Lunares y tajos

Hoy fui a Plaza Mitre otra vez, luego de pasar por la comisaría que queda sobre Avenidas Las Heras para justificar mi “no emisión” de voto. Mientras esperaba en la fila terminé de leer “La ridícula idea de no volver a verte” de la española Rosa Montero (en realidad lo finalicé anoche pero hoy leí el anexo que es el diario que escribió la maravillosa Marie Curie tras la muerte de su amado Pierre). De los puentes construidos luego de la lectura de esta obra hermosa escribiré más adelante, cuando la auténtica oportunidad se presente. Les cuento que este libro me lo regaló mi papá (para variar) sin sospechar que estas páginas me envolverían en un mar de emociones, obligándome a interrumpir la lectura de “El amor en los tiempos de cólera” de Gabriel García Márquez. No sé porque pienso que cada vez que escribo que estoy leyendo tal libro o que inicié la lectura de tal otro, nunca lo puedo terminar (espero que no me suceda con éste ni con el que empecé este domingo). En fin, sucede que hay ciertos libros que a medida que los vas leyendo es como si éstos te contaran tu propia historia y lo mágico sucede cuando esto se da a la inversa: cuando pareciera que uno es el encargado de narrarle la propia historia al libro que está leyendo.

A través de la figura de Marie Curie, Rosa Montero filtra “La ridícula idea de no volver a verte” entre mis libros favoritos y que cuando me pregunten seguro será una sugerencia de esos #LibrosQueRecomiendoLeer. Que devaluada está la palabra “favorito”, queda corta para definir lo que produjo este libro que inicié en el colectivo que tomé hace una semana atrás en La Rioja con camino de vuelta a Buenos Aires. Debo admitir que Montero me conquistó con su narración a medio camino entre lo autobiográfico y la ficción, cuando la cualidad de #Intimidad, lo íntimo propiamente dicho se torna éxtimo como sostiene la antropóloga Paula Sibilia en “La intimidad como espectáculo” (otro de esos #LibrosQueRecomiendoLeer). Sí, como verán también estoy incluyendo los hashtags a mis entradas de este blog, servirán para reunir bajo una misma etiqueta tópicos en común; idea que tomé prestada también de Montero, ¿se imaginan mi felicidad cuando me encontré con que una escritora de su talla incluyese en su libro las famosas almohadillas que son parte del lenguaje transmedia? Lo que me sucedió con este libro es que me permití emocionarme como hace mucho tiempo no lo hacía, me sorprendí verme llorando, con sollozos que se atropellaban en mi pecho pensando en lo vivido y en lo que vamos dejando atrás, como “proyectos de cadáveres” destinados a una inexorable muerte del cuerpo (del alma, who knows?).  Llamé a mi papá para agradecerle este libro antes de terminarlo: esto de agradecer no sucede mucho, pese a que le debo tantísimo a mi viejo, pero me veía obligado a decirle gracias porque este libro ha valido tanto la pena como la alegría.

He aquí lo curioso. A principio de año recibí la propuesta por parte del profe Maxi Bron en convertir mi #Tesis en #LibroDigital y el proyecto me entusiasmo de entrada, lástima que nunca pensé en lo que me iba a costar encontrar ese tono de narración que circule con cuidado en el lenguaje científico sin caer en la tediosa lectura de un texto que aburre con tantas palabras técnicas #Boooring. Como muchos sabrán, a lo mejor muchos no, mi #Tesis se trataba sobre #ConstruirIdentidad en las redes sociales; el nombre completo es larguísimo (te deja sin aire): “La construcción de identidad de los jovenes riojanos universitarios en las redes sociales”.  Mi frustración fue a parar a los oídos (o mejor dicho, a los ojos) de quien fuese directora de esta hermosa #Tesis, mi estimada y entrañable profe Leila. Creo que el tono de la narración está resuelta gracias a llegada de “La ridícula idea de no volver a verte” de Montero. Ahora sólo hay que esperar que las palabras fluyan para poder comunicar al mundo (o al menos a una ínfima parte de él) las conclusiones a las que llegué luego de un año intensivo de investigación. En realidad es una tesina, pero uno le pone tanto empeño e invierte tantas horas, esfuerzo, que habla de su #Tesis como si ésta fuese merecedora de un Premio Nobel. Pero de eso, también les contaré otro día (no del Nobel que nunca voy a recibir, sino de mi #Tesis).

Como les conté al principio de esta entrada, hoy fui a Plaza Mitre dispuesto a pasar la tarde y empezar otro libro. Antes de empezar: silencio. Pero silencio con ruido, era un silencio de niños riendo, de perros jugando, del tráfico de domingo que se mueve como en una pausa interminable sobre Avenida Libertador. Me tiré en el césped frío que humedeció mi espalda y un rayo fulminante de un sol invernal me cegó un ojo. Cuando mis pupilas se acostumbraron al esplendoroso brillo solar, contemplé también el cielo y, sin caer en poesía barata, me sumergí en la inmensidad de ese cielo azul que cubría todo. Un cielo autoritario pero pacífico, un cielo protector que te hace sentir un pedazo de carne insignificante en el breve espacio que ocupamos en el basto universo. Que paz inquietante, que tranquilidad acogedora, que satisfacción inexplicable el olor a césped fresco y a libro nuevo. Que olores adictivos, ¿no?. Hasta es obsceno y pornográfico hundir las fosas nasales dentro de un libro abierto de par en par para aspirar el olor a páginas nuevas, como el amante desesperado que se retuerce apasionado entre las piernas aladas de su amor prohibido. Y en el medio de toda está naturaleza urbana, el eco de los niños de fondo que juegan sin medir lo mucho que ensucian sus ropas, aventurados bajo ese sol despiadado que baña un atardecer para los solitarios que, como yo que tiene toda a su familia lejos, se tiende simplemente a contemplar la felicidad ajena. Como si esa felicidad también nos perteneciera. Como si ser feliz dejase de ser opcional y se esparciera por todos lados como si fuese una epidemia. Cómo me contagia la felicidad de #LosOtros, en este caso las sonrisas de los niños que no hacen más que recordarme a mi sobrino. En estos puntos de comparación es cuando me encuentro navegando entre lo íntimo, el mundo que uno se guarda para sí mismo; y lo éxtimo, lo público, cuando pedazos de ese mundo que estaba bajo llave en nuestro pecho se empezara a escapar en destellos de sonrisas, de miradas y de todo lo sensorial que nos rodea.  Hay una frase que me gustó mucho, la leí claramente en “La ridícula idea de no volver a verte” de Rosa Montero: “La #Intimidad: no tener muy claro donde acabas tu y empieza el otro.”

Ahora, déjenme contarles que me sucedió cuando vi a un niño largarse de cabeza, como un ave que aterriza sobre la Tierra, con la pera levantada, el cuello erguido y los brazos al aire lazándose por el borde de las escaleras de piedra de la Plaza Mitre. Resulta que de niños mis padres nos llevaban con mi hermana a jugar a la Plaza (en ese entonces Sarmiento) Facundo Quiroga. Mi padre siempre ha sido un fanático de la física y creo que ese día quiso hacer una prueba empírica y desafiar la gravedad lanzándome de cabeza por el tobogán. No recuerdo que edad tenía, ni por qué acepté hacerlo pero me debió resultar tentadora esa arriesgada proeza ante la segura desaprobación de mi mamá. Las cosas no salieron muy bien, seguro que Einstein se hubiese reído de la desgracia que sucedió en ese momento: al llegar al final del tobogán, el filo de la punta me lastimó la pera. No sé si decir que me la “rompió” porque no hubo fractura, ni que me “desgarro” porque la fisura fue apenas imperceptible pero no menos dolorosa: empecé a sangrar y mi madre me llevó a la heladería que quedaba al frente de la plaza (¿sería Heladería Las Malvinas?) a lavarme la pera, higienizarme y consolar mi llanto. No sé como se habrá sentido mi papá en ese entonces pero sospecho que las piernas le temblaron como me temblaron a mí cuando jugando con Heber, siendo éste más pequeño de lo que es ahora, cayó de boca por mi culpa al suelo y le empezó a sangrar el labio. Mierda que ahí sentí el miedo atravesarme por completo. A diferencia de Heber, a mí sí que me quedó una marca que la llevo con orgullo pero que se esconde bajo la barba: en la punta de la pera tengo el pequeño tajo que me hizo mi papá. En realidad, él no lo hizo: lo hizo esa frustrada proeza de astronauta a la que me sometí. A mi hermana le pasó algo peor: íbamos camino al zoológico sobre la moto de papá cuando María metió uno de sus pies en los rayos del ciclomotor, ¡se lo quemó todo!. En el pie le quedó una cicatriz que no se compara a mía (si la tocas es como si estuviese blanda y recién hecha, puaj, puaj, puaj, perdón hermana). Recuerdo que le vendaron todo el pie y no fuimos al zoológico (en ese momento, la odié… ¿no podía elegir otro día para accidentarse?). Les dejo dos fotos: una de mi pera actual con barba de una semana que no deja ver la cicatriz de las que les cuento y otra foto donde no se ven claramente los rostros pero que se puede identificar con facilidad a mi papá corriendo de la mano con mi hermana y conmigo.

Que felices no se nos ve en la foto borrosa. Que felices somos ahora que nos vemos personalmente.

Las marcas de #Identidad que heredamos con mi hermana de mi mamá son los lunares. Los tres compartimos un lunar cerca del pecho izquierdo, casi en la misma posición. ¿Tan marcado será el amor de mi madre por mí que tengo la espalda minada de lunares? Ahora que lo pienso es un poco raro como reflexiono sobre cómo uno hereda las marcas de #Identidad de sus padres como la delicadeza de un lunar o lo trágica que es una cicatriz; como si ese fuese el tono en el que tuviésemos que leer el legado de nuestros padres, aunque claro está que no sea así en absoluto. Creo que una vez escribí en este blog -y se lo he dicho personalmente a mis padres- que los regalos más valiosos que nos dieron son invaluables nuestros padres (tanto a María como a mí): la #Vida, el #Amor y la #Libertad. De esto muy pocos hijos pueden decir lo mismo (conozco casos que ni vale la pena mencionar). Pienso en la despedida de mis padres que no tiene más de una semana. Mamá se colgó a mi cuello en un abrazo interminable, ella salía de bañarse y estaba tapada sólo con una toalla que dejaba a la vista sus lunares. Me abrazó y rompió en llanto, no aguantó en esta oportunidad despedirse de su hijo menor. La vi delicada, frágil, hermosa… como un lunar. Despedí a papá y fue de una formalidad absoluta, una inmediatez necesaria que nos evitaría caer en un sollozo del cuál los dos no sabríamos cómo salir. Me despidió regalándome más libros (para variar, otra vez). Y entonces lo vi como ese tajo que llevo en la pera, que con el tiempo cicatrizó y que ahora llevo con orgullo. Ese tajo que todos llevamos como si fuese producto de una batalla ganada en un tiempo remoto, como la insignia de una victoria de la infancia. Porque al fin y al cabo, la infancia es el lugar a donde volvemos cuando de grandes perdemos ciertas guerras y sabemos que serán nuestros padres los que estarán esperando por nosotros en la trinchera de las causas perdidas para curar los tajos y besarnos los lunares.

P/D: Gracias a mi queridísimo futuro arquitecto Rodrigo que evacuó mi duda sobre la “baranda de piedra que no es baranda de la escalera que también es de piedra”.

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