Bailar con la más puta

“Quienes nos ganamos la vida escribiendo vivimos a la caza de mínimas coincidencias y sutiles concordancias que nos confirmen que lo que escribimos es, si no necesario, al menos útil, porque responde a cauces que corren por debajo de lo aparente, cauces que vuelven sobre sí mismos y anudan el azar en anillos.”
Laura Restrepo, “La novia oscura”

Es la primera vez que dudo acerca de lo que voy a escribir a continuación. No hay un orden preestablecido ni una intención clara. Dudaba de antemano si contar lo sucedido en estos días, un caos que nació de un acto de buena fe y que terminó produciendo estragos en mi rutina diaria. Ni nombres ni hechos concretos, sólo cuento que de un día para el otro la nube de ilusiones en la que volaba como un niño se abrió en dos grietas dejándome caer a un suelo duro y totalmente desprotegido, esa base áspera donde aterrizamos tras un golpe en seco donde nos lastimamos, abrimos profundas heridas que luego se convierten en cicatrices y que los más pesimistas califican como “la cruda realidad”. La cruda y puta realidad. Aún no sé si fui victima o victimario, cómplice o qué demonios, pero en un abrir y cerrar de ojos desperté del sueño del departamento propio, que se esfumó con la misma rápidez con que vino.

Por estos días terminé de leer “La novia oscura” de Laura Restrepo, la historia de una prostituta de las selvas petroleras colombianas cuyo nombre artificial era ‘Sayonara’, que en japonés significa “adiós”. La vida de esta joven puta siempre fue continua despedida. Estos días me vi obligado a “adiós” a una ilusión, la inesperada partida de un anhelo que dio un inusitado portazo a mi vida tiñó de tristeza y decepción mis circunstancias. Pero tal como dice Restrepo en este libro, “la guerra es así, más escandalosa cuando la cuentas que cuando la vives”. Lo único que puedo afirmar con certeza es que estos días viví un auténtico calvario.

De pronto mis 23 años me redujeron a un niño que lo único que sabía hacer ante el miedo era llorar. Un terremoto de nervios escadalizaba mi cuerpo, un torrente de nervios me sacudía la piel, un retorcijón de estómago vacío que me doblaba en dos y induciéndome a vomitar nada, un cuello inmóvil, duro como tronco. Tenía además la voz de mi padre del otro lado del teléfono impartiendo órdenes, indicándome cómo debía actuar de ahora en adelante, cuidate Martín y alejate de esa gente, no te quiero ver nunca más cerca de tal persona, cuidate Martín, cuidate que ahora no sirve de nada llorar, así se aprende. Esas tres fueron sus últimas palabras antes de colgar el teléfono. Así se aprende. Mi vida se convirtió en una Sayonara cualquiera, en una tremenda puta. Y como me dijo una amiga, me tocó bailar con la más puta pero que no me preocupe porque a cada santo le toca su domingo. De nada sirve ahora reflexionar con frases hechas, sólo resta armarse de paciencia y esperar a que en el camino se acomoden los melones porque “no son rectos los caminos del corazón, sino culebreros y retorcidos y nos dejan ver dónde arrancan pero no dónde van a parar”.

Amigos, familiares, compañeros del trabajo me preguntaron que pasó y evadí la respuesta explicando que solamente hubo un problema económico y que, en consecuencia de ello, me quedé sin techo a estrenar como tanto había anticipado a todos con desbordante alegría. Que la plata va y viene, lo importante es que estés bien, que estés completo señalaba mi tía Teresa. Me interesa muy poco que todos sepan que pasó, sólo escribo para exorcizar el dolor y dejar que las memorias se acomoden en el tiempo, porque “los recuerdos se derriten como los copos de nieve”. Espero que éste se convierta en agua pronto y que corra río abajo, llevándose los restos del estropicio y lavándome el buen nombre.

“Ella bailaba y yo sabía que nadaba en aguas lejanas, como de visita por otros mundos, tal vez peores, o tal vez mejores. Tal vez peores o tal vez mejores pero nunca compartidos”. Mi exceso de confianza me demostró que la dualidad de una persona se descubre con el paso del tiempo, cuando uno construye relaciones y se tejen puentes que si bien pueden ser nexos indestructibles entre dos personas también pueden convertirse en una espeso camino que no permite ver con claridad a qué lobos tenemos a nuestro lado.

El dolor de saber que decepcioné a mi padre me llevó a romper en llanto cuando me tocó desahogarme con mi mamá vía telefónica, años tratando de reconstruir mi relación con él para echarlo todo por la borda, como un estúpido, me sentía un tarado cruzado por la insensatez. “Cada tanto me pregunto hasta qué punto no tendría Sayonara el espíritu y la sensibilidad cegados por el dolor excesivo del pasado. ¿Cómo llorar al hermano sin desangrarse? ¿Cómo recordar a la madre sin calcinarse? ¿Cómo amar sin reavivar el horror? Hay visiones que destrozan, y la peor muerte rara vez es la propia”… ¿Cómo mirar al padre a la cara después de comportarme como un completo imbécil?

“Escribir esta historia se me ha convertido en una carrera perdida de antemano contra el tiempo y la desmemoria, son dos hermanos gemelos de dedos largos que todo lo tocan”. Atronado por la situación aun creo que mientras una puerta se me cierre, otra se abrirá. Espero que pronto. Contaba los días. Ahora la cuenta carece de todo sentido, sólo tengo en el pecho un hueco hondo que arde de un inconmensurable dolor de conciencia. “Todas las dolencias, del cuerpo y del alma, se transmiten por las sábanas” y las mías estuvieron empapadas de lágrimas irreversibles, húmeda decepción.

“-Dicen que ciertos hombres se recluyen en el burdel buscando lo mismo que los monjes en el monasterio.
-Y eso qué, ¿lo dice algún libro?
-Seguramente.
-Con razón. Los libros hablan mucha mierda.”

Mierda o no, este blog seguirá nutriéndose de las lecturas que van desfilando ante mis ojos este año. La distancia que me separa mi familia se ganó mi respeto. Aún creo que vengo de un lugar de dónde aún no he podido salir, pero que así como en miles de ocasiones donde estuve al borde de mis propios limites, salió mi familia como un tigre enfurecido a la defensa, con las fauces abiertas y las garras afiladas para atacar en caso de encontrarme desprotegido. Y eso es el amor: “echar a correr con los pies del otro“. A mis pies se postra mi familia, a los pies de mi familia me postro yo, en idas y vueltas que dan forma a mi rumbo, un rumbo que siempre pasa por mi casa.

Anuncios

2 comentarios en “Bailar con la más puta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s