La reina de las incertidumbres (o cómo los jóvenes construimos nuestra identidad en las redes sociales)

“Nos inventamos nuestros recuerdos, que es igual que decir que nos inventamos a nosotros mismos, porque nuestra identidad reside en la memoria, en el relato de nuestra biografía”.

Rosa Montero, “La loca de la casa”

Ah, identidad. Tema que me apasiona. Tema recurrente en los libros que leo y también en los textos que escribo. Tema del que ya escribí en reiteradas ocasiones y  pienso seguir escribiendo. Estos últimos dos años me la he pasado preguntándome qué carajo es la identidad, y pasaran muchos años más y yo todavía me seguiré preguntando qué es la identidad. Estuve releyendo mi trabajo de tesis, mi querida investigación que aborda este tema desde lo comunicacional. Porque la identidad también es comunicación y sociología, antropología y psicología. Debería agregar que la identidad es también literatura. Uno es hijo de la madre, hijo del padre y también es hijo de todos los libros que uno lee. Pues la identidad los atraviesa a todos como una flecha. Si hay algo que mejor nos define es la indefinición, la plasticidad de nuestra identidad, moldearnos a situaciones, ubicarnos en distintos contextos, tomando posición de un lado o del otro. Y la identidad va inundándolo todo. 

LalocadelacasaLa identidad puede ser entendida de diversas formas. Están los que pecan de esencialismo y sostienen que cada quien “es” de una vez y “para siempre”, mientras que otros más constructivistas argumentan lo contrario, que nunca se llega a “ser” definitivamente” y que se “está” en permanente construcción y cambio. Yo me he sentido más cómodo bajo esta última lupa. Quién escribe esto ahora no es el mismo que escribió “Construcción de identidad de los jóvenes riojanos universitarios en las redes sociales” en el 2012. Y sólo ha pasado un año. Yo creo que si hoy me tocaría investigar este tema de nuevo, las conclusiones serían similares a las que llegué allá por el 2012. Pero definitivamente el efecto en mí hubiese sido otro. Hoy leo y releo esa tesis y me encantaría poder agregarle algunos párrafos y contribuciones de la maravillosa Rosa Montero, la escritora española que me ha volado la cabeza estos últimos meses y me ha vuelto completamente loco con dos obras geniales -y tan distinta una de la otra-, “La loca de la casa” y “La ridícula idea de no volver a verte”. En el primer libro que menciono, Montero toma prestada una frase de Santa Teresa de Jesús para bautizar su propia obra: “La imaginación es la loca de la casa”. Para la autora, la imaginación es protagonista de todas sus historias, el tópico recurrente en sus novelas, el tema reincidente en cada oración que escribe. Bueno, a mí me pasa lo mismo con la identidad. No es posible que escriba sin pensar que todo da vueltas en la identidad. O la identidad es la que rodea todo. Si escribo sobre mi familia pues eso es escribir sobre identidad. Si escribo sobre el amor o sobre la sexualidad, pues definitivamente eso también es identidad. Si se me da la reverenda gana de escribir sobre política y religión, vuelvo a escribir sobre identidad. A veces escribo sobre identidad sin darme cuenta que eso también es identidad. La identidad se ha prendido de mi vida, dando brincos caprichosos en mi cabeza todo el tiempo como un fantasma inquieto, acosador, sin descanso posible ni en los sueños.

A ver, cuando hablamos de identidad tenemos que tener en cuenta varios componentes. La identidad es como una receta pero para cada personas hay diferentes ingredientes. La dualidad entre la interioridad y la exterioridad, esos dos mundos que chocan fagocitándose uno con el otro hasta convertirse en un solo y engorroso tejido de la inestabilidad identitaria, la inevitable y siempre necesaria mirada ajena de los otros, la búsqueda de definirnos mientras navegamos sin dirección sobre un mar de incertidumbres. Ahí está, creo que esta última metáfora, muy floja por cierto, refleja un poco lo que quiero decir con esto de la identidad mutable: es como si al nacer te embarcaran en un bote y te lanzaran al mar,  ahí –en la vasta masa de agua salada- vas desarrollando tus actitudes y tus aptitudes, evalúas para que sos bueno y para que no servís para nada, a veces te caes del bote y justo cuando sentís la soga al cuello y te sentís asfixiar, una mano te jala de la ropa y te sube de nuevo al bote para aplicarte un correctivo y recomendarte que tomes otro camino, otra ruta en ese mar de incertidumbres porque la que tomaste te dejó de bruces entre burbujas y peces. La identidad se trata de eso justamente, del ensayo y error constante, de la prueba infinita de auto convencernos a nosotros mismos de lo que somos y de qué estamos hechos. La identidad es el mar de incertidumbres pero también es el bote con el que lo atravesamos. La mera realidad es que pasamos la vida preguntándonos qué papel jugamos en esta vida para terminar muriendo en ese mar de incertidumbres. Por eso es que pensé que la identidad es la reina de todas ellas. 

Vivimos en un ensimismamiento postmoderno. Las instituciones que antes nos representamos perdieron fuerza, la sociedad se enreda en discusiones sobre lo que es legítimo versus lo que es legal, no hay pilares lo suficientemente fuerte que puedan sostener este nuevo mundo en el que nos movemos con nuestro pequeño “yo” fracturado. Tenemos la subjetividad hecha trizas. Nos podríamos aferrar a aquello que nos otorgue una cuota de representatividad, que alimente nuestras convicciones y nos confirme que vamos bien, pero lamentablemente no siempre ha funcionado este discurso prefabricado. Ni mucho menos es aplicable en todos los casos. El sociólogo polaco Zygmunt Bauman, que encaja con esta línea de pensamiento postmoderno, dice unas palabras acertadísimas con respecto a esto último que “pensamos en identidad cuando no estamos seguros del lugar al que pertenecemos, es decir; cuando no estamos seguros de cómo situarnos en la evidente variedad de estilos y pautas de comportamientos y hacer que la gente que nos rodea acepte esa situación como correcta y apropiad: identidad es un nombre dado a la búsqueda de salida de esa incertidumbre”. Otra que hace hincapié en este debilitamiento que atraviesa la identidad en la postmodernidad es la brillante ensayista argentina Beatriz Sarlo, quién sostiene que al no generarse ese sentimiento de pertenencia, se vive “un presente desestabilizado por la desaparición de las certidumbres tradicionales”. Me gustan muchos estos dos autores, coinciden en la inestabilidad y la desestabilización sobre la cual se mese frágilmente la identidad. Y como no estamos muy seguro sobre quiénes somos o qué queremos para nuestras vidas, empezamos a ponerle nombre a esa búsqueda de significados, de esa infatigable tarea de dotar con un sentido a todo aquellos nos rodea.

Muchos dirán que no vale la pena seguir insistiendo con este temita de la identidad, que me he obsesionado hasta el delirio en continuar preguntándome quién soy cuando de antemano sé que nunca voy a tener una respuesta contundente, final. Pero a mí me gusta indagarme, roer mis propios huesos, husmear mi piel, distinguir la mayor cantidad de colores que mi daltonismo me permita y probar cuanto sabor me proponga la vida. Mi #Yo, como el de todos, es como una constante obra en construcción: hay días que me siento orgulloso de mi trabajo, feliz por las decisiones que tomé, realmente satisfecho, un edificio identitario imposible de derribar. Pero hay otros días en que me siento una escoria humana, una pequeña mierdita de persona que no ha cumplido con sus propios objetivos ni a corto ni a largo plazo, que espera que algún golpe de suerte acomode las piezas de esa existencia ordinaria que llevo. A veces miramos el vaso medio lleno, a veces medio vacío: la identidad es el vaso. A todas las personas de vez en cuando se nos cae la identidad al piso, a veces la pisoteamos enojados, furiosos con nosotros mismos y otras veces dejamos que se estrelle contra el suelo porque sabemos que así, y solo así, de haber aprendido a dosificar la angustia y domesticar el dolor, podremos aprender a elegir más cuidadosamente los ladrillos para continuar construyendo nuestra identidad.

PTesisara trabajar mi identidad no sólo realicé esa hermosa investigación gracias a la cual me recibí sino que, no conforme con ellos, me dispuse a escribir este blog. ¿De qué va dicho blog? Pues la verdad que no hay género para definirlo porque es una argamasa de reflexiones personales, pseudo-ensayos, catarsis virtuales,  impresiones de lo que me pareció tal o cuál libro. La verdad es que tuve varios blogs anteriormente, pero de éste estoy completamente enamorado. Para asegurarme que lo iría actualizando y no lo dejaría perecer en inframundo de cadáveres muertos que hay en la red, prometí que una vez finalizada la lectura de un libro iba a escribir sobre los efectos que éste último causó en mí, o en qué momento de mi vida llegaron, o qué momento también deberían irse. En fin, un ejercicio de memoria que me obliga a dar giros en el tiempo, recorrer los momentos felices y los rincones oscuros de mi infancia, la relación con mis padres y con el resto de familia, rastrear en momentos cotidianos de mi rutina algún indicio de grandeza, pensar también -y por qué no- en el amor. Me ha resultado hasta terapéutico escribir y escribir aún siendo consciente de que sean apenas dos gatos locos los que me estén leyendo desde el otro lado de la pantalla. Esto me recuerda a lo escrito en “La intimidad como espectáculo”, brillante obra de la antropóloga y comunicadora Paula Sibilia. Ella decía que “es enorme la variedad de estilos y asuntos tratados en los blogs de hoy en día, aunque la mayoría sigue el modelo confesional del diario íntimo. O mejor dicho: diario éxtimo, según un juego de palabras que buscar dar cuenta de las paradojas de esta novedad, que consiste en exponer la propia intimidad en las vitrinas globales de la red”. Me encanta esa palabra: éxtimo, término del psicoanalista francés Lacan. Lo éxtimo es la suma de nuestros anhelos más personales y de nuestros sueños de luna expuestos a plena luz del día. Que los jóvenes construyamos nuestra identidad en las redes sociales me parece fantástico. La pionera en estudios sobre identidad en Internet es la psicóloga y profesora de sociología en el Instituto de Tecnología de Massachusetts, Sherry Turkle, quien fue la primera en preguntarse si “¿vivimos sobre la superficie de la pantalla o dentro de la pantalla?”. Esta inquietud nació en el año 1997 por lo que deduzco que además de una avanzada, Turkle fue toda una visionaria (¡mujer tenía que ser!).

En mi tesis defendí con uñas y dientes que efectivamente los jovenes construyen su #Yo en Facebook o Twitter. La construcción de identidad de los jóvenes en estas redes sociales es un proceso que se configura y reconfigura en tres etapas que se desarrollan en simultáneo y complementándose una con la otra. La primer etapa es la que denomino la #PresentaciónDelYo, aquí me presento, aquí estoy yo, desde el momento en que elijo mi foto de perfil como avatar de presentación hasta decidir qué información comparto o no con los otros cibernautas, este soy yo: tómame o déjame. En la #PresentaciónDelYo se “dramatiza la identidad”, es esto ponerla en acción, exponer lo que antes estaba resguardado bajo candado en el ámbito privado en el ámbito público, lo íntimo se convierte en “éxtimo” y la vida cotidiana se especulariza. Quien explica mejor esto de “dramatizar la identidad” como un proceso de hacerse reconocer es la brillante investigadora de las culturas juveniles, la mexicana Rossana Reguillo que dice que el “el supuesto central de esta idea reside en que toda identidad necesita mostrarse, comunicarse para hacerse real, lo cual implica, por parte del actor individual o colectivo, la ‘utilización dramatúrgica’ de aquellas marcas, atributos y elementos que le permitan desplegar su identidad”. Parece puro teatro pero aquí las historias para “desplegarnos” son auténticas, tienen raíz y fin, una concatenación de hechos reales con contornos virtuales.

A partir de entonces es que los jóvenes aprenden a “negociar su identidad” cuando deciden qué contenidos publicar –y qué contenido no se deben publicar- bajo la mirada atenta de #LosOtros. Eso de que no necesitamos a nadie que nos diga qué hacer o esa ridícula idea de pensar que somos totalmente independientes en las redes sociales no es más que una falacia porque el otro siempre está presente. Pasa que el #Yo siempre establece una relación dialéctica con #LosOtros, es un ida y vuelta. Es imposible construirse uno mismo sin aquel “otro” que “me identifique”. Nos narramos a nosotros mismos en las redes para que #LosOtros nos lean: estamos para ver pero también para ser vistos. Esta idea de Sibilia, la que de pronto nos convertimos en autores, narradores y protagonistas de nuestras propias vidas en las redes sociales me parece la más acertada de todas. ¿Quién mejor que nosotros para hablar sobre nosotros mismos? Y ahí vamos actualizando estados, contando que nos vamos al gym o que esta noche hay previa en casa, que me ha gustado tanto la nueva canción de Britney Spears que la tengo que publicaren mi newsfeed de Facebook mediante un link de YouTube, que encontré un meme tan divertido que lo puedo compartir y etiquetar también a mis amigos, que me ha parecido super interesante tal o cual noticia que la voy a retuitear así mis seguidores de Twitter la vean. Ensayamos constantemente en estas diferentes prácticas digitales lo que puede gustar o no, y son #LosOtros, nuestros pares, los encargados de otorgarles la validez social necesaria a esa identidad que construimos para que podamos definir mejor quienes somos.

Una vez que logramos que #LosOtros aprueben nuestra identidad, ésta no será estática ni inmutable: no corresponde a la lógica ni a los tiempos de las redes sociales donde lo efímero y el acelerado ritmo nos obliga a mutar, a actualizarnos, F5 constante a nuestro Yo, estar a la orden del día. Así la identidad se va reconfigurando de nuevo, se va moviendo en capas, todas ellas dinámicas, y es ahí, en esa dinámica donde sentimos que tenemos el poder, el anhelado #Empoderamiento que nos permite hablar de nosotros mismos. Pues este soy yo y digo lo que se me da la gana porque quiero, pero sobre todo porque puedo. Ensayamos el “yo” para poder repensar nuestra inserción, pertenencia y sociabilidad en ese mundo real, donde la vida off line traza puentes indestructibles e indelebles con la vida on line. Eso de que uno entra a las redes sociales a perder tiempo, a enviciarse y perder contacto auténtico con sus seres queridos es otro mito a derribar: en las redes los jóvenes recuperan esas relaciones de la calle, las fortalecen, les dan otras formas,  demuestran que hay una sociabilidad no perdida y manifestarán que prefieren mil veces las reuniones donde se ven cara a cara –esto es la preferencia de la presenciabilidad sobre la virtualidad- pero que una vez acabada la reunión, deberán ir a ese mundo virtual a darle continuidad. Qué linda fiesta la de anoche con mis amigos, pero mejor sería si tuiteo qué linda fiesta la de anoche con mis amigos.

Lo identitario juvenil en las redes sociales es una permanente negociación de “quién soy”, un intento constante, que roza la desesperación, de reafirmar “lo que pienso que soy” y la necesidad de que #LosOtros le den sentido a ese “yo virtual” con su aprobación. En “La intimidad como espectáculo”, Paula Sibilia derriba ese mito de la intimidad introspectiva argumentando que ya no es “aquel espacio íntimo y denso que constituía la solida base de la interioridad, precisamente justamente de la soledad y el silencio para autoconstruirse: debía fortalecerse a la sombra de las miradas ajenas.”  Las redes sociales, entonces, son escenarios para que toda una generación que vive “un presente continúo” pueda definirse en ella, gracias a la mediación electrónica y utilizando las pantallas como punto de encuentro, para así construir ahí su identidad. A mí particularmente me encanta como Sibilia al “yo” triple en las redes, ese que es al mismo tiempo autor, narrador y personaje. Ya el genio del antropólogo argentino Néstor García Canclini decía que la identidad “es una construcción que se relata” y que “al ser un relato que reconstruimos incesantemente, que reconstruimos con los otros, la identidad también es una coproducción”. ¿No es acaso asombroso como el tiempo intentamos reconstruirnos aferrados a la palabra? La palabra en papel, en pantallas, palabras en la arena. Para Reguillo “no hay peor precariedad que aquella que impide al sujeto pronunciarse con certeza sobre sí mismo”.  La identidad de la identidad, el #Yo dando vueltas como loco en una espiral. ¿Cómo resolver quién es uno sino cuando se va a dormir abandona un cuerpo para despertar en otro totalmente diferente? Y no hablo del cuerpo de carne y hueso, hablo del cuerpo de palabras, ese enjambre de adjetivos y verbos con los enfrentamos la rutina.

La identidad nos desvela y nos derrota, nos engaña con mentiras que funcionan, nos rodea de espíritus, nos hace delirar y vivir cien años de soledad. La identidad está en las redes sociales como así también las paredes del barrio donde nos criamos, en las páginas de los libros que leemos, en el rostro de árbol viejo de nuestras abuelas. Rosa Montero escribe que “en la pequeña noche de la vida humana, la loca de la casa enciende velas”. Es así, la imaginación va saltando de recuerdo en recuerdo, tiñendo nuestra memoria, prendiendo fuego nuestro cerebro dormido que sueña y sueña. Y la identidad, la reina de las incertidumbres, no hace más que mirar meticulosamente como la imaginación salta y salta, posándose sobre la infancia, ahora sobre la adolescencia, por momentos en la adultez y dando brincos hasta en la vejez. La identidad ve todo eso y elije, esto quiero y aquello no, para que cuando mañana al despertar abras los ojos y te des cuenta qué tan caprichoso es el azar, qué elásticos son los pliegues de nuestra memoria, qué huidizos son los recuerdos y qué necesarios son a veces también para nosotros los puntos suspensivos…

Martín Alanís, licenciado en Comunicación Social @TinoPop

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