Guantes de seda, manos de hierro

Escribo esto mientras dejo atrás una vez más mi querida provincia. Un sol refulgente entra por la ventana del colectivo mientras que un paisaje de bastos terrenos secos van desfilando por mis ojos. Mala suerte que no me tocó el lado de la ventanilla, viajo sentado en el lado del pasillo, por ende, no puedo describir con la exactitud que quisiera lo que veo tras los vidrios de este colectivo. Ahora nos están dando las indicaciones por alta voz sobre las comodidades del colectivo y las advertencias necesarias, discurso que ya me sé de memoria. Cuando llegué el viernes a la mañana, esta tórrida provincia me recibió con un calor insoportable, seco. Yo sentía derretirme. Sí, nuevamente estaba en La Rioja. Vine de incógnito, como un agente secreto que debe cumplir una misión: sorprender a mi tía Teresa en la fiesta de cumpleaños que le organizaron mis primos. Mi secuaz, mi prima Laura me escondió en su casa y pasé el día ahí, resguardándome hasta la noche. Claro que la sorpresa no sólo se la llevó mi tía: mi mamá y mi hermana casi se caen de culo. Heber me tocaba para ver si era real, sino era solo un producto de su imaginación de niño que aún no ha sido retocada por las instituciones educativas (de esto hablaré en otro texto). Escribo contra reloj porque la batería de la computadora se termina en cualquier momento. En realidad ésta es sólo una introducción de la carta que le escribí a mi tía para su cumpleaños.

Aquí una foto de nosotros dos en su último viaje a Buenos Aires, primeros días de septiembre. Bella mujer, ¿no?
Aquí una foto de nosotros dos en su último viaje a Buenos Aires, primeros días de septiembre. Bella mujer, ¿no?

La semana pasada terminé de leer “Inés del alma mía” de la siempre fabulosa Isabel Allende y coincidió con la noticia de que alguien allá en La Rioja me tenía los pasajes listos para viajar el jueves. En las palabras iniciales de la fiesta, una de mis primas, Andrea –siempre atrevida- dijo que la familia siempre se reunía en los funerales, esto es cuando alguien de este gran clan, que engloba  a todos los descendientes Bramajo, muere. Y es verdad, no nos veíamos nunca. Pero luego de la pérdida de varios integrantes de la familia, decidimos juntarnos más seguidos. Reunirse y recordar, reírse a mansalva. Lo que me divierto con las anécdotas de mis primas, claro que eso queda reservado para esas reuniones. De algún modo son privadas, pero bastante divertidas. En fin, como en la familia de Inés Suárez, en la nuestra también debería ser “La muerte, menos temida, da más vida”.  Cuando supe que iba a viajar, empecé a escribir sin parar unas palabras dedicadas para mi tía y ese pequeño discurso que hice tenía de título “Guantes de seda, manos de hierro” y fue inspirado en este pequeño párrafo del libro: “Ser leal y alegre, escuchar –o al menos fingir que una lo hace-, cocinar sabroso, vigilarlo sin que se dé cuenta para evitar que cometa tonterías, gozar y hacerlo gozar en cada abrazo, y otras cosas muy sencillas son la receta. Podría resumirlo en dos frases: mano de hierro, guante de seda.” ¿No resume esta frase la fantástica dualidad con que las mujeres gobiernan el mundo?

“Debo abreviar este relato, de otro modo se me quedarán muchos muertos en el tintero. Muertos, casi todos mis amores están muertos, ése es el precio de vivir tanto como he vivido”. De hecho, yo debería acortar este texto para que no lleguen exhaustos a leer la carta que tantos suspiros y carcajadas despertó en mi familia. Inés Suárez tenía a Catalina, quién la acompañó y sirvió durante años. Fue ella quién le hizo ver que “el corazón es como una caja: si está ocupada con porquería, falta espacio para otras cosas”. De cierta forma, cada vez que viajo a La Rioja es como respirar otros aires, me tomo el tiempo necesario para disfrutar de aquellas pequeñas cosas que me hacen grande como la sonrisa de Heber, el abrazo de mamá, el cuidado de tía Tere, los besos de mi hermana, los asados de papá, entre otras cuestiones. Purifico el corazón estrujándolo de todo aquello que cargo innecesariamente, que no debería estar ahí o que si estuvo ya cumplió su ciclo y debe ser expulsado inmediatamente. ¿Para qué continuar acumulando intentos frustrados, pesadillas raras y angustias mustias?

Esta foto la tomó mi hermana en la vereda de casa. Heber está enorme y su peso muerto sobre mi espalda no fue excusa para hacerlo volar por el aire aunque sea unos segundos. Prometo que cuando vuelva jugaremos más, mi pequeño héroe.
Esta foto la tomó mi hermana en la vereda de casa. Heber está enorme y su peso muerto sobre mi espalda no fue excusa para hacerlo volar por el aire aunque sea unos segundos. Prometo que cuando vuelva jugaremos más, mi pequeño héroe.

Fui a La Rioja también a besar mis seres queridos. Uno de los besos que me quemó el corazón fue el que le di a mi abuela Sara, pero esa también es otra historia. En el colectivo ya pusieron una película con subtítulos tan pequeños que no logro ver, así que tomaré este diminutivo café que me trajo Víctor –así se llama el azafata- y me pondré a leer. Bueno, basta de palabreríos, con ustedes el bochornoso discurso que di frente a mi familia en homenaje a mi queridísima tía Teresa:

Querida Tía Teresa, lo que te voy a leer a continuación es un mínimo aporte a esta fiesta de mi parte, mis primos se encargaron de todo a la perfección y yo desde lejos me sentía con las manos atadas (aquí pedí un aplauso para mis primos, la verdad la fiesta resultó hermosa). Tuve la intensión de colaborar pero allá los tiempos son otros y lo único que quiero cada vez que llego a casa es encallarme como ballena en la cama y descansar. Descansar y leer. Y cada vez que estoy por leer se me viene tu voz a la cabeza: “Perro, descansá los ojos”. Pero hago de cuenta que no te escucho y leo lo mismo. Mi lectura se interrumpe cuando suena el teléfono. No hace falta que me pregunté “¿quién será a estas horas?” porque de antemano sé la respuesta. En cada llamada, nos contamos la rutina del otro como si hubiésemos descubierto América. Luego cuelgo el teléfono y me queda un vacío enorme pese a que mi departamento es pequeño.

 Como te decía, quería colaborar en esta fiesta también rindiéndote un pequeño homenaje. Pensé que podría cantar algo, pero no quisiera espantar a toda la concurrencia con mi voz muy poca agraciada. Ellos se lo pierden igual. También evalué la posibilidad de bailar, pero con Heber no tuvimos el tiempo necesario para ensayar una coreografía de Michael Jackson. Así que lo único que se me ocurre es escribirte, escribir es lo que mejor me sale. O por lo menos, así me miente la gente. Escribir es quitarle muerte a la vida, es trazar puentes entre lugares reales y aquellos que imaginamos; escribir me ha resultado terapéutico aún en los peores momentos, es un vicio heredado, inevitable. Espero no aburrir a todos los presentes,  si los veo bostezar sabré entender. Si se cansaron de escuchar, interrumpan mi relato con un efusivo aplauso que me haga callar la boca (aquí el bribón de José, uno de mis primos, empezó a aplaudir fervientemente).

Como te contaba Tía querida, quería dedicarte un par de párrafos pero es tanto que hay que decir de vos que debería escribir varios tomos de tantos recuerdos compartidos. Hemos vivido tantas vidas juntos. Podría empezar por el principio y agradecerte, como lo vengo haciendo 24 años y como lo pienso seguir haciendo los próximos restantes. Todavía nos queda un largo trecho para andar, Dios lo quiso así, quiso incluirte en nuestras vidas. Escribo “nuestras” porque también incluyo a mi mamá, a mi hermana, a Heber. Pero también están tus hermanos, tus otros hijos del corazón, tus amigos. Los recuerdos de mi infancia son muy difusos, trato de recordar cuando te pusiste una máscara de Pitufo para divertirnos a mi hermana y a mí pero yo estallé en un llanto inconsolable. Tal vez, y sin querer, me niego a viajar mi infancia porque no la pasé muy bien durante esos años. De grande uno pretende hacer pequeñas capturas de momentos grabados en la memoria, pero la memoria es un laberinto caprichoso donde uno se pierde entre lo vivido, lo deseado y lo fantaseado. Perdí la imagen de esos primeros años, perdí contacto con ese niño interior. Cuando mis padres se separaron sentí que perdía a mi familia. Pero no. Ahí caímos con mi hermana, bajo los batones de la abuela Pochola y rendidos en tus brazos. Desde ese momento, no he buscado otra guarida que me proteja tanto porque si bien se me escapan los recuerdos de mi infancia, puedo encontrarlos todos amontonados en tu corazón. Así fue. Así es. Así será siempre. Cuando mis primos perdieron a sus padres, te vi correr tras tus hermanas, consolando pero también poniendo orden; te vi abrazar a tus sobrinos y llorar junto a ellos, pero también te vi enseñándonos a todos a domesticar ese dolor. Yo sé muy bien que cada 15 de diciembre tengo clases. Son las doce de la noche y te llamo para contarte cuánto la extraño, cómo aún no he podido reponerme de esa gran pérdida, que nos dejó a todos navegando en un mar de angustia sin dirección alguna. Y entonces te escucho, o vos me escuchas llorar a mí, y me calmo. Sé que en esta batalla no estoy solo. Luego de esa ausencia que nos parecía irreparable, la vida nos premió con un niño en la casa. Otro niño para malcriar aparte de mí. “La vida da muchas vueltas” me dijiste este año, cuando yo pensaba que tocaba fondo. Hoy puedo asegurarte que sí, que la vida da muchas vueltas pero últimamente, todos los caminos me llevan a casa. Y sé que en esa casa, estás vos.

¿De dónde sacas fuerzas? te pregunté en varias ocasiones. Del amor, respondes siempre. En estos años te convertiste en una fuente inagotable de amor. De amor y de paciencia. Imagino a la abuela Pochola reírse a carcajadas, con el terremoto de su panza, cada vez que tu hermana Gladys te hace renegar. Para mí debe ser una prueba de fuego, para ver hasta dónde llegan los limites de tu tolerancia y medir qué tan cerca está una de la otra de mandarse bien la mierda. Mientras vos estás pensando cenar la comida que sobró del mediodía, ella seguro ya compró un CD de arpas que nunca va a escuchar, una máquina de escribir que usará una sola vez o calculando en cuantas eternas cuotas puede sacar un auto nuevo. Sí, muchas veces se renegó de que he sido un mocoso malcriado, pero en ese sentido la genética no se puede equivocar: salí a mamá. Claro que yo, a diferencia de ella, sí supe guardar el secreto de la sorpresa (aquí rieron u aplaudieron, porque mi madre metió la pata y le contó de la fiesta sorpresa). Desconozco en totalidad cómo te llevarás con tus otras hermanas, pero sé muy bien como se llevan con mamá. Criaste sus dos hijos como si fuesen propios, a los cuales cada noche les cantabas antes de dormir la canción de pollito que dice pío-pío cuando tiene hambre y cuando tiene frío. Una ternura admirable dirán todos acá. Yo siempre admiré muchas cosas de vos, pero lo que más admiro es tu capacidad para putear. El sodero va a casa una o dos veces por semana, a veces Heber consume más soda de lo previsto y en otras ocasiones se  menos. Mi madre, siempre tan oportuna, pensó que le debían explicar al sodero por qué hay días en que se toma más, por qué hay días en que se toma menos. A lo que vos respondiste, muy a tu manera, “si yo quiero lavarme la concha con soda es problema mío, no del sodero” (aquí estallaron de risa). Sublime.

Dice Isabel Allende, mi escritora favorita, que un hombre hace lo que puede mientras que una mujer hace hasta lo que el hombre 9788499082998no puede. Cuando leí esa frase en la novela “Inés del alma mía”, fue tu imagen la que se vino a la cabeza. Este libro narra la vida de una joven española que viajó a Chile y se dispuso junto a su amor Pedro de Valdivia a conquistar el reino por completo hasta convertirse en la primera gobernadora de ese país. ¿Qué tiene que ver la vida de Inés Suárez con la tuya? ¿En qué punto se encuentran estas dos vidas, la de una costurera que huye de España y la de una mujer  de Malanzán que se vino con su familia entera a la Capital de La Rioja? No sé si mucho, pero ambas tienen peso histórico: Inés Suárez sacó adelante un país, vos una familia entera. Mientras escribo estas líneas, escucho por teléfono tu consejo de comprar porotos para incluir a mi dieta. Sí, escribo y te escucho por teléfono. Me llamabas porque ya no aguantas la ansiedad, ¿te das cuenta que ni esto me dejas hacer en paz, mujer? En fin, como Inés Suárez, tenes la suavidad de guantes de seda pero manos de hierro. Pedro de Valdivia era el hombre con quién Inés Suárez batalló para conquistar Chile. Una vez ella le dijo: “De ahora en adelante tienes las espaldas cubiertas por mí, Pedro, de modo que te puedes concentrar en dar tus batallas de frente”. Llevas 60 años cubriéndonos las espaldas, podría terminar esto diciéndote feliz cumpleaños tía, pero te aseguro que nosotros somos los más felices por contar con vos un año más, Teresa del alma mía, Tía Teresa, del alma nuestra…

Aplausos una vez más.

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