Donde no brilla el sol

“Ese pequeño Triángulo de las Bermudas que se había formado en ese brutal cruce de pasado y presente devoraba todas las identidades”.

“Yo, que siempre encontré más real el olor a rosas invisibles que las rosas mismas”.

Laura Restrepo, “Olor a rosas invisibles”

SOBRECUBIERTA-argImagina a la persona que amas completamente desnuda en el umbral de la puerta de tu habitación. Es de noche. Su silueta hace sombra sobre el piso de tu cuarto, solo una luz mezquina del pasillo ilumina la situación. Su silueta es perfecta. Sus caderas definidas, su piernas largas, espléndidas y fuertes; su torso que se infla y desinfla al inhalar y exhalar, alterando la sombra que refleja su cuerpo. Con el codo apoyado en el marco de la puerta y su brazo tendido como un puente que lo separa de la misma, esa persona te observa y te desviste con la mirada. Hay algo en sus ojos que te seduce irremediablemente pero a la vez te envenena. Ese cuerpo había diseñado para él y sólo para él, como si una deidad hubiese estado esperando el molde indicado para llenarlo con esa alma provocadora. Con la mano del brazo que apoya en el marco de la puerta, se corre el mechón de pelo que cayó sobre su frente, como quién entierra sus dedos en su pelo y en una cámara lenta que parece interminable, se lo peina. Y la frente le suda, le suda porque así como vos, él también esperó tanto tiempo para este encuentro. Un encuentro que por fin tenía lugar, tenía fecha y hora, pero lograba burlar al tiempo porque fuera de esa habitación el universo se había detenido. El único sonido que se percibía era el latido de dos corazones que galopaban como caballos salvajes. Pum, pum, pum, pum, latía uno. Pum, pum, pum, pum, le respondía el otro corazón que también latía con un incesante ardor. Desde tu cama lo ves acercarse, sigiloso, como un animal en plena sabana que espera el instante preciso para atacar a su presa. El contoneo de sus caderas, el ritmo pausado de sus piernas, la gracia con que sus brazos se desenvuelven en ese andar, en ese trecho que significa del umbral de la puerta de tu dormitorio a la tu cama, no hace más que sumirte en un delirio sofocante. Se acerca hasta la orilla de tu cama, desde ahí te observa nuevamente, te estudia con ojo clínico, ve retorcer tus piernas ansiosas, ve tus puños ahorcando las sábanas blancas: sabe que a partir de ahora, el control de esa noche caerá en sus manos. En sus manos, en sus brazos, en sus piernas, en su boca, en su lengua, en su sexo.

Aproxima su cuerpo a la cama, apoya una rodilla sobre ella y con una mano te toma el rostro, te acaricia, sentís la yema suave de sus dedos sobre tu piel, y entonces te preguntas si tu piel es digna de esa intimidad, de ese otro que se abalanza a tu costado con la fuerza de un titán pero que cae con la gracia de un pétalo de rosa que se suicida en pleno otoño. Temblás. Temblás sintiendo su cuerpo acostado a tu lado, tu cuerpo boca arriba, él de costado. La proximidad de las pieles te induce a un frenesí que hace que los dedos de tus pies se estremezcan. Él no deja de mirarte, sus ojos se pierden en los tuyos; te rodea las piernas con las suyas, tu piel y su piel son una sola. Una sola piel. Una intimidad donde uno no reconoce donde acaba para que empiece el otro. Entonces sentís su respiración en tu cara como un soplo de vida, un aliento caliente. Sus labios se posan suavemente sobre tu cuello, despegan y vuelven a aterrizar sobre tu quijada. Entre beso y beso, abre la boca y deja que su lengua roce apenas tu rostro. Pero la pasión que se desata a continuación no reconoce freno alguno. Lame tu boca, te la abre violentamente con su lengua, se besan con locura, intercambiando palabras invisibles de amor con los labios. Se detiene. Sabe que no así no puede ser. Aprieta aún más su cuerpo con el tuyo y sentís su sexo duro ejerciendo presión contra el tuyo, una lucha inexorable latía entre los dos. Algo explota dentro de tu cuerpo explota, un big bang de sensaciones inesperadas que se cuela por los poros de tu piel. Él te besa con más fuerza, con más rapidez; te devora la boca como un famélico sexual. Mientras te besa, sus manos empiezan a recorrer el resto de tu cuerpo, sus grandes manos se deslizan por tu piel, suben por tu espalda y bajan de nuevo hasta la cintura, explorándote. Posa sus manos en tu cola, una en cada nalga y las agarra con potencia, impulsándote a abandonarte a su apetito, a sus ganas, dejas huérfana la voluntad de tu cuerpo y cuando menos lo pensaste, estás encima de él. Juegan entre los dos, se ríen en una complicidad infantil, se revuelcan en una pasión de amantas que se conocen hasta la última fibra de la piel, se muerden como enemigos, se lastiman pero con la intención de dejarle al otro una huella, marcas de dedos que apretaron con fuerza, de dientes que hincaron un músculo, de zonas moradas en el cuello de succiones adolescentes. Te embiste con la intensidad apresurada de un perro en celos pero te sostiene de la cintura con la delicadeza de príncipe. Cuando su cintura da de lleno con tu cola, sentís que dos planetas chocan en un universo perdido. Un universo perdido pero donde sólo ustedes dos se reconocen. Tu entrepierna es presa de su entrepierna hambrienta. Su sexo entra y sale con velocidad, luego merma la energía para arremeter nuevamente con un ímpetu brutal.

Tu cuerpo es una bolsa de esqueletos que se desarma, tus órganos se desacomodan, tus ojos fuera de órbita y los de él cerrados, disfrutando, entregado al pleno goce que le produce penetrar tu cuerpo como si supiera que es amor y señor del mismo.  Poses impensadas, roces frenéticos, movimientos acrobáticos, sudor que baña dos cuerpos que se fusionaron en uno sólo. Una unidad sexual, vuela una pierna por encima de su hombre, arquea su espalda y ves la línea que dibuja su espalda, el hueco que antecede a esa montaña de carne, su cola de luna llena. Muerde su inferior mientras mueve su cabeza de un lado para el otro, como diciendo que no aunque por dentro una lava ardiente corre en él en un imparable “sí”.  Al sonido del los latidos se suma un coro de gemidos. Parecen veinte voces pero son dos. Palabras incompletas que mueren a la mitad de su pronunciación porque un soplo obliga a expulsar ese aire contenido, te obliga a respirar con desesperación. Como si el amor fuese líquido y ambos se estuvieran ahogando. Y, en los últimos manotazos de ese nado sincronizado,  ambos divisan que el final del camino está a pocos kilómetros. Un torrente de sangre mueve las olas de esperma que descansan un mar calmo de semen. A medida que entra y sale de tu cuerpo, su respiración empieza a agitarse mientras sentís que tu mundo interior se está desarmando, cayendo en pedazos. Mientras él dispara un río de lava ardiente y ahoga un grito mientras se retuerce de placer sobre tu cuerpo, las fibras de tu sexo despiden el flujo que se confunden con el de él. Una sola mezcla de dos pasiones que nacieron desde un lugar inhóspito en el cuerpo de cada uno, en un lugar escondido, una zona que solo el otro puede llegar, excavar y hacer explotar. Un lugar donde no brilla el sol.

Los dos cuerpos descansan, el de él encima de ti, mientras los bríos del amanecer empiezan a bañar la espalda de tu amante imaginario, y es ese sol del amanecer el que logra desdibujarlo partícula por partícula hasta que su piel se convierte en la tuya. Entonces te das cuenta que los rastros de ese amante imaginario están ahí, manchas esparcidas sobre tu cama. Manchas de amor y de lujuria pero también de fantasía y soledad. Sonreís porque sabes que la noche siguiente él volverá. Volverá y se amarán como nunca nadie se ha amado jamás. Sonreís y te volteas para un costado de la cama, abrazas la almohada y caes en un sueño del que, a veces, hasta duele despertar.

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