En algo hay que creer

“Unidad no poseo, ni tampoco identidad: no soy uno, soy legión, soy y somos más de mil, una rueda dentro de la otra, hasta contar las diez huestes que conforman el ejército concéntrico de las Ruedas y los Tronos”.

Laura Restrepo, “Dulce compañía”

¿En qué creemos? Esta es la pregunta que sirvió como disparador para empezar a escribir este nuevo post, luego de estar tres días haciendo reposo por una gripe que me dejó en cama, oportunidad que aproveché para finalizar mi lectura de “Dulce compañía” de Laura Restrepo. El libro trata sobre una periodista que escribe para una revista de frivolidades y es enviada por el jefe de redacción a cubrir la aparición de un supuesto ángel en un pobre pueblo perdido de Colombia. Si el ángel era efectivamente un ángel o sólo era producto de la creación del pueblo para mantener viva su fe colectiva, es algo que dependerá pura y exclusivamente del lector. Como lo prometido es deuda, aquí estoy nuevamente, desperezando la memoria y tratando de encontrar una respuesta a ese ‘¿en qué creemos?’. El debate no es nuevo, ni mucho menos original: grandes filósofos, teólogos, sociólogos y mortales han tratado de responder mediante pruebas empíricas -y no tanto- en qué se basa esa fuerza capaz de mover masas de gente.

Me crié bajo el techo de una familia muy católica, cuyo origen se remonta a aquel rincón florido de Malanzán cuando con mi abuela materna, mi madre y sus hermanos, y mis primos participabamos en las fiestas en honor a la Virgen de Copacabana. De niño me gustaba además disfrazarme de cura y predicar en casa ante el descontento de Niní, quien renegaba porque para mis misas desacomodaba todos los muebles que ella iba limpiando. Con el tiempo la manía de difundir la palabra de Dios con arapos simulando sotana se me fue y la religión empezó a sonarme más a sinónimo de aburrimiento. Las misas me aburrían, se hacía eterna y tediosa una hora dentro de cualquier iglesia: en esos momentos la paciencia era clave para soportar las predicas en el templo sin caer en un sueño profundi. En la adolescencia esta situación no mejoró en absoluto sino todo lo contrario, si iba a misa era porque me obligaban. Estaba en desacuerdo con la mayoría de las cosas de las que creía creer y sobretodo de las barbaridades que tenía que escuchar del cura de turno. Pero me callaba, porque sabía que no se debía discutar la palabra santa: era dogmática.

Cuando cursaba la secundaria, la palabra religión empezó a sonar a culpa, hasta la masturbación me parecía una herejía, ¡imaginense si tendría que perdir perdón por cada oportunidad en que se me iban las manos bajo el boxer! Si ahora me tuviese que confesar por las impurezas cometidas no habría corazón de cura que resistiese a tanto alborto. Siempre tuve la idea de que al decirle al mediador de Dios mis pecados más libidinosos, tendrían que sacar al confesor en camilla y con un respirador. Cuando me confesaba siempre omitía que me masturbaba, y cuando pienso en esto, recuerdo esta escena de “Eva Luna” de Isabel Allende:

“-¿Te has tocado el cuerpo con las manos? -me preguntó.
-Sí, padre -farfullé.
-¿A menudo, hija?
-Todos los días…
-¡Todos los días! ¡Ésa es una ofensa gravísima a los ojos de Dios, la pureza es la mayor virtud de una niña, debes prometerme que no lo harás más!
Prometí, aunque no podía imaginar cómo iba a lavarme la cara o cepillarme los dientes sin tocarme el cuerpo con las manos.”

Para entonces mi profesora de biología nos enseñaba que había dos teorías sobre el origen del universo: una es la creación del mismo a partir de la explosión del Big Bang, y la otra incluye a Dios, que en siete días se despachó con semejante cosa jodida de universo. “¿Cuál es la verdadera?” le preguntaba a mi mamá. Entonces tenía 12 años y sentía que con este tipo de interrogantes sometía a mi madre a una prueba de fuego. Ella, siempre lúcida e inteligente, y con una mirada reconciliadora entre religión y ciencia, me explicó que para que el universo se haya formado a partir de la explosión del Big Bang, alguien combinó en un punto el Espacio, el Tiempo, la Energía y la Materia. Ese alguien no era otro que Dios.

“Nunca logró aceptar ese dios tiránico que le predicaban las religiosas, prefería una deidad más alegre, maternal y compasiva.
– Esa es la Santísima Virgen María- le explicaron.
– ¿Ella es Dios?
– No, es la madre de Dios.
– Sí, pero ¿quién manda más en el cielo, Dios o su mamá?
– Calla, insensata, calla y reza. Pídele al Señor que te ilumine- le aconsejaban.”

De joven admiraba muchísimo a mi amiga Sol Giménez, por su cabeza -no por el tamaño de su cráneo, sino por el tamaño de sus ideas-. No sé si ella lo recuerda, tampoco sé si yo lo recuerdo bien pero creo que una de esas noches donde compartíamos alguna fiesta (ella era mi prima de una de mis compañeras de la secundaria), caímos en el tema de religión. No recuerdo cómo me lo preguntó, tampoco si la pregunta fue en qué Dios crees o por qué crees en Dios. Lo único que sí recuerdo con claridad es que mi respuesta fue contundente y a ella le causó gracia: “en algo hay que creer“.

Una de las dicotomías más grandes en las que me crié fue ser homosexual y ser católico, dos caras de una moneda, adversa y reversa, dos polos totalmente opuestos. Para la fecha aún es utópico pensar que el amor, la familia, la sexualidad y la religión son irreconciliables. En esta ditocomía me sorprendió el día en que anunciaron al nuevo Papa argentino, a quién tuve que googlear y desalentarme ante la inmensa tristeza que me invadió a leer la postura de Bergoglio con respecto al casamiento entre personas del mismo sexo.

Con los años tomé coraje y empezaba a cuestionar miles de cosas de Dios, qué por qué mis viejos se separaron, por qué castigas a mi abuela con Parkinsson y Alzheimer, por qué soy gay si este prototipo de cristiano no estaba en tus planes, por qué mi perro se murió, por qué, por qué, por qué. No voy a misa pero si rezo cada noche antes de dormir, pidiendo y agradeciendo. Tampoco me confienso, ni comulgo. Sólo los padres Enri Praolini y Luis Pradela lograron acercarme a Dios sin miedos ni culpas. El día de mi confirmación Praolini dijo que la vida es como un gran signo de interrogación, una gran pregunta y que está en nosotros transformarlo en un signo de exclamación, que nos sorprendamos. Por su parte, el padre Luis me quitó el miedo de andar por la calles de Malanzán en plena siesta en Semana Santa porque el diablo no estaba suelto (recuerdo que una vez ante la mirada cómplice de mi madre, a los 8 años, me hizo probar una ostia con vino, desafiando los sacramentos que aún no había tomado).

“¿Qué es la Biblia, Martín?” me preguntaron cuando rendí el exámen equivalente para ingresar a un colegio franciscano. “Un libro muy grande que nos deja moralejas” respondí en mi inmensa brutalidad y ante el asombro de mis profesores evaluadores y mi compañera Carla Aballay quién estalla de la risa cada vez que recuerda esta anécdota. ¿Qué más podían esperar de mí, si cada mañana al terminar la oración de la Bandera, yo respondía convencido -y conmovido ante tanta hospitalidad de mi nuevo colegio- “pasela bien” cuando en realidad lo que se decía era “Paz y Bien”? 

“-Dime la verdad, Orlando. ¿Tú si crees que tu hermano sea un ángel?
-Yo sé que es un ángel.
-Y cómo haces para estar tan seguro, o sea, es que ni siquiera tiene alas…
-No tiene alas porque aquí en la tierra lleva puesto su disfraz de hombre.”

Una vez leí que la religión es como un pene: está bien tener uno y estar orgulloso de él, lo que está mal es insistir con metérselo a la fuerza a los demás. A lo mejor cada uno vive la religión como mejor se ajusta a su contexto, a lo mejor no. Por ahí ví algunos dogmáticos cuestionar y a algunos cuestionadores convertirse en dogmáticos. Seguro que también hay quienes que se alejaron de Él para no volver y efectivamente no volvieron. A lo mejor hay quienes sí. Todo forma parte de este inmenso misterio que llamamos Vida. Al ser la Vida un misterio, queda transitarla como una infatigable búsqueda, como Monita, la protagonista de “Dulce compañía” y descubrir así cuan maravilloso, eterno y desconocido es el universo que se nos despliega a los pies. El fuego eterno dejó de asustarme hace rato, cuando me reconcilié con mi fe gracias a mamá. Ella es la responsable absoluta de hacerme creer de nuevo, de presentarme a un Dios que es amor y, que para ese Dios el amor -no importa la forma que tome- no es pecado.

Paz y Bien, o…. Pasenla bien.

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