Erase una vez un imperio celeste


“Baila, baila, Zarité, porque esclavo que baila es libre… mientras baila”.

Isabel Allende

Screenshot_1Erase una vez un imperio celeste gobernado por un tiránico rey que se escondía bajo una falsa sonrisa. Era un déspota, un ser despiadado que impartía órdenes a diestra y siniestra, favoreciendo siempre su bolsillo y el de sus secuaces de turno, engrosando su ejército de soldados celestes y filtrando el miedo entre las personas que vivían entre los muros de ese gran imperio. Nadie se explicaba cómo llegó ese hombre al poder pero sí cómo logró perpetuarse por años, tras burocracias sucias y amenazas disfrazadas de falsas advertencias.

La gente que vivía bajo su mandato lo hacía con miedo porque durante décadas dosificaron en ellos un terror atroz a la vez que les arrebataron las posibilidades de cuestionar, callando su voz, dando por certera una realidad que no era, bajando la mano de todos aquellos que la levantaban y preguntaban. Los otros colores que no eran celestes sentían asfixiarse, una fuerza de roca descansaba sobre sus pechos, oprimiéndolos, chupando todo ese aire lleno de vida y hundiéndolos en un pantano oscuro.  Cuando quisieron reclamar, el rey no hizo más que devolverles una carcajada y ordenó a una parte de su séquito de chupamedias montar una falsa alternativa. Era un círculo vicioso de poder, un miedo que crecía en espiral.

“Un ser que no es humano no tiene opciones” dijo uno de los habitantes  y esa chispa contagiosa  alcanzó para quemar una mecha que conducía a un tacho lleno de colores prohibidos. Lejos de esa cúpula de poder enfermizo, los habitantes del imperio celeste empezaron a indignarse: sus pies golpearon con fuerza el suelo, el temblor se hizo sentir a lo largo y ancho de ese territorio y de los cuatro puntos cardinales empezaron a brotar mil colores que el cielo celeste que la cubría no pudo resistir. La atmósfera se llenó de rojos opositores, de verdes esperanzas, de amarillos alegres y de azules resistentes. Resulta evidente que “todos tenemos adentro una insospechada reserva de fortaleza que emerge cuando la vida nos pone a prueba”.

Desde su ventana, indiferente a ese movimiento que se alzaba a los pies de su imperio, el rey ensimismado en su tenacidad, ignoró esa voluntad pública que pedía a gritos la multiplicación de colores en su reino, estaban hasta el cuello de sus corrupciones. Quienes acompañaban a este dictador también le dieron la espalda a ese brote revolucionario que sacudía las paredes del imperio celeste. “Vamos a ver cuántos son” se río el rey una vez más sin sospechar que tras los muros que lo cubrían empezaba a sumergir una voz de trueno, un mar de rugidos que necesitaban –y debían- ser escuchados.

Los colores empezaron a invadir todo: las calles, las paredes, los rostros de las personas que se acercaban por curiosidad a ver qué estaba sucediendo, hombres y mujeres, seres de sexo dudoso, niños y ancianos, jóvenes por igual, perros y gatos también. Los colores abandonaron su lugar de confort, su tibia pasividad y explotaron en fuertes tonalidades, colores que enceguecían de un frenesí por la libertad nunca antes visto en ese imperio. Algo inusitado, como sí alguien le hubiera puesto play a una canción que estaba en pausa.

Pueblos vecinos acudieron a acompañar a estos mal acusados terroristas, revoltosos de un rebelde arco iris, una paleta de colores que participaba activamente en cada movilización que quebró los cimientos de un imperio celeste que empezaba a desmoronarse de a poco hasta desplomarse por completo, dejando el terreno limpio para la construcción de un nuevo imperio. “No hay peor sufrimiento que amar con miedo” y no hay peor miedo que amar sin libertad, que vivir sin libertad, que pretender ser libres aún cuando uno es preso de un imperio que todo lo dibujaba bajo un falso gobierno del pueblo. Las historias felices tienen puntos finales, pero las historias buenas tienen puntos suspensivos, ¿qué pasó después? El rey y sus secuaces celestes huyeron como ratas de alcantarillas mientras que la revolución de colores continuaba explotando por todos lados, inundando todo de alegría, celebrando por fin esa victoria anhelada.

Nadie supo como terminó sus últimos días ese gran dictador, pero todos suponen que algún tipo de remordimiento lo asalta algunas noches. “Caminando y caminando por el mundo se irá consolando de a poco y un día, cuando ya no pueda dar un paso más de fatiga, se dará cuenta de que no se puede escapar del dolor; hay que domesticarlo, para que no moleste.” El peso de la historia cayó en esos colores refulgentes quienes sostenían que les quitaron tanto, que terminaron por quitarles el miedo. Y así fue. Así lo pintaron, así destellaron.

…………………..

Este último es un relato breve de mi autoría con retazos no autorizados –frases en negrita- de “La isla bajo el mar” de Isabel Allende, el libro que leí mientras #DemocraciaEnLaUNLaR se armaba de una fuerza titánica y desbordaba límites impensados. Espero disfruten este cuento corto y bailen de felicidad.

De felicidad y de libertad.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s