Miedo a vivir

 

En memoria de mi primo Fabián, cuyos átomos nadan por mi sensibilidad. 

“La Humanidad se divide en aquellos que disfrutan metiéndose en la cama por las noches y aquellos a quienes les desasosiega irse a dormir. Los primeros consideran que sus lechos son nidos protectores, mientras que los segundos sienten que la desnudez del duermevela es un peligro. Para unos, el momento de acostarse supone la suspensión de las preocupaciones; a los otros, por el contrario, las tinieblas les provoca un alboroto de pensamientos dañinos y, si por ellos fuera, dormirían de día, como los vampiros. ¿Has sentido alguna vez el terror de las noches, el ahogo de las pesadillas, la oscuridad susurrándote en la nuca con su aliento frío que, aunque no sepas el tiempo que te queda, no eres otra cosa que un condenado a muerte? Y, sin embargo, a la mañana siguiente vuelve a estallar la vida con su alegre mentira de eternidad. Ésta es la historia de una larga noche”.

Rosa Montero, “Instrucciones para salvar el mundo”

Todo empezó en una faringitis. Luego de revisar los resultados de los diferentes análisis que me hice ese día, la doctora me preguntó hace cuanto que no me hacía un chequeo general y apenas sus palabras murieron en mis oídos sentí un furioso chorro de agua escarchada en el cuerpo entero, un terror indescriptible de un cuerpo derrumbándose por dentro. Porque si llegaba a ser una neumonía, te tenía que pedir si o si un chequeo general de tal y tal enfermedad. Pero yo no la escuchaba porque no estaba ahí, mis ojos estaban clavados en la nada misma, perdidos en el suelo, como perdidos para siempre. Salí del consultorio temblando, llegué a casa y hablé a mis padres para contarles que pese a que me diagnosticaron una faringitis, lo mismo me iba a hacer ese famoso chequeo general (y todo lo que no le lloré a mi papá en la infancia, le lloro ahora de grande). En los días siguientes no he podido leer nada, el apetito por la lectura se me redujo a una suma ridícula de intentos frustrados de libros apilados sobre otros libros. Una concentración imposible, los estímulos necios, los órganos nerviosos, la casa nublada. Así pasé una semana esperando los resultados, ensimismado en una ridícula vergüenza y me sumí en una tristeza profunda, un lugar inhabitable sin aire. El único sonido que escuchaba era el de mis sueños rotos en la cabeza, ¿de qué sirve haberse arrepentirse ahora cuando uno ya se cree totalmente equivocado, convencido de que el último error efectivamente es el mejor maestro pero que lo mismo la vida nos ha aplazado en esta prueba? “Todo lo que aprendamos en nuestras breves vidas no es más que una pizca insustancial arrancada de la enormidad de lo que nunca sabremos” dice Montero en “Instrucciones para salvar el mundo”.

La depresión, esa incapacidad de construir futuro, nos convierte en pájaros heridos, en pájaros que saben que a pesar que cuentan con la inmensidad del cielo, llegará el día en que sus alas lastimadas no podrán levantar vuelo. Es como si te regalasen el libro de tu vida y un viento malévolo te lleve de golpe a la última página donde está escrito tu final. Entonces uno empieza a recapitular y preguntarse: “¿Qué era peor? ¿La pena por la felicidad perdida, o la helada amargura de lo no vivido, de la felicidad jamás conseguida?”. Yo, cuando me pregunto si soy feliz o no, recuerdo siempre esta escena de la película “Las Horas”, donde Clarissa Vaughan –interpretada por mi actriz favorita, la siempre enorme Meryl Streep- explica el comienzo de la felicidad.

Entré por el pasillo del laboratorio con las piernas desvanecidas y el cuerpo rendido, parecía flotar en el aire, suspendido en ese frío glaciar que se desprende de las paredes de cualquier hospital. Caminaba sin dar paso firme, asustado hasta la médula y las palabras de distracción de mi amigo Fede rebotaban en mis oídos. Entonces, en ese momento en el que crucé el umbral de la puerta del laboratorio para recibir los resultados de estos análisis, la vida parecía partirse en dos: en la posibilidad de darle rienda suelta con total normalidad a mi cotidianidad, redoblando las precauciones pero atormentado por la advertencia de esas sombras que están ahí, asechando y esperando el menor descuido para entrar a mi cuerpo; o si los resultados eran malos, pues sabía que el timón de mi barco daría un vuelco de 180° aún sabiendo que ese maldito iceberg ya desgarró la proa y se filtró el agua helada de alguna enfermedad inundándolo todo, ahogándome en vida. Ensayé rostros, palabras y movimientos para cuando vea finalmente los resultados y supe en ese momento que de nada sirve prepararse cuando vas a la guerra sabiéndote vencido. Abrí el sobre con los resultados y empecé a saltar las hojas que no me interesaban hasta que mis ojos se posaron sobre esas palabras mágica que rezan que todo estaba bien. El alma me volvió de golpe al cuerpo, resucitaron mis cinco sentidos, respiré profundo y lloré lágrimas de miedo muerto, “estaba en uno de esos momentos luminosos que a veces la existencia te regala; instantes de plenitud en los que parece que todo adquiere sentido y que esa sabiduría ya no te va a abandonar el resto de tu vida. Pero esos momentos transparentes también son un espejismo; luego la existencia prosigue y la explosión de la luz que un día nos bañó se convierte en el brillo final de un sol que se oculta. Porque siempre está a punto de atardecer en la vida de los humanos”.  Ahí descubrí el auténtico significado del miedo porque me di cuenta que no tenía miedo de morir porque morir, nos morimos todos. Tenía miedo a vivir. Miedo a vivir con una enfermedad,  “pero todavía no estaba muerto. Inspiró profundamente el aire viciado sintiendo que la piedra de la pena se aligeraba en su pecho, y de un manotazo se aplastó las lágrimas como si fueran insectos. Y a continuación, pertrechada con su antigua y disciplinada curiosidad de investigadora, se puso a reflexionar sobre cómo era posible volver a experimentar, a pesar de todo, ese deseo de vivir tan insensato, tan incomprensible y tan luminoso”.

La muerte está instalada en nuestro cuerpo en las mismas proporciones en que lo está la vida. Es una inquilina, un habitante que sabemos que está latente por todo el organismo pero que preferimos ignorar. Vinimos al mundo a vivir, ¿para qué invertir horas pensando en el peligro de la muerte? Ah, pero también vinimos al mundo a morir. Pero ahí está ella, agazapada en nuestro interior. Se filtra en nuestra sangre, hace eco en el aire que respiramos, la muerte es la piel del otro lado. Una visita impertinente, un golpe de puerta a deshora. La muerte está ahí para pellizcarnos de cuándo en cuándo para recordarnos que no es tan ajena como la suponemos: hasta la misma muerte esconde vida.  La muerte, esa presencia tácita, absurda, está en todo lo que tocamos. Pero estamos tan seguros que aún no es nuestro turno que damos por alto las advertencias, no nos sujetamos el cinturón de seguridad, no miramos a ambos lados antes de cruzar la calle, no usamos preservativo por entregarnos a unos tentadores minutos de placer de piel a piel. Burlamos la naturaleza, nos mofamos de las precauciones de nuestros padres, hacemos todo lo que se nos plazca pateando en la consciencia esa cuota falsa de seguridad de que todo irá bien. Que hoy no me toca. No hoy. No a mí. Y así nos movemos en el laberinto del minotauro pensando que la bestia anda perdido sin dar pista de nosotros. Tenemos la certeza de que la muerte nos aguarda agazapada al final de ese laberinto, esperando que lleguemos fatigados, viejos de sienes blancas y huesos raquíticos. Lo que muy pocos saben es que a veces la muerte, el minotauro, la bestia, el intruso está justo detrás nuestro, calculando el ritmo de nuestra respiración, contando cada gota de sudor. A nuestras espaldas, la muerte también nos viene comiendo por detrás.

tapa-instrucciones para salvar al mundoQuiero compartirles un párrafo de “Instrucciones para salvar el mundo” de Rosa Montero, donde Cerebro, una investigadora ya anciana, intenta explicar qué pasa con nosotros cuando dejamos de existir. Empieza así: “¿Qué es de tu dolor de hoy, de este minuto, de esta hora, de este día, incluso de toda tu pequeñísima vida, comparado con los 4,500 millones de años que lleva existencia la Tierra? Pero todavía funciona mejor pensar en lo muy pequeño. Por ejemplo, en los átomos. Están por todas partes. Están en el aire transparente, en las piedras rugosas, en nuestra carne blanda. Y hay tantos, tantísimos átomos en el universo que su número resulta inimaginable. Son cifras inhumanas que no caben en la cabeza. Los átomos se agrupan en moléculas; dos o más átomos unidos de manera más o menos estable forman una molécula. Y para que te hagas una idea, te diré que en un centímetro cúbico de aire, que es lo que abulta uno de esos dados de esos de aire, digo, hay unos 45,000 millones de millones de moléculas. Ahora mira alrededor e intenta imaginar la exorbitante cantidad de átomos que hay por todas partes. Por añadidura, los átomos, además de ser muchísimos, son prácticamente eternos. Duran y duran un tiempo incalculable. De manera que esa cosa tan minúscula es inmensa en número y en persistencia. Los átomos se pasan sus larguísimas vidas moviéndose de acá para allá y haciendo y deshaciendo moléculas. Sin duda parte de los átomos que hay en nuestro cuerpo proviene del corazón candente de algún sol lejano. Ya sabes, somos polvos de estrellas. Y no sólo eso: estadísticamente es más que pro bable que tengamos millones de átomos de cualquiera de los personajes históricos que puedan nombrar. Mil millones de átomos de Cervantes. Y de Madame Curie. Mil millones de Platón y otro mil millones de Cleopatra.  Los átomos tardan cierto tiempo en reciclarse, o sea que tienen que pasar bastante décadas de la muerte de alguien para que sus átomos consigan volver a entrar en el circuito; pero se puede decir que todos los seres humanos que ha habido en la Tierra viven en mí, y que yo viviré en todos los que vendrán en el futuro. Y en un estallo de hierba quemado por el sol o en el cuerpo acorazado de un escarabajo”. Hermoso, ¿no? De pronto yo voy a tener a moléculas de Isabel Allende en mis dedos, una pizca de Thalía en la voz, un trozo de James Franco en mi sonrisa, y hasta un pétalo blanco de los jazmines de mi abuela.

Mi relato tiene un final feliz. Mejor dicho, las historias nunca tienen finales, y lo de la felicidad es relativo. La muerte no es el final, es solo un cambio más. Así como fui un afortunado en mi salud, hay otras personas que no lo fueron. Sugestionado en la espera de los resultados de ese chequeo, leía por todas partes enfermedades terminales. Cáncer maligno, HIV, tumores, sangre contaminada, diabetes, amputación, meningitis, leucemia, mal de Alzheimer, Parkinson. Hay personas que las padecen y deben aprender a cohabitar con ellas, las sufren, las lloran, las maldicen y no logran entender aún qué hacen en su cuerpo. Pero al final las domestican, las hacen llevaderas, se aferran a sus familias, se abrazan a los recuerdos, se dan la oportunidad de ser felices aún cuando les entregaron en mano la última página de su vida. Muchos empiezan a descreer en la posibilidad de ese Dios que todo lo sabe, que todo lo maneja y “tal vez Dios, si existe, no sea más que un narrador loco con debilidad por las estructuras circulares, y de ahí que la existencia consista en salir de la oscuridad para poder regresar de modo indefectible a las tinieblas tras chisporrotear un poco por la vida”. Admiro a esa gente que se para frente el mar, espera la tormenta, ve la ola rabiosa aproximarse con todo y la monta con total determinación de no darse por rendida hasta que el sol aparezca regando la orilla con la luz esperanzadora de un nuevo día.

“Qué alivio poder volver a ser sólo y nada más que un puñado de átomos, infinitamente pequeños, infinitamente longevos, infinitamente prodigiosos”. Este fue el relato de una noche que duró una semana o de una semana que duró toda la noche. Esto es un puñado de palabras a las que me aferré durante días, albergándome en la sombra de mis miedos. Para salvar el mundo, uno primero tiene que salvarse a uno mismo. Pero ni para lo primero ni para lo segundo nos dieron instrucciones, entonces las creamos nosotros mismos, las desobedecemos y pagamos las consecuencias, las seguimos y se nos otorga una chance de mejorar. Si del barro venimos y al barro volvemos, pues por lo menos sé ahora que en esa mezcla de agua y tierra mis moléculas se dispararán en varios sentidos, salvándose por fin de ser enterradas bajo la cruel oscuridad del olvido. Y por eso escribo ahora, para esos átomos que un día dejarán de ser parte de mi #Identidad para que pasen a ser parte de otro #Yo. En algún momento de esta vida, nos dejaremos de ver, no existiremos más y nuestra ausencia causará estragos en nuestros seres queridos pero ahora sé que por lo menos,  en un instante donde las coincidencias se vuelvan locas volveremos a estar todos juntos en otro cuerpo, escribiendo otra relato y bajo otra piel. Seremos infinitos pero esas son historias que a otros les tocará escribir…

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6 comentarios en “Miedo a vivir

  1. Clap! Clap! Todos estamos en esas disyuntivas, el miedo innato a la muerte y la búsqueda de la felicidad. Hermosa reflexión, amigo. Abrazo.

    “Desordene átomos tuyos para hacerte aparecer… Un día más (bis).” – ‘Puente’de Gustavo Cerati.

  2. “No todos los días son iguales, ¿verdad? Tú que corres, no te agites; tú que vives, no te angusties; tú que dudas, no vaciles. Si corres, no te precipites; si vives, no te desorientes; si estás angustiado, no te oprimas.
    Será preciso correr, vivir, angustiarse; la vida es todo eso.”

  3. Me ha pasado similar a lo que describes, y realmente el sentimiento que se despierta te provoca cierta ira, incertidumbre y lo mas triste que se termina haciéndose un circulo vicioso; en el que los resultados están bien y a los pocos meses vuelve todo otra vez…
    Sabías palabras describes y citando a una gran autora española, realmente fue un gusto leer este fragmento, seguiré visitándolo.

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