E-mail a papá (II): El plan infinito

06 de mayo 2013

Ay papá, aquí estoy de nuevo escribiéndote, entre suspiros y necesidad de contarte las cosas que leo y pienso. Como sabrás, estoy empecinado en dedicarle de lleno de este 2013 a Isabel Allende. No obstante, entre libro y libro, se filtra una nueva historia, una voz diferente, otra historia que me atrapa. En lo que va del año de Isabel he leído “La casa de los espíritus”, “Eva Luna”, “De amor y de sombra”, “Paula” y “El Plan Infinito”. Siguen la lista “Afrodita” y “Cuentos de Eva Luna”, pero eso será luego. Me llamó la atención encontrar en la Feria del Libro “City of the beasts” (“La ciudad de las bestias”) y apenas tenga mi primer sueldo, ese libro será mi primera inversión: he decidido que a los 23 años y con un laburo fijo en esta ciudad de bestias es imposible por ahora hacerme tiempo y estudiar inglés como corresponde en algún instituto, además son muy caros. Prefiero seguir siendo el autodidacta que siempre fui y mejorar mi segunda lengua en los textos de mi autora favorita, creo que sería un ejercicio interesante para mí y más que artesanal.

Hoy lunes 6 de mayo finalicé “El Plan Infinito” de Isabel Allende, el relato vivo de su actual pareja, William Gordon. Como cada libro te deja un sinfín de emociones y más incertidumbres que certezas, sólo puedo asegurarte -aunque sospecho que ya lo sabes- que la vida no tiene borrador. A través de este libro entendí -o me convencí, no sé- de ‘por más que uno corra siempre está en su misma piel’ y que ‘la vida es una suma de ironías’. Aunque para mí sos un Buendía y mi madre una Del Valle, en una instancia de sus vidas creó que decidieron ponernos nombres de novela mexicana tanto a María Rosa como a mí, “Carlos Martín”. En la entrevista de trabajo tuve que aclarar que Carlos era por mi padre y no por Menem. Y con respecto a Martín, que googlié su origen latín y significa ‘guerrero’, nunca me voy a olvidar de tu explicación, de cómo decidiste que me iba a llamar así. Fue en el cementerio, ibamos a visitar la tumba del abuelo Lorenzo y yo, no sé si ya tenía entre 9 y 12 años, te pregunté el por qué ese nombre. “Es un nombre fácil y rápido de pronunciar, Mar-tín”, me explicaste. Aunque hoy hubiera preferido que el origen sea más poético, creo que no le erraron al nombre, les salió un hijo con una naturaleza errante, alma nómada, que hecha raíces a donde va, “tal vez uno lleva su plan adentro, pero es un mapa borroso y cuestas descifrarlo, por eso damos tantas vueltas y a veces nos perdermos”.

Sinceramente me olvido rápido los motivos de por qué te escribo, las urgencias económicas y suministro de libros las demando vía telefónica: no veo la hora de que llegue el día en que pueda llamarte y decirte “no viejo, plata no necesito, necesito que me cuentes como estás y nada más”. Ya me advertiste que en  un par de años más te jubilas y seguís siendo muy generoso conmigo, “apenas María y Martín se reciban, voy a dejar de trabajar”. Macanuda frase que hace eco desde la infancia, tu hijo se recibió y es un comunicador social con alma de periodista y la frustración de un escritor, sigo descifrando ese mapa por el cual me guío. “Vida, amor y libertad” es la fórmula mágica que me concedieron con mamá, con eso me basta y me sobra para entender cuán interminable es el mundo, que tan infinito es el universo y que tan eternos serán siempre ustedes en mi vida.

Te escribo porque te quiero, porque de niño no encontraba las palabras adecuadas para comunicarme con vos y de grande aprovecho las ventajas de la vida virtual para sentarme y ensayar una y mil veces las cosas que te quiero contar. Sabes que la última vez que cenamos, nos vimos diferente. Yo me vi envuelto en la adrenalina de querer volver a Buenos Aires y a vos sentado en ‘la nostalgia de un domingo por llover’.

Se me va la mano escribiendo y aún no resuelvo como terminar esto, porque al carecer de intensiones claras, carecerá seguro también de un remate interesante, pero bueno, qué demonios importa. Este miércoles inicio una nueva etapa laboral y, a diferencia de años anteriores, estoy tranquilo. La soberbia de la adolescencia me hizo entender qué nunca se sabe ni más ni menos, siempre hay que estar dispuesto a aprender. Tanto que renegué de los números de mocoso y ahora, quien te ha visto y quien te Martín, vas a terminar analizando estadísticas. La vida es una jodida ironía. Vos querías que tus hijos sean el equilibrio de Serrat y Sabina y te salió una hija mucho más sentimental y vulnerable que una canción de Joan Manuel y un hijo tan trotamundos e infeliz como Joaquín. Pero como todo es una moneda que da vueltas, como la vida de ese hombre que buscaba a Clementina en “El Deseo”, Heber representa una nueva generación y perpetuación del apellido Alanís y con él la suma de oportunidades…

Ya sé por qué escribo, porque como te dije anteriormente, soy un escritor frustrado. Tuve dos intentos fallidos, uno cuando tenía 8 años y con una lapicera dorada escribí un cuento de un hombre chino que con un bichito concedía deseos, pero luego me di cuenta que era el guión de un capitulo de un dibujito animado. Luego a los 12 años quise escribir una novela que relatara una pelea infernal entre todos los hermanos Bramajo, mi mamá se espantó y la tia Aida moría de risa. Empezaba con la muerte de la abuela, que para eso entonces tenia más vida que todos sus nietos juntos, y a partir de ahí una contienda entre sus hijos para ver quién se quedaba con la casa. Era la casa de Malanzán (no, para ese entonces ni habìa asomado las narices a ‘La casa de los espirtítus’ o ‘Cien años de soledad’). La historia contaba que entre sus hijos, al final era una la que se quedaba con la gran casa, que resultaba ser mamá, pero me faltaban ingredientes para ese personaje y el relató murió. No así los otros personajes: Isabel se enojó tanto se fue pegando un portazo y no volviò más, Mercedes se convirtió en monja y terminó sus días en su convento, Aida cae enferma gravemente y Ángel decide cuidarla, pero como no podía sólo contrato a una enfermera (sí, Carolina) de la cuál se enamoró y no solo asistieron a la hermana enferma sino que además que vivieron un amor desmedido, y Elvira terminó escpándose con un joven del circo, de tantas veces que llevaba a sus sobrinos al espectáculo terminó enamorándose irremediablemente de él. Si, tenía la historia, los personajes, me faltaba un buen final pero me censuraron porque tenían miedo de que mis tios me terminen odiando por insolente.

¿Cómo se hace papá? ¿Cómo se empieza a escribir las primeras lineas sin caer en la ansiedad de querer ponerle pronto un punto final? ¿Cómo se vive, cómo come, cómo duerme, cómo ama uno sabiendo que tenes ganas de escribir una historia y sentirte con las manos atadas? Ahora la historia sería otra, después de tantas lecturas tan autobiográficas, tanta ficción y realidad, tanta verdad y tanta mentira, me provocan deseos de escribir algo para la abuela Sara, pero no sé qué. ¿Y si lo escribís vos? Siempre sueño en tener mi propio librito, mi propia novela corta, se llamaría “Los estropicios de la identidad” y juntaría mil historias en una, pero no me animo. Sinceramente no. En fin, por ahora me tengo que preocupar en estirar como chicle el dinero que me mandaste hasta que cobre mi primer sueldo, a sumergirme en “Un comunista en calzoncillo” de Claudia Piñero, mi última adquisión y empezar a soñar fuerte con mi próxima meta, mi propio lugar, mi departamento. Un lugar donde puedan cohabitar las canciones de Mika y los libros de Isabel Allende, un lugar donde esté mi cama y pueda prender velas blancas y estar solo conmigo. No, no me importa estar sólo. Ya habrá tiempo para enamorarme, la última vez que lo hice me dejaron sin más explicación que un cobarde mensaje de texto.

“Vas a vivir la vida entera, aunque te duela” le decía Carmen a Dai en “El Plan Infinito”. A veces esos dolores son insoportables pero tan necesarios como es el amor para vivir.

Hasta pronto papá, hasta nuevo mail. Gracias por tus “solícitos cuidados”.

Martín
(o Tino como dicen mis amigos, por si no sabías)

…………………

Respuesta de papá:
Estimado hijo la vida de un escritor es por lo general solitara y egoista, hay que ser un perfecto ladron de tiempos y saber que en la soledad uno puede ser otro. Un abrazo y que Dios reparta suerte.

Este mail sufrió modificaciones, hay ciertos párrafos que corresponden a una intimidad que mantengo con mi padre, imposible de negociar. Ya terminó el día del padre, sólo llame para saludarlo pero considero necesario publicar este segundo mail que le envié. Hace poco fue el día del escritor y en mi muro deslicé que las coinciencias de la vida son asombrosas, estaba releyendo “Retrato en sepia” de Isabel Allende y fue justamente ese libro el que me regaló mi papá a los 14 años (dudaba si era esa edad, él me confirmó que así fue) con la que siguiente dedicatoria: “Martín, la lectura es uno de los vicios más hermosos”.

Ese día pude haberme explayado y listar tanto autores que me volaron la cabeza, desde esa chilena odiada por la crítica hasta las latinoamericanas que fui descubriendo estos meses, como Claudia Piñeiro (Argentina) o Laura Restrepo (Colombia), pero no. En ese día, el día del escritor, saludaba a su viejo, por su día, porque más alla de ese Carlos Alanís, profesor de matemáticas, física, biofísica, bioestadística y amante de los números, la profesión de escritor es la que más me une a él un nudo ciego hecho de amor por los libros.

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