Ojalá María Sara, ojalá…

Sucede que a veces abandonamos el hogar sin pensar en el peso muerto que deja nuestro “adiós” en quienes habitan en él #NidoVacio. Con prisa y casi a ciegas avanzamos cada día midiendo el camino, esquivando los obstáculos y respirando aliviados por fin cuando llegamos a la meta que tanto anhelábamos. Difícilmente podemos desandar los pasos que nos trajeron hasta el lugar que llegamos. Sólo contamos con esa estela frágil que intentamos reconstruir en los recuerdos que perseguimos cuando la soledad empieza a asomar sus narices por todos los puntos cardinales. Y en esa soledad se resumen otras sombras, como el dolor del aislamiento, el miedo a la vulnerabilidad, la angustia de no saber con quién podemos contar en nuestra fila de vivos al día siguiente. Hace un par de semanas que no escribo en mi blog. La vida me obligó a poner ciertas pausas. Pausa. Congelar momentos para evaluar mi situación actual y poder redireccionar mi andar. En ese andar donde uno se encuentra perdido, luego de perderse buscándose uno siempre regresa de alguna u otra forma a su hogar. O al menos intenta aferrarse a todo aquello que esté envuelto en ese olor inconfundible, identitario que inexorablemente nos transporta a ese lugar en el mundo que llamamos #Casa.

No abandoné la lectura. Al terminar “Delirio” de Laura Restrepo, continué con “El Reino del Dragón de Oro” de Isabel Allende y, una vez finalizado éste último, inicié la lectura de “El amor en los tiempos del cólera” de Gabriel García Márquez. Pero aquí no sé que tanto protagonismo tuvieron estos libros en el trascurso de estos meses. O tal vez aún no me doy cuenta: hay significados que para dar sentido a algo, se hacen esperar y están al asecho de un momento, de una oportunidad, de un encuentro. Pasa que, al volver a La Rioja, poco importaba qué estaba haciendo en Buenos Aires, ni medí la importancia de los libros de turno en estos últimos días, descuidé mi blog y mi proyecto de novela corta. Toda la energía se volcó en ese regreso a La Rioja, tenía que recibir mi título de licenciado en Comunicación Social, ¡pero ni eso cobró relevancia pese a que es la culminación de un ciclo y el inicio de otro! No, volver a casa y encontrar a mi familia fue como subirme a una montaña rusa de emociones. De por sí el viaje de ida lo hice bañado en lágrimas, pero esta vez a diferencia de los los llantos que merecieron estos meses oscuros de junio y julio que me tocó sortear, las lágrimas eran de una felicidad angustiosa.

Al llegar a casa todo, absolutamente todo, tomó otra dimensión. Uno aprende a abrazar de nuevo. Mis sollozos en el cuello de mi padre y sobre el pecho de mi madre, sus idénticas palabras “ya está Martín, ya está” diciéndome que la tormenta había pasado con esa palmada de calma mientras yo intentaba fundirme en ellos, desesperado, fue un acto inédito en mis sentimientos: es como si ese hueco hondo que me oprimía el pecho se fuese llenando de un amor renovado. Nunca he necesitado en mi vida tanto a mis padres como hasta entonces. O mejor dicho, nunca he necesitado de manera tan imperiosa sus abrazos. Refugiarme en ellos como si fuese un niño, porque para sus ojos nunca dejé de serlo.

Me encantaría poder hacer un nexo, aunque sea mínimo, con “El Reino del Dragón de Oro” porque sino lo hago estaría faltando al honor que revela la intención primordial de este blog, de construir puentes entre lo que leo y lo que vivo. Bien puedo citar brevemente al maestro lama Tensing que a toda inquietud o certeza de su discípulo aprendiz Dil Bahadur contestaba siempre con un contundente “tal vez”. Sostenía el gran lama que “el afecto es como la luz del mediodía y no necesita la presencia del otro para manifestarse”. ¿Será así siempre? ¿Será que pese a las distancias el amor atraviesa kilómetros para llenar los breves espacios de incertidumbre? ¿Será que el abrazo viaja horas para filtrarse en los momentos más críticos que uno atraviesa en completa soledad? ¿Será que basta con nombrar a una persona para que el recuerdo vivo de su imagen despliegue sus alas para volar al lado de quien la invoca? Tal vez, tal vez, tal vez…

Recuerdo que una vez cité a Isabel Allende en este blog, por una frase de su libro “Paula” donde decía que “la vida es puro ruido entre dos silencios abismales: silencio antes de nacer, silencio después de la muerte”. En ese absurdo y mortal paréntesis en el que vivo, hay dos pilares fundamentales que me sostienen y que pude ver en mi último viaje. Por un lado, Heber, mi sobrino, mi razón de ser, la luz de mi amanecer, el motivo de sonreír pese a todo, ya es un niño grande, que entiende todo, que juega con la misma inocencia de siempre, que disfruta ir al cine conmigo tanto como yo disfruto ir al cine con él. Nos volvemos uno, tal como supone el amor, uno ama a otro para volverse uno. Uno imbatible, invencible. Por otro lado, mi abuela Sara, tan pequeña y tan fuerte, tan viva y tan naufraga en su propia memoria traicionada por el Alzheimer. Despedirme de mi familia una vez más fue abrir una leve herida que ya había cicatrizado, pero que en el fondo me recuerda que aún estoy vivo. Pero despedirme de mi abuela fue indescriptible. No les voy a mentir, la despedí llorando, con los ojos abrumados de lágrimas a punto de reventar, “nos vemos pronto abuela”, “ojalá” me respondió ella. Dios quiera, “ojalá”. ¿Se imaginan cómo salí de casa luego de despedirme de ella con la angustia hecha carne, con un llanto inconsolable y el dolor de decirle “nos vemos pronto” aún sabiendo que ese pudo ser nuestro encuentro final? Su Alzheimer, el de mi abuela, la descoloca del tiempo y del espacio, y de eso le reclamo mil veces a la vida pero mil veces se lo agradecí esta ve. Ella no supo que partía de nuevo, seguro me esperará todos los días, que me abrazará con el mismo calor de abuela que anhela la llegada de su nieto, que estará ahí firme por mí aguardando que crucé la puerta, le sorprenda por la espalda, de vuelta su silla de ruedas y le mire a la cara, de frente, para decirle, “hola abuela, aquí estoy de nuevo”… y ella me besará y con las últimas fuerzas que sus manos le permiten me convidará una galleta, y sonreiremos como si yo nunca me hubiese ido, como si ella nunca se hubiese despedido de mi meses atrás, como si los dos permanecemos en un espacio sin tiempo donde nos reconocemos felices y eternos.

Tal vez fue el último adiós, tal vez no… Ojalá que tal vez no.

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