La ciudad de las bestias

 “Llevaba un huracán por dentro, a veces andaba eufórico, rey del mundo, dispuesto a luchar a brazo partido con un león; otras era simplemente un renacuajo”.
Isabel Allende, “La ciudad de las bestias

La primera vez que llegó “La ciudad de las bestias” de Isabel Allende a mis manos fue el 23 de septiembre del 2002, en mi cumpleaños número trece. Hasta entonces conocía a la autora porque mi mamá había leído varios libros de ella, títulos como “La casa de los espíritus”, “Paula”, “Cuentos de Eva Luna” y “De amor y de sombra” ya brincaban por casa sin sospechar que años más tardes se converitirían en parte escencial de mi biblioteca personal. Mi regalo de cumpleaños tenía una dedicatoria que logró emocionarme a los 13 años, aun recuerdo con claridad la letra enmarañada de mi papá que rezaba la siguiente frase: “Martín, no puedo regalarte mi mundo pero sí una puerta para que accedas a él”. Diez años después, a los 23 años todavía habito en ese mundo de la literura sin ánimos de buscar el camino que me conduzca fuera de él.

Por enésima vez releí “La ciudad de las bestias” y el libro conserva intacta la mágica envolvente que me atrapó en los albores de mi adolescencias. Entonces caí rendido ante la pluma de Allende y ante ese voluptuoso Amazonas descripto con el realismo mágico que la autora explota a más no poder en cada uno de sus libros. Además me enamoré irremediablemente de Kate Cold, la abuela de Alexander Cold, protagonista de esta aventura. Kate se parece en mi madre en lo que sería el aspecto de una “anti-abuela”, una mujer que se resiste a que su nieto le llame “abuela” y que se ríe de las desgracias que le ocurren a su descendiente en lugar de socorrerlo. La excéntrica abuela es escritora del International Geography y lleva a su nieto a la búsqueda de unas extrañas Bestias en pleno corazón del Amazonas… y cada vez que leo este libro (he perdido la cuenta sinceramente) unas terribles ganas de aventurarme ante lo desconocido se apoderan de mí y se renueva así el deseo de querer conquistar el mundo. Cada vez que publico en algun lado que estoy releyendo “La ciudad de las bestias”, amigos de mi misma edad -o un poco menos- recuerdan este libro de dos maneras: de una nostalgia inevitable que los lleva de vuelta a sus años de secundaria y a la tortura de tener que leerlo para rendir exámen en Lengua y Literatura. Claro está que ésta no será la última vez que devoro este libro en cuestión de días, sus hojas son terapeúticas.

Al llegar a Buenos Aires me perdía en la inmensidad de esta selva de cemento pero como bien sostiene Kate (en realidad es una frase conocida), “quien boca tiene, a Roma llega”.  No es que ahora conozca esta ciudad como la palma de mis manos, pero digamos que ahora mi sentido de orientación se ajustó un poco más a las dimensiones temporales y espaciales que Buenos Aires exije aunque ahora no es momento de hacer balances innecesarios ni reflexiones forzadas sobre cómo se me acostumbra la piel a esta ciudad. En una semana diferentes hechos se precipitaron y me dejaron patitas en la calle de nuevo, no puedo hacer otra cosa que refugiarme en algún libro, ser parte de una historia ajena, una de esas en que los escritores nos hacen confidentes omnipresentes y hasta protagonistas sin saberlo de alguna u otra manera. Son varios los libros que tenía a mano para subsanar esta pérdida de rumbo momentánea pero fue justamente “La ciudad de las bestias” lo que debía leer para tomar una bocanada de aire fresco, un soplo de ilusiones renovadas y abrazar esa íntima relación que sólo esta obra puede conseguir entre mi padre y yo, entre el resto de mi familia y yo, entre el espíritu aventurero que se me iba desgastando y obligándome de nuevo a ponerme de pie recordando siempre esas sabias palabras de Kate Cold, “hay dos clases de problemas, los que se arreglan solos y los que no tienen solución”.

El libro que me regaló mi papá se perdió en la biblioteca de mi casa. Antes de venir a Buenos Aires me enfadé porque no lo encontraba por ningún lado. En una librería compré la trilogía entera de “Las memorias del Águila y del Jagüar” -“La ciudad de las bestias”, “El reino del Dragón de Oro” y “El bosque de los pigmeos”-, con una clara intención: quiero que sea éste el libro que abra los ojos a Heber para que pueda descubrir la mágia que esconde la vida. Sin pretensión de obligarlo, sospecho que el libro llegará a su mano a la edad justa: ¡mi papá tuvo que esperar 23 años hasta que me decidiera de leer “Cien años de soledad”!. Tal vez el efecto en mi sobrino no sea el mismo que me sacudió a mí, pero espero que para entonces “La ciudad de las bestias” pueda sacar a flote el deseo de descubrir, de vivir haciendo preguntas y recibir respuestas que abran miles de nuevos interrogantes que lo ayuden a transitar sus días. Es bien sabido -cito nuevamente a Kate Cold- que “la experiencia es lo que se obtiene justo después que uno la necesita“.

“La frontera entre la vida y la muerte es apenas una linea de humo que la menor brisa puede borrar”, lo ideal sería que entre esas brisas que a veces se tornan en un color oscuro podamos ver, escuchar y hablar con el corazón tal como lo logró Alexander en cada prueba que la selva amazónica y sus alrededores le exigían. Culpo a este libro de hacerme volar demasiado, muchos me cuestionan que vivo en un espacio sideral ajeno a este mundo y no pierden oportunidad para recordarme que no todo es color de rosa. Nunca pensé efectivamente que fuese así -además aclaré un millón de veces que soy daltónico y que poseo una memoria technicolor-, sólo ratifico una manera de entender la vida que construí en estos 23 años: tengo los pies en el suelo, pero mi suelo es el cielo. De a poco voy retomando mi rumbo porque como siempre digo, para encontrarse uno primero hay que perderse. “Comprendió que la felicidad consiste en alcanzar aquello que hemos esperado por mucho tiempo” es otra de las frases que rescato de “La ciudad de las bestias” porque “tiempo” era la respuesta que siempre me daba mi querida amiga Mimí cada vez que le planteaba un problema, cuánto necesitaro ahora de sus palabras, su ironía y sus alborotadas risas.

“-Supongo que me dirás que no confíe en nadie -masculló el muchacho sonrojándose.
-Al contrario, iba a decirte que confiaras en ti mismo.”

Eso le respondió Kate a su nieto Alexander luego de que éste le confesara una de sus tantos tropiezos. En esa frase, tan cliché pero tan cierta, en esa voz de esa excéntrica abuela con los pelos cortados a tijeretazos y olor a tabaco y vodka, en ese concejo que parece vapuleado por los libros de autoayuda, se filtran las palabras de mis padres, la protección de mi tia invencible, la nostalgia de mi hermana, el destello que sólo la sonrisa de mi sobrino puede regalar. En otra oportunidad Kate le dijo a Alex que “sólo un tonto prueba la profundidad con los dos píes” cuando ella, a propósito, lo tiró en la pileta siendo su nieto tan sólo un mocoso de pocos años. Hay veces que a uno le toca probar la profunidad con los dos pies, pero una vez abajo no queda otra que dejar de pensar en el problema, buscar las soluciones para tomar impulso y salir a flote en la ciudad de las bestias.

P/D: Alexander se llama así porque su abuela Kate aconsejó a sus padres a que ese nombre era el ideal para él, deriva del griego y significa “el que defiende al hombre”. Mis padres me bautizaron con el nombre de Martín, que de origen latín, significa “guerrero”. Bendita coincidencia literaria, ¿no?

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El primer lector de este post fue mi papá, y su respuesta -siempre breve y contundente- dice lo siguiente: “Me encantó porque en cada comentario hay algo fresco y halado, pero también, sincero y trascendente. Cuando el lector hace suya la historia (no importa el modo), de ahí en adelante, el escritor siempre estará presente en su memoria”. Luego, inevitable en sus manías como escritor, citó a su gran amor Borges, regalándome una frase que vale la pena reproducir a continuación y compartirla con ustedes: “Dos deberes tendria todo verso: comunicar un hecho preciso y tocarnos fisicamente, como la cercania del mar”.

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