, y yo estallé en aplausos ese 25 de Mayo. También tengo presente el día que me llamaron desde la Universidad Nacional de La Rioja donde estudié prácticamente gratis debido al bajo costo del arancel, para notificarme que era uno de los pocos beneficiarios de la Beca Estímulo a las Vocaciones Científicas, gracias a la cuál pude financiar mi investigación, realizar mi tesis de grado y así recibirme. Pensaba en todo esto y en mi sobrino, en el país que le estoy dejando, en el ejemplo que le estoy dando. 
Si a alguno le queda duda, no, no me pagan por escribir “a favor de”. Tampoco soy 100% kirchnerista, tengo mis cuotas de reclamos y dudas, de esperar respuesta a ciertas causas que abrazo (como #ElFamatinaNoSeToca por ejemplo), ni estoy tan en desacuerdo con lo que Ella hace para considerarme radical. Decir “soy apolítico, son todos iguales, corruptos, los mismos de siempre” es caer es una simple mental reduccionista que no nos permite entender cómo progresa nuestra historia, al menos así lo entiendo yo. No, tampoco “defiendo” mi postura política, defender significa que existe una agresión de por medio, y agredir por pensar diferente me parece una aberración espantosa. Me gusta usar los argumentos y actuar de acuerdo a ellos, con la crítica por sí misma no se cambia el rumbo de las cosas, con la acción sí.
Nací lejos de ese escenario compuesto por Piñeiro en “Un comunista en calzoncillos” pero reconozco que aún hay grietas que subsanar en nuestra historia, efectos de aquella época oscura que hay que amortiguar. Tengo la invaluable suerte de haber nacido en democracia. Los tres regalos más grandes que me dieron mis viejos son: la vida, el amor y la libertad, ¿no soy acaso el joven más afortunado del mundo? “Por lo menos cuando Menem estaba en el poder nos íbamos todos años de vacaciones” bromea mi mamá cuando le digo algo con respecto a mi postura política. Sí, mis viejos piensan diferente, seguro que coincidieron en algún momento de su vida, pero además de costarles un divorcio, de sus diferencias también salió un hijo que se crió en contradicciones. Y de esas contradicciones, de esa extrapolarización de ideas, me largo en la eterna búsqueda de mi verdad. 
Su carácter tiene el mismo color de su voz. Es áspera, decidida y firme, a la vez que deja escapar de a ratos un destello de vulnerabilidad y sensibilidad, esa mezcla inconfundible de una mujer que, a diferencia de otros hombres que ocuparon su lugar, no se lleva todo por delante, sino que mira constantemente a los costados. Ahí estaba yo, entre los vagos, los mantenidos por el gobierno, los pagos por un choripán peronista y la gaseosa. Ahí estaba yo, comparando que tan lejos estaba de todos esos estereotipos construidos a partir de prejuicios y de tantísima ignorancia. 
“Parte de lo que cuento en este libro sucedió y parte no. La ficción nos permite mejorar o empeorar la realidad según nos convenga. Mejorarla para tolerarla; empeorarla para que tenga tensión dramática. La vida, a veces, no la tiene. Los novelistas mentimos, no sé si para entender el mundo pero al menos para sentir que el mundo no nos engaña como quisiera” advierte Piñeiro en “Un comunista en calzoncillos”. Supongo que mi padre, además de profesor de matemáticas y escritor, es un gran mentiroso que me indujo al vicio de la lectura para que el mundo no me agarre desprevenido paseando como un kirchnerista en boxers.
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2 comentarios en “Un kirchnerista en boxers

  1. Martín me gusto mucho ver tu blog, mas allá de la postura política y acuerdos y desacuerdos, logras transmitir y unir muchos aspectos de la vida, me alegra muchísimo tu crecimiento y riqueza personal y profesional. Todavía queda mucho por andar y espero que lo sigas haciendo con la espontaneidad y sinceridad de siempre.Mis mejores deseos para vos! Abrazos.

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