Manuel Belgrano vs. el Pato Donald

El primer día de jardín de Heber nos encontró desbordados de emociones, tanto a mi hermana como a mí. Presentes estuvieron un par de amigas de ellas, mi cuñado y su familia, mi prima Emilia y mi papá. Aún recuerdo con precisión lo nervioso que estaba Heber al llegar al jardín, la manera en que enlazaba su mano con la de su mamá, su mirada curiosa y su andar sigiloso, cada paso dentro del jardín era reconocido como un inexorable camino de ida. Y así lo fue, efectivamente. No me acuerdo qué libros leía en ese entonces, pero escribo por dos razones: por un sueño que tuve hoy y porque justamente este 20 de julio se celebra el día de la bandera, ¿qué tiene que ver una cosa con la otra? Sucede lo siguiente: para ese entonces ejercía mi rol de ayudante de cátedra en “Teorías de la comunicación social” a cargo de quién fue mi profesora, mentora y directora de tesis, Leila Moreno Castro. En cada clase se generaban debates donde el espacio para los acuerdos era el principal protagonista, de la profe Leila aprendí esta manera de negociar puntos de vistas que aprendí a practicar, que ni los blancos son tan blancos y que ni los negros son tan negros, que nos movemos en  grises integradores, que hay que ser tolerable y respetar la opinión del otro para sumarla a la nuestra y construir un consenso, que por más efímero que sea, en algún momento nos sirve para dar un paso más adelante. Disfrutaba cada clase, me preparaba, releía los apuntes y aprendía el doble no sólo de la profe sino también de los alumnos, ¡cuantos nombres pasaron por mi voz en esas interminables asistencias! Debo admitir que extraño formar parte de ese equipo, la profe me dejeba ser y en esa delegación de autoridad mi confianza como comunicador aumentó de forma considerable, lejos de la soberbia con la que inicié la carrera. Compartimos varios autores y fue “Para leer al Pato Donald” de Ariel Dorfman y Armand Mattelart uno de los libros que marcó mi paso por Comunicación Social. 

Estoy escribiendo algo desordenado, pero prometo que todo tiene que ver con todo y que las historias coinciden en algún punto -por más difuso que sea-. El día en que Heber ingresó al jardín estaba maravillado al ver que todos los niños cargaban mochilas con diferentes personajes de Disney, ese es Buzz Light Year, ese es Mickey, ese es El Hombre Araña, ese es Rayo McQueen señalaba mi sobrino asombrado. Una de mis tantas funciones como tio es llenar de regalos a Heber, entre ellos las infaltables películas de Disney. Ahora seguimos esa colección como un lazo que sabemos que nos une a 16 horas de distancia, historias de valientes y cobardes, héroes y rufianes, de príncipes y princesas. Esto se plasmaba también en cada juego de roles que nos tocaba interpretar, él era Buzz Light Year y a mi me tocaba ser Woody, Heber era Rayo McQueen y yo Mater. Ahora el pequeño mocoso se atreve a compararme con Sid, el perezoso de “La Era de Hielo”… ¡y que tan acertado está! Al mirar cada mochila e identificar cada uno de los personajes de Disney, Heber se paró inmóvil y atónito ante el mastil ubicado en el centro del patio del jardín y miró con atención lo que se levantaba frente a sus ojos. Luego me miró y preguntó:
-¿Qué es eso tío?
– Esa es una bandera. La bandera de Argentina -respondí.
Luego de este episodio caí en cuenta de algo: que leyendo y relyendo tantas veces “Para leer al Pato Donald” no había aprendido absolutamente nada. El libro es un “manual de descolonización” como lo definen sus autores, un análisis marxista que revela como a partir de dibujos “inocentes” de The Walt Disney Company se perpetuaba la ideología de Estados Unidos sobre la bastardeada América Latina de los años setenta. Y ahí estaba yo, alimentando y siendo cómplice de haberle negado por unos tres años a mi sobrino esa marca clave de la identidad argentina. Para desdramatizar esto, pude usar esta situación como punto de partida para una de las clases donde a partir de este hecho estudiabamos con los alumnos de primer año de Teorías de la Comunicación como pueden influir las caricaturas de Disney y otros “textos inocentes” en nuestra ideología desde la infancia. Sé que de vez en cuando Heber le roba un mate a su abuela Gladys, su belela como le dice. A mi el mate nunca me gustó y las veces que intenté tomar el estómago me pedía a gritos que reemplace esa infunción de yerbas y agua caliente por una Coca Cola bien helada e imperialista.

Aprovechando este feriado decidí dormir una siesta debida pero mi descanso se vio interrumpido por un insólito sueño. Subí al bondi 60, el que tomo acá en Buenos Aires para ir al laburo pero lo extraño es que en esta oportunidad mi destino no fue Núñez -donde queda la agencia de publicidad para la cual trabajo- sino que me bajé en la esquina de la calle Santo Domingo… nada más y nada menos que en la cuadra de la casa de mi mamá. Ya no era el bondi 60, era la línea 7, la cual tomaba para llegar hasta el barrio San Martín en La Rioja. Las ganas de ver a mi familia son insoportables e inevitables pero las regulo gracias a cada mensaje que recibo, en cada foto, en cada carta o dibujo que me envían. Este 20 de julio recordé también que “Un comunista en calzoncillos” aborda en su historia un debate sobre el Monumento a la Bandera, pero esa queda en ustedes si desean averiguar de qué les hablo. Tal como dice su autora, Claudia Piñeiro “la memoria es un juego de cajas chinas. Uno abre la primera y dentro esperan otras, casi hasta el infinito. Un hipervínculo que origina otra búsqueda en la necesidad de una certeza tal vez inalcanzable. El recuerdo puede ser falaz, una mezcla de datos ciertos e inciertos que se fusionan como en un sueño”. El sueño descripto me volteó propinándome un golpe de nostalgia que fue a parar derecho al corazón pero la imágen de mi sobrino entrando al jardín me abraza con una fuerza titánica que, como un pellizco en el brazo, me da el aliento sufiente para creer que aún vale la pena soñar despierto.

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