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 “Es un placer conversar con ustedes, los locos que leen”.

Isabel Allende, “El oficio de contar”

534048_628358917208912_1062681525_nHace días que no escribo nada. Es más, debo confesarles que hasta perdí un poco el apetito por la lectura. Intenté en vano leer un par de novelas pero las abandonaba en las primeras hojas. Me dediqué a leer un par de cuentos cortos de Isabel Allende y uno que otro artículo de Rosa Montero. Lo que sí he hecho –y demasiado- es devorar una temporada completa de mi serie favorita Desperate Housewives. Siempre fui un fanático del mundo femenino, ¿cómo no serlo sí me crié con mi abuela materna, mi tía Teresa, mi mamá y mi hermana? Estuve rodeado de un universo de polleras. Veo Desperate Housewives –o  Amas de casas desesperadas- desde que tengo 15 años, o 16. Uno se encariña con este tipo de series, genera empatía con los personajes y vive cada historia como si fuese propia. Lo mismo pasa con las novelas que leo. Lo mismo pasa cada vez que me siento frente a este teclado a escribir. Uno intenta derretir las capas de hielo que cubren las emociones más intimas (he aquí de nuevo el temita obsesivo que tengo con la #Intimidad). Escribir de uno es como desvestirse frente a la persona que uno ama. Mejor dicho: es como desnudarse. Queda la piel viva bajo la mirada atenta de #LosOtros, los que validan la obra de arte, los que dicen sí, los que dicen no. Los que también se animan y dicen tal vez. Cuando uno escribe se entrega sin condiciones.

Uno de los textos que leí en estos días donde nada me caía bien fue “El oficio de contar” de la siempre maravillosa Isabel. En él, Allende escribe lo siguiente: “La escritura es para mí, un intento desesperado de preservar la memoria. Por los caminos quedan los recuerdos como desgarrados trozos de mi vestido. Escribo para que no me derrote el olvido”. Y luego agrega que “las experiencias de hoy son mis recuerdos del mañana, serán mi pasado, la materia esencial de la memoria. Supongo que si tuviera una existencia segura y contenta no tendría de qué escribir, por eso prefiero vivir mi vida como una novela”. No puedo agregar nada, porque desde años esta mujer se empeña en definir lo que me pasa cada vez que agarro un libro, cada vez que empiezo a escribir. Escribir es eso: trascender con la palabra. La #Identidad cobra contornos elásticos, viene y va, se construye, destruye y reconstruye cada día, ¿cómo no colaborar en este proceso…? Me quedé sin inspiración a mitad de pregunta. Sigo.

El pasado lunes 23 de septiembre cumplí 24 años. Pero fue recién el sábado, en el tumulto de gente, el ruido, la música, los amigos, que caí que cumplí 24 años. No, no hay ninguna crisis de #Identidad ni de edad por haber cumplido años. Pero de un momento al otro, de un sopetón, mientras un reggeaton sonaba estrepitoso on the dancefloor, mi vida quedó en pausa. Mi cara quedó en pausa y me preguntaron si me pasaba algo, si estaba enojado o si estaba aburrido. La cara en pausa me duró unos días más, fui a trabajar con esa misma cara y hasta el día de hoy que me cuesta definir que es lo que me pasa. Uno hace pausas cuando cumple años para reflexionar sobre el aprendizaje de los años anteriores. A ver Tino, ¿qué aprendimos en estos 23 años y qué podemos aplicar para este nuevo ciclo de los 24? Pues la verdad que no se me ocurre. Pero algún tornillo me tengo que ajustar: tengo el engranaje de la cabeza totalmente desordenado. No es una reflexión de libro de autoayuda, ni momentos de hacer balance. Como una víbora que cambia de piel, bueno, todo lo contrario: cuidar la que ya tengo, mejorarla, cicatrizarla y protegerla. Que hermosa metáfora compararse a uno con la piel, siempre me ha gustado.

En “El oficio de contar”, Isabel se pregunta: “¿no es esta la esencia juguetona de la literatura? Un acontecimiento vulgar transformado por la verdad poética”. Creo que hago uso y abuso de esa verdad poética para narrar hasta lo más cotidiano.  Si cuento que me dormí en el viaje del trabajo a casa y terminé en plena avenida 9 de Julio recurriría al humor para reírme de mi mismo, si cuento que mi madre estuvo de visita y qué nuestra convivencia ha sido de la más normal, exageraría detalles. Si recuerdo a una persona que amé, a lo mejor me daría cuenta que no hice más que agregarle flores y más flores a alguien que quizás no las merece. O si las merece es porque debería morir, pero aún no he llegado a ese odio de desearle la muerte a alguien. No aún (menos a mi ex). Es inevitable que al narrar usemos todo tipo de adjetivos, sustantivos, verbos y demás recursos literarios para contar pequeñeces insignificantes. Es inevitable no hacerlo porque  “lo que no escribo acaba olvidado y perdido en un laberinto de confusión y contradicciones. La palabra define, preserva, aclara”.  Por cierto, hay una canción de Alicia Keys, “Brand New Me” que viene como anillo al dedo:

“Mi vida adquiere contornos precisos cuando la cuento. Si no puedo hacerlo, me agobiaría la soledad”.  La vida es una aventura. Seguro que lo es. ¿Y qué sería de esa aventura si la tuviésemos que atravesar solos? Algo sin sentido. #LosOtros aparecen en forma de familia, amigos, compañeros de trabajo, ilusiones de un nuevo amor para otorgarle significado a nuestra vida. Para ser participes de la aventura. Para mi cumpleaños pedí a mis amigos de Facebook que publiquen no sólo un saludo meloso, sino algo que crean que puede gustarme. Este texto de Eduardo Galeano fue publicado por mi queridísima profe Leila, una de las personas que más me conoce. Con este texto me despido, es un texto ajeno pero que resumen los 24 años míos. Los años de usted, querido lector. Los años de la vida de todos. La vida que cada uno pone en sus años.

Celebración de las contradicciones 2:

Desatar las voces, desensoñar los sueños: escribo queriendo revelar lo maravilloso, y descubro lo real maravilloso en el exacto centro de lo real horroroso de América. 

En estas tierras, la cabeza del Dios Eleggúa lleva la muerte en la nuca y la vida en la cara. Cada promesa es una amenaza; cada pérdida un encuentro. De los miedos nacen los corajes; y de las dudas las certezas. Los sueños anuncian otra realidad posible y los delirios otra razón. 

Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiarlo que somos. La identidad no es una pieza de museo, quietecita en la vitrina, sino la siempre asombrosa síntesis de las contradicciones nuestras de cada día. 

En esa fe, fugitiva, creo. Me resulta la única fe digna de confianza, por lo mucho que se parece al bicho humano, jodido pero sagrado, y a la loca aventura de vivir en el mundo.

Fin. 24: allá voy.

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