Crónica desvelada de un hijo de padres separados

Son las 2:32 a.m. Un viento fresco inunda de a poco mi departamento. En algún departamento del piso de abajo, el quinto para ser más preciso, hay una fiesta. Unas chicas corean con afinidad dudosa canciones que van desde el reggeaton, pasan por la cumbia y terminan con pop. En otro edificio hay una fiesta similar pero son muchachos que cantan vaya uno a saber qué, gritan como bestias desaforadas en una cancha de fútbol. A todo esto, yo escribo en la soledad de este domingo de desvelo. Dormí tanto este sábado que ahora no puedo pegar un ojo. Leí “Inés del alma mía” de Isabel Allende hasta la mitad pero dejaré el resto del libro para cuando despierte, no vaya a ser que cuando por fin concilie el sueño divague por la Nueva Extremadura junto a Pedro de Valdivia e Inés Suárez cantando “chequea como se menea” de Don Omar. No me imagino a ningún prócer bailando reggeaton (¿se imaginan a Sarmiento haciendo el paso del caballo al ritmo del Gangnam Style?).

2:49 a.m. Escuché que en el piso de abajo dijeron “¿Vamos?”. La fiesta, que resultó ser la previa, está llegando a su punto final pero suena una vez más un reggeaton cantando a los alaridos por mi vecina y sus amistades. Hace un momento me asomé a la ventana y vi un par de pibes en el balcón de donde proviene la música, ellos son parte de la fiesta pero se tomaron 10 minutos para fumar un pucho. A todo esto, yo sigo escribiendo la soledad de este domingo de desvelo. Observo alrededor de mi habitación y trato de encontrar algún indicio que me indique sobre qué debo escribir pero el “muevelo duro” que entra por la ventana mi departamento no me permite concentrarme. Este tipo de problemas, ¿lo habrá padecido Isabel Allende, Borges, Cortázar o Claudia Piñeiro? No me imagino a ninguno de ellos moviendo el cuerpo como si éste fuese un manojo de huesos desarticulados, un esqueleto poseído por los retumbes de Nene Malo. Mi papá, que además de profesor es también escritor, baila muy mal el cuarteto.

2:56 a.m. Sí, definitivamente the party is over. Solo se escucha las copas de los árboles ultrajadas por ese soplo fresco del viento. Es una noche hermosa. Por fin una noche primaveral. El sonido del viento es interrumpido por los motores, las bocinas y los frenos furiosos de los autos que van y vienen por la avenida Las Heras. Medité varias veces de cambiar la posición de mi cama (la cabecera queda justo bajo de la ventana) para evitar dormirme alterado con ese ruido. Pero admito que me gusta. Me gusta el ruido urbano. Cuando papá nos llevó a celebrar su día a Anillaco, él admiraba el verde las hojas, la pulcritud del campo, la tierra seca y el aire limpio. Yo sentía asfixiarme en tanta naturaleza. “No hay caso, sos urbano” me dijo. “Si por mi fuera, agarraría un caño de escape y respiraría de él” repliqué. De eso me acuerdo ahora, así fue.

3:02 a.m. “Tanto ruido y al final, por fin el fin” dice una canción de Sabina. Recuerdo esa canción pero también un pequeño diálogo de una de mis series favoritas. Nancy Botwin (Mary Louis-Parker) dijo en algún capítulo de esa maravillosa serie “Weeds” que ella no le temía a la tormenta, sí le temía a la calma que le procedía. Ruido y calma, un binomio imposible pero real. Pienso en una orilla del mar (la única vez que fui a Mar del Plata tenía 17 años y desde entonces no volví a pisar con los pies descalzos la arena de playa). La orilla del mar resume esto que estoy tratando de describir en la noche de domingo desvelado: el murmuro de las olas, la entrega de la arena, la calma hecha paisaje pero totalmente vulnerable a que todos estos elementos se revelen en una catástrofe de la naturaleza. Mientras escribo esto la heladera empezó a quejarse de nuevo. De nuevo la calma.

Aquí les dejo una foto de la serie, que por cierto tiene un humor negro super ácido. Ella enviuda y para zafarse de problemas económicos se dedica a vender marihuana. Nancy se roba la serie. Sexy, ¿no?

It’s not the storm I’m afraid of, the storm I can weather.  It’s the calm I don’t like.
It’s not the storm I’m afraid of, the storm I can weather. It’s the calm I don’t like.

3:09 a.m. Pienso que aún no llamé a mi mamá para desearle que pase un feliz día. Es el primer día de la madre que paso lejos de ella, es el primero de ella que la pasa sin su hijo. Entonces, ¿le digo feliz día mamá y simplemente me limito a hablar con ella como si mañana a la una estuviese sentado a su lado para almorzar? Hace poco estuvo un par de semanas instalada acá en mi departamento con muy pocas comodidades, convivimos dos semanas y me doy cuenta de lo mucho que tanto a ella como a mí nos gusta la tranquilidad y disfrutar del silencio, de las pequeñas cosas. Hablamos poco. Yo llegaba del trabajo cansado y ella me recibía con esa calidez que sólo una madre te puede dar. A veces me irritaba y ella no podía hacer nada. Las madres no pueden cargar con las frustraciones de su hijo. Pienso que tuve mi cuota de ingratitud al negarle charla en algunas ocasiones o a no dejarla fumar tranquila. Detesto que fume, pero ella me dijo que ese es su cable a tierra. Eso la tranquiliza: el humor de cigarrillo. Mi mamá no conocía Buenos Aires y se negaba a venir, pero el amor por su hijo fue más fuerte y se aventuró sola a esta gran ciudad. Durante su permanencia en este departamento, solo tejía y tomaba mate: sus dos grandes amores. También cocinaba y limpiaba, aunque nos turnábamos. No era cuestión de tenerla como esclava, ¡suficiente me malcriaron 24 años! Mi mamá cree que es lindo Buenos Aires, pero ella prefiere su Malanzán natal, el pueblo donde nació. El humo del cigarrillo la tranquiliza, el humo que escupen los autos de esta selva de cemento no.

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Hermosa foto que nos sacó mi querido amigo Demian en Puerto Madero. Qué noche hermosa.

3:19 a.m. Escucho truenos. La semana pasada leí “Las grietas de Jara” de Claudia Piñeiro. Era el último libro que me faltaba leer de ella.  Hay un par de párrafos que marqué en el libro, porque sabía que me iban a servir cuando me enfrente de nuevo a la hoja en blanco que aparece en mi computadora. Uno de ellos, reza la siguiente reflexión del protagonista de la historia, “¿Cuándo se siembra en vano? ¿Cuando la semilla no va a crecer?, ¿cuando no hace falta que crezca?, ¿o cuando no hace falta que uno siembre porque lo que tenga que nacer nacerá de todos modos?”. Mis padres, pese a ser dos seres totalmente diferentes, comparten el gusto por la tranquilidad pero a mí siempre me gustó el movimiento, el ruido, la tormenta. A veces me pregunto si yo soy el resultado de sueños, o si sus sueños dieron resultado, si seré el fruto de una semilla que ellos no sembraron en vano y si -pese a los frutos amargos que da una planta en ciertas ocasiones- soy lo que alguna vez imaginaron. Yo no imagino otros padres que no sean ellos. El cielo está rojo, creo que en cualquier momento empieza a llover.

“Las grietas de Jara” de Claudia Piñeiro, ¿qué esperan para leerlo?

3.23 a.m. Son curiosas las #Coincidencias. Cuando escribía el párrafo anterior tronaba. Cada vez que hay truenos imagino que el cielo se rompe en pedazos pero que nosotros no podemos ver esto en su totalidad, solo vemos grietas en el cielo. “Las grietas de Jara”, ¿se dan cuenta porque siempre que escribo me rio al pensar que todo tiene que ver con todo? ¿y qué tienen que ver los truenos con un libro de Claudia Piñeiro? Pues que el agua -o mejor dicho “la lluvia”- juega un rol importante en esta novela. Quién la leyó seguro entenderá de qué hablo, quién no: está cordialmente invitado a leer este libro. Aun no llueve. ¿Lloverá? Mierda, qué lejos estoy de casa. (¿Habrán llegado los fiesteros del piso de abajo a su destino?)

3:30 a.m. “Lo sabe desde hace rato, aunque no se haya atrevido a reconocérselo ni él mismo porque hay cosas -que Papá Noel existe, que al Ratón Pérez le interesan tanto los dientes que no se nos caen como para pagar por ellos, que la maestra nos quiere a todos por igual, que el amor dura toda la vida- en las que nos cuesta dejar de creer aunque la evidencia -mamá escondiendo los regalos junto al árbol- sea de una contundencia irrefutable”. No se me ocurría que escribir, pero les dejo este párrafo hermoso de “Las grietas de Jara”. Recuerdo cuando era chico y una mañana desperté y vi a mis padres dejando dos bicicletas al lado del árbol de Navidad, no sé si era un 25 de diciembre o un 6 enero. La bicicleta de mi hermana no tenía rueditas a los costados, la mía sí. También me acuerdo que en otra ocasión me desperté en medio de la noche y vi a mis padres hablando muy seriamente en la mesa del living, ¿será que ya estaban hablando de la #Separación? No lo sé, ni tampoco sé si a esta edad quiero saberlo. No me pueden devolver el pasado.

3:37 a.m. Aun no llueve. Tuve que buscar el cargador de la notebook porque la batería estaba agonizando. Low battery. De paso aproveché para ir al baño. En ese corto transcurso que hay desde mi cama hasta el inodoro, pensé que la palabra #Separados aun tiene cierto efecto sobre mí. El hecho de que ellos no estén más juntos, de que se hayan divorciado hace poco pude resolverlo por mi cuenta estos últimos años. Pero la palabra #Separados es la que me duele. ¿Será que me recuerda a mi infancia? Ese dolor agudo de tener que admitir frente a mis compañeros de la primaria que tenía padres #Separados. Y si los padres se separan, ¿de qué lado tienen que estar los hijos? De lado de la madre, obviamente. Pero cuando crecemos y logramos entender los motivos por los cuales se separaron nuestros padres, ¿nos debemos mover al lado de nuestro padre? ¿Podemos acaso dividirnos en dos partes para quedar bien con Dios y con el Diablo? ¿Y quién es Dios y quién es el Diablo? ¿Mi papá es el Diablo porque se fue con otra mujer? ¿Mi mamá es Dios porque nunca nos habló mal de él y nos enseñó a amarlo y a respetarlo por sobre todas las cosas porque él era nuestro padre? Cuando sos grande entendes que el amor se acaba, justificas tus propios engaños con convicciones hechas a tu medida, traicionas a tu conciencia y le das la espalda a todo lo que el sufrimiento una vez te enseñó. Ahí entendes a tus padres. O a lo mejor no: a lo mejor ahí empezás a descubrir quién sos vos. Entra en juego la #Identidad: ni Dios, ni Diablo. Tampoco el Limbo. Es parte de la naturaleza humana.

3:46 a.m. Aun tengo la esperanza de que llueva. Ojalá que en unas horas, cuando despierte si es que consigo dormir, la ventana esté bañada por gotas de lluvia. No sé como llegué a escribir tantas ideas sin seguir un orden pero no hice más que meditar por escrito todo lo que meditamos antes de dormir.  “Los peces chicos, en lugar de defender a los suyos, terminan defendiendo a los peces grandes. Revise la historia de la humanidad y va a ver si le miento. ¿Y sabe por qué?, para ilusionarse con que eso les permitirá llegar a ser lo que no son. Simó, por más que se ponga de su lado usted nunca va a ser ellos, ¿me entiende?” dice Nelson Jara, el de las grietas de Piñeiro. El desvelo nos permite ensayar una vida, soñar con proyecciones utópicas de planes ideales para el resto de nuestra existencia, sanar dolores del pasado o curar cicatrices viejas, llorar ausencias o reflexionar lo poco agradecido que somos con algunos amigos, pensar en cómo y con quién dormirá esa persona a la que tanto he amado, cómo hará el amor esa persona que es objeto de nuestro deseo, será feliz por fin aquel que apostó tanto a la persona que hoy descansa a su lado, pensará en mí esa mujer consumida por los años. Sí, en los desvelos nos permitimos acomodar las piezas del rompecabezas, movemos fichas y vemos donde encajan mejor, si en un lado o si en el otro. Claro está que al amanecer, luego de habernos entregados a la profundidad del sueño, despertamos y vemos la cantidad de grietas que aún hay restan por subsanar en nuestra vida. 

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Un comentario en “Crónica desvelada de un hijo de padres separados

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