Te voy a llevar a donde no habite el olvido

“Uno escribe para expresar, pero también para mirarse en un espejo y poder reconocerse y entenderse.”

Rosa Montero

LalocaBuenos Aires cuando llueve es terriblemente triste e irremediablemente hermoso. Se está cayendo el mundo, dicen. Aunque yo sospecho que el mundo ya está por el suelo. Y el suelo del mundo es el cielo: vivimos patas arribas. Hace semanas que tengo anotaciones desparramadas por todos lados, ideas sueltas, pensamientos huérfanos, todo producto de la lectura de uno de los mejores libros que leí en mis 24 años: “La loca de la casa” de Rosa Montero. Bueno, resulta que se me presentó la oportunidad para resucitar estas palabras y hacer surgir este texto que sinceramente no sé a dónde me va a llevar gracias a una propuesta de Candela, una compañera de Comunicación Social que me invitó a escribir en su blog.  Dice Rosa Montero que “todos los escritores intentamos definir, describir, ordenar con palabras nuestro espacio; y a medida que el entorno en el que vives cambia, el relato difiere”. Me pidieron que me defina brevemente, qué diga quién es Martín Alanís y lamento no contar con una respuesta para ello. O por lo menos no una respuesta contundente, acabada, finita. Porque bien se sabe que estoy obsesionado con indagar sobre la #Identidad, ese mar de incertidumbres en el que nadamos, ese conjunto de #Yo que chocan entre sí, se marean, se enderezan, se dan la mano y vuelven a caminar. Ese #Yo construido en el tiempo, en la rutina, en el relato cotidiano, en la mirada ajena de #LosOtros. Martín Alanís no es más que la suma de los días de una persona que lee, pero que también escribe para autocrearse. La lluvia cae cada vez con mayor intensidad, las gotas suicidas golpean contra el asfalto violentamente y yo aquí, contemplando el desfile de paraguas que van y vienen tras el cristal de esta cafetería. Cómo me gusta la lluvia, cómo me gusta el agua. ¿Será que del agua venimos y al agua volvemos? ¿Será acaso que somos hijos del gran dios griego Poseidón? ¿Será tal vez que cuando muramos nos desintegramos en pequeñas moléculas que van a parar al mar?

Uno escribe por varios motivos: para derrotar la muerte, para lamer las heridas de la infancia, para entender la #Intimidad del presente, para armar utopías en un futuro no muy lejano. También escribimos para hacer catarsis, para reinventarnos, para confirmar que estamos vivos mediante la #Palabra. La #Palabra nace de nuestro pecho, de nuestros anhelos más recónditos, de nuestra soledad, de nuestro dolor y también del amor. De ahí que salen tantas novelas, tantos ensayos, tantísimas canciones, hermosas poesías. De ahí sale también lo que estoy escribiendo ahora. En “La loca de la casa”, la talentosísima escritora española lo explica muy bien de la siguiente manera: “Para ser, tenemos que narrarnos, y en ese cuento de nosotros mismos hay muchísimo cuento: nos mentimos, nos imaginamos, nos engañamos”. Bueno, yo escribo por todas estas razones pero creo que el principal motivo por el que escribo es por el #MiedoAOlvidar –o lo que es lo mismo: miedo a ser olvidado, enterrado y chau, si te he visto no me acuerdo-. Este pequeño terror tiene su origen en mi abuela Sara, o mejor dicho en la enfermedad de mi abuela: doy manotazos en mi memoria, tratando de capturar recuerdos de mi infancia, momentos cruciales o instantes ínfimos que si los observo con los ojos de ahora, puedo entender porque soy ahora lo que soy, porque fui ayer lo que fui y… no, de ninguna manera podemos predecir cómo seremos mañana (claro está que si contamos con dotes de pitonisa seremos capaces de saber que depara el futuro para nosotros, pero este no es mi caso). Hay que escribir cuando el cerebro lo demande, porque como dice Montero, “las palabras son como peces abisales que sólo te enseñan un destello de escamas entre las aguas negras. Si se desenganchan del anzuelo, lo más probable es que no puedas volverlas a pescar. Son mañosas las palabras, y rebeldes, y huidizas. No les gusta ser domesticadas. Domar una palabra (convertirla en un tópico) es acabar con ella”. Las #Palabras sueltas no tienen vuelta dijo una vez una profesora mía. Yo creo que sí vuelven, de alguna extraña manera, convertidas en hechos, en emociones, en el murmuro taciturno de un recuerdo fugaz.

Mi abuela Sara enfermó de diabetes ya de anciana, y le empezaron a prohibir los dulces. Pero las cosas empeoraron cuando vinieron #LasDegeneradas: el mal de Alzheimer y el maldito Parkinson. Un dúo asqueroso, plagado de olvido y descontrol. Podría copiar y pegar las mil y un características de cada enfermedad pero al vivirlas junto a mi abuela, sé muy bien de qué se tratan. El mal de Alzheimer no es sólo una demencia senil, una enfermedad neurodegenerativa, es mucho más que eso: el mal de Alzheimer es una jauría de #PequeñasMuertes, todos los días una célula del cerebro de mi abuela pierde la batalla, es vencida por la negra sombra del olvido que todo lo arrasa, todo lo destruye. De adolescente, no podría creer que existiese una enfermedad tan calamitosa como ésta. Entonces me asusté: mi abuela empezó a desconocer la casa donde vivió tantos años, no reconocía rostros de su familia y su memoria quedó atrapada en un pasado lejano, inaccesible, me congeló ese #MiedoAOlvidar. Vivir con ella era despertar sabiendo que se debía arrancar las hojas del cuaderno escrito del día anterior para hacer borrón y cuenta, y empezar a escribir una nueva historia. Y armarse de #Paciencia, toneladas de ella. A qué hora vuelve Carlos, preguntaba. Está en la escuela abuela, respondía. No pasaba un minuto y repreguntaba, a qué hora vuelve Carlos. Está en la escuela abuela, repetía yo. Y así escenas similares. Y el mal de Alzheimer no sólo viene acompañado de esa terrible sombra del olvido, es una enfermedad que te pone agresivo, a la ofensiva, violento, te descoloca del espacio y del tiempo. Mi abuela está perdida en ese limbo que une el pasado con el presente, esa zona indefinida donde acceder es un privilegio y escapar, imposible. Yo, gracias a Dios o a su amor de abuela -no lo sé-, he permanecido en ese limbo por mucho tiempo. Aún me reconoce, sabe que soy Martín (¡qué irónico, ella sabe quién es Martín y yo todavía me lo ando preguntando!). Ese #MiedoAOlvidar fue el motor de mis dedos que teclean y teclean en la computadora: “escribimos en la oscuridad, sin mapas, sin brújula, sin señales reconocibles del camino. Escribir es flotar en el vacío”.

Por otro lado, mi abuela Sara está en un cuerpo que no es suyo. O por lo menos que ha sido suyo pero que le ha dejado de pertenecer hace un par de años. La desgracia del mal de Parkinson hace que el control involuntario de su cuerpo haga y deshaga de ella a su antojo, como una marioneta de la enfermedad, una broma de mal gusto. El chirrido de sus dientes, el tembleque desenfrenado de sus manos, el pulso desobediente y el tic en sus piernitas ya débiles son producto de ese temblor que habita bajo su piel. María Sara Fuentes de Alanís es la mujer más valiente que conocí, su adversidad es alentadora, saca fuerzas de donde no tiene para seguir luchándola. Mientras escribo esto, en Buenos Aires no deja de llover. Mientras pienso en mi abuela, en mi cabeza se desata una tormenta de lágrimas. “¿Qué dirán de ti? ¿Cómo cerrarán la narración de tu vida? Puesto que nuestras existencias son un cuento que nos vamos contando a medida que crecemos, adaptándolo y cambiándolo según las circunstancias, fastidia pensar que la versión final de ese relato va a ser redactada por los demás”. Sé por lo menos que si el final de mi abuela está próximo, caerá en mis manos escribir sobre lo inmensa que fue pese a que ahora es una mujer minúscula que vive sumida en sí misma y de que a ratos nos da la alegría de regalarnos una sonrisa. Cómo extraño esa sonrisa, esa sonrisa que te empujaba a ver el abismo, medir tus propias fuerzas y lanzarte a la aventura de vivir un día más. Gracias Sara, con estas palabras te estoy abrazando fuerte.

Bellísima, mi reina.
Bellísima, mi reina.

Otro de los motivos por los que escribo –y creo que todo aquel que se escriba se sentirá en parte identificado con esto- es para definirme, esto es construir mi #Identidad. Quién soy #Yo y cómo creo que soy,  quién soy y cómo me ven #LosOtros, cómo creo que me ven #LosOtros y cómo realmente soy –esto es puro interaccionismo simbólico si uno lo estudia desde la sociología-. En la “La loca de la casa”, Montero rescata una frase acertadísima del poeta francés Henri Michaux, “el #Yo –el hashtag es mío- es un movimiento en el gentío”. O lo que es igual, que somos muchos dentro de nosotros, un gentío de personas en el #Yo, una obscena orgía de “yoes” disociados. Ésta me parece una metáfora formidable. También cita a  José Peixoto, un joven narrador portugués, que nos propone los “y sí”: la realidad interior se te multiplica y desenfrena en cuanto que te apoyas en un y si. Y si en lugar de comunicación social, hubiese estudiando biología. Y si en lugar de arriesgarme y venir a probar suerte a Buenos Aires me hubiese quedado en La Rioja. O vamos a un terreno más íntimo: y si ni nunca hubiese recibido ese único y sincero “te amo”. Y sí en realidad creo que alguien me está leyendo y estas palabras van a parar a un tacho sin fondo. Y sí no estuviese escribiendo estás líneas, ¿qué carajo estaría haciendo? “Siempre cabe la duda sobre si lo que haces tiene algún sentido. De ahí proviene en gran medida nuestra fragilidad” dice Rosa Montero. Hasta en los cimientos más frágiles de la existencia nos construimos.

Es gracioso esto que voy a contar a continuación, o por lo menos para mí. Me recibí de licenciado en Comunicación Social y siempre tuve la certeza de que tengo un título y no sé hacer nada bien: pasé de puesto en puesto, mutando en tareas diferentes a las cuales nunca llego al 10 ni me esmero lo suficiente como para destacarme. Cuando era ayudante de cátedra en Teorías de la Comunicación y Sociología de los medios de comunicación, me invadía la inseguridad: la de equivocarme (claro que con el tiempo uno sabe que de esos pequeños errores unos aprende el doble). Produje informes para el noticiero de la Universidad Nacional de La Rioja pero no era algo que me apasionaba. Redacté –acá podrán decir, por fin, esto es lo tuyo- para una página web noticias de chanchos secuestrados y travestis golpeados pero mi cabeza iba más allá y me cansé pronto de ese trabajo (además las condiciones de trabajo no eran las óptimas y ya se sabe que cuando quiero me puedo poner muy sindicalista). Ahora estoy en una agencia de publicidad, trabajando con estadísticas, números y gráficos, viendo que tan bien o que tan mal le va a tal o cual marca en sus distintas redes sociales… pero siento que a veces el puesto me queda grande, o que no le pongo el empeño necesario para aprender más. Como uno también es la suma de sus frustraciones, me dedico a escribir. En este punto, comparto también con Montero: “Yo, en cambio, no sé cocinar, tengo mi despacho convertido en una leonera, ordenar un armario me parece un reto insuperable, nunca recuerdo donde he dejado las gafas (a veces las he localizado, tras arduas horas de búsqueda, en el interior de la nevera), corro agitadísima por mi casa y por la vida como si me hubieran robado un día del calendario y creo que lo único que sé hacer es escribir”. A mí me pasa algo similar: lo que mejor me sale es escribir. Y con lo que mejor me defiendo es la #Palabra, entendida siempre como herramienta y nunca como un arma. Escribir para escaparme de la rutina insatisfactoria donde a veces pienso que no le voy a encontrar el cartelito de “Salida”.

Hace poco escribí sobre unos análisis que me asustaron muchísimo y salió ese texto que para mí es uno de mis mejores, “Miedo a vivir”. Un chequeo médico general, “de repente estaba fuera de las cosas, me había caído de la vida”. Había perdido el apetito por la lectura, no me salía más que escribir sobre la muerte, recriminarme un par de cosas, estupideces mías. Entones me dediqué a escribir para rescatarme, para saberme vivo, para que #LosOtros me lean y sepan que estoy vivo, que en fin de cuentas para sentir no estaba tan sólo. “Eso es la escritura: el esfuerzo de trascender la individualidad y la miseria humana, el ansia de unirnos con los demás en un todo, el afán de sobreponernos a la oscuridad, al dolor, al caso y a la muerte” dice Rosa Montero. Y vaya que tiene razón. Cómo llueve en Buenos Aires, cuantos suspiros vagabundos se besaran en las gotas que caen estrepitosamente contra el suelo: ahí veo morir mis miedos, ahí mismo veo nacer más ganas de escribir. Si han llegado leyendo está acá, pues la verdad que los admiro: eso significa que no los estoy aburriendo. O también puede ser que estén tan aburridos y que no tengan otra cosa que hacer que perder el tiempo leyendo las barbaridades que escribo. En esta #Palabra enorme, en este texto, nos unimos y bailamos todo bajo una lluvia torrencial de letras.

Cuando era niño pensaba que teníamos un año de clases y un año de vacaciones. ¡Macanuda decepción enterarme de que sólo contábamos con sólo tres meses para descansar! ¿Qué por qué cuento esto? Porque tratando de recordar un poco de mi infancia fue lo primero que se me vino a la cabeza. Pasa que de chicos tenemos una imaginación indomable, una #Identidad descontrolada, somos héroes, somos villanos, somos dibujitos animados, somos los elementos de la naturaleza, criaturas mitológicas, somos tanto en tan pocos años… Luego viene lo que se conoce como el proceso de socialización. Montero lo explica con una lucidez absoluta: “El proceso de socialización, lo que llamamos educar, o madurar, o crecer, consiste precisamente en podar las florescencias fantasiosas, en cerrar las puertas del delirio, en amputar nuestra capacidad para soñar despiertos; y ay de aquel que no sepa sellar esa fisura con el otro lado, porque probablemente será considerado un pobre loco”. Creo, sin embargo, que en el fondo de nuestra conciencia, somos unos infantes juguetones que aprovechan esos instantes, cuando nadie nos ve, para hacer una travesura, para imaginar mundos de contornos imposibles, burlando distancias, mutilando miedos, volando lejos. Pero los niños también se asustan, reconocen el monstruo debajo de la cama, la sombra que estira su mano frívola por el armario, el trueno feroz que raja el cielo en mil pedazos para hacernos estremecer. “Tal vez en realidad todos los escritores escribamos para cauterizar con nuestras palabras los impensables e insoportables silencios de la infancia” amplía Montero sobre esta idea de escribir para y por la infancia. A veces ese silencio es mucho más estrepitoso que el llanto escandaloso que se desprende del pecho del niño que llevamos adentro. De grande uno empieza a mentirse, a faltarle el respeto a esa transparencia infantil que se le va escurriendo de la piel. Yo creo que lo hacemos con buena intención, para decirle a ese niño que estamos haciendo lo posible para no decepcionarlo. O lo que es lo mismo, hacemos lo posible para no decepcionarnos a nosotros mismos: también escribo por esta razón.

Este soy yo, un mocoso llorón y sucio.
Este soy yo, un mocoso llorón y sucio.

Quiero finalizar este texto con dos ideas más robadas de “La loca de la casa” de Rosa Montero –si tienen oportunidad lean la obra completa, una verdadera loa a la escritura-: “Si se me acabara ese tumulto de ensueños narrativos, ¿cómo me las iba a arreglar para seguir levantándome de la cama todos los días?”. Tanto leer como escribir nos permite acercarnos más a nosotros mismos, a esa zona de la #Intimidad que construimos con nuestros recuerdos y nuestra experiencia para poder entender a partir de ahí otras relaciones humanas. “Y es que, ¿cómo puede una apañárselas para vivir sin la lectura? Dejar escribir puede ser la locura, el caos, el sufrimiento; pero dejar de leer es la muerte instantánea. Un mundo sin libros es un mundo sin atmósfera, como Marte. Un lugar imposible, inhabitable” describe Montero. Yo no podría vivir en un mundo así, me asfixiaría apenas me quiten un solo libro. La lectura es como una uña que de tanto rasgar nuestras cicatrices, hace que la herida vuelva a ver la luz nuevamente, nos ayuda a capitalizar estas #PequeñasMuertes y convertirlas en vida nuevamente. Un libro te abre puertas y te cierra heridas. Una oración te abrasa y te abraza. Un párrafo te derrota o te levanta. Sea como sea, la #Palabra nos transforma.

Por eso escribo esto, por eso lo estás leyendo.

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4 comentarios en “Te voy a llevar a donde no habite el olvido

  1. Buen Día mocoso llorón y sucio!! hoy leí tu blog…así que nos unimos y bailamos bajo la lluvia. Aunque ya no llueva. La verdad al principio leia tu blog solo porque estaba aburrida,pero hoy te puedo decir que soy una fans de tu palabras…me tocas todo tipo de sentimientos. Es increíble como escribís te admiro y te envidio (envidia sana,aunque dicen que no existe la envidia sana jajaj) te mando un beso enorme.

  2. xq asi???….me mataste!!!…estoy totslmente muda, con un nudo en la garganta que no se va y mil lagrimas que no dejan de caer!!!…yo sabia q no eras solo “rimas a lo Belén Francese”…mis mas grandes felicitaciones, por todos tus logros…volve pronto q se te extraña, y no nos olvides :*

  3. Martín: yo leo tu blog y creeme que tengo cero tiempo para aburrirme!!soy médico y por ahí mi comentario no tiene el peso de la opinion de un experto en la literatura. Pero si soy lectora, y tu escrito me ha parecido fabuloso, baile contigo bajo la lluvia y estuve en esa cafetería! Me hace emocionar lo que escribes, y no es solo porque conozco a la tía Pochi! Tus relatos acercan al que escribe y al que lee.son despojados de cinismo…Eso es lo que sentí al leerte.Espero lo sigas haciendo.Te envio un abrazo.
    Nati Llanos.
    Dra.que no lee por aburrimiento!

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