Un flaco que se esfuerza

Estaba muy enamorado. Enamoradísimo. Era ese amor obsesivo, no correspondido, hecho a desmedida necesidad y aberrante deseo. Deseo de pertenecerle por completo. Ese primer amor que golpea fuerte, que te derriba, que te desvela y te da vuelta el universo. Muy cierto lo que dice Isabel Allende: “el primer amor es como la viruela, deja huellas imborrables”. A mi esas huellas identitarias todavía me arden en la piel. Escribo y no sé hasta donde debería contar, hasta donde decir la verdad y en qué momento empezar a inventar. Trataré de ser lo más fiel posible al relato que ya lleva más de cinco años dando vueltas por mi cabeza. Fue una noche de borrachera, una de esas interminables noches de baile y alcohol que nos llevó a estar juntos por segunda vez en ese intimidad que para mí era el paraíso mismo. Había tanto apuro en el asunto que empezamos a desvestirnos rapidísimo. Volaron mis zapatillas, me deshice de mis medias a toda velocidad, me quité el jean apresurado que creo que también se bajó el bóxer. Estábamos cara a cara, inhalando y exhalando ese mismo aire caliente, ese vapor que emanan dos cuerpos excitados.  Casi desnudos empezamos a besarnos con desesperación, como dos animales. Unas bestias que parecen devorarse. Y fue entonces cuando atiné a sacarme la última prenda que me quedaba puesta: la remera. Entonces me dijo “no”, y yo quedé helado. Pensé que ya se había arrepentido de consumar el acto sexual pero era peor: “no, no te saques la remera”. ¿Saben que triste es hacer el amor con la persona que amas sabiendo que no te desea en tu totalidad? Fue un golpe durísimo para mi autoestima. Y justamente de esto quería contarles hoy: no, no de los idiotas que nos arruinaron la quimera del amor y nos cargaron de #Complejos. Les quería contar del peso que tuvo mi cuerpo en la construcción de mi #Identidad.

Con el cuerpo nacemos y con el cuerpo morimos. Es lo primero y lo último que traemos al mundo. En definitiva, el cuerpo es todo lo que tenemos. Y por eso lo cuidamos. O no. Vamos al gimnasio y con suerte logramos sujetar alguna carne floja, regulamos nuestra alimentación en ridículas dietas, nos momificamos en cremas y demás productos químicos, nos construimos siempre para gustarle a #LosOtros. Y nos olvidamos que primero tenemos que gustarnos a nosotros mismos para gustar a #LosOtros. Dirán que no estoy comentando nada nuevo, pero resulta que pasan los años y a mí todavía no se me ha dado eso de gustarme, de verme al espejo y sentirme lindo. Lindo. Ni bello, ni un Adonis: solo lindo. Nunca me ha faltado un piropo pero esas son pequeñas caricias mentirosas que no entran a mi casa. Antes de dormir, me veo el cuerpo entero y siempre encuentro algo que no me convence.

Lo que me costaba sacarme la remera en la pileta. Esta foto me gusta pero no es actual.
Lo que me costaba sacarme la remera en la pileta. Esta foto me gusta pero no es actual.

Qué manía estúpida la del ser humano de buscarse los mil y un defectos. Pecho plano, ¿dónde están mis pectorales? ¿Por qué tanto vello acá? ¡Pero qué piernas tan flacas! Hacen juego con estos brazos larguísimos. Mi mamá dice que tengo dedos de pianistas, ¿eso será bueno o malo? Qué linda cola pero con semejante mancha de nacimiento en la nalga derecha. Y esas espantosas estrías de dónde carajo salieron. ¿Se irán sin hacer ruido? ¿O dejarán pequeños cráteres en mi piel como lo hizo ese maldito acné que me destruyó la cara cuando era adolescente? Y estas orejas de Dumbo, qué grandísimas. No, no son grandes: están muy despegadas del cráneo. Y el pelo, qué pelo pajoso, seco: no hay shampú ni crema de enjuague ni ampollas para recuperar el cabello.  Qué cuerpo desproporcionado, qué mal amasado, qué caducidad hecha carne. Hay quienes al dormir se miran al espejo y éste les devuelve lo que quieren ver: todo en su lugar, perfectas simetrías. Yo me miro y reconozco hasta una cicatriz que me quedó en el codo derecho luego de que me cayera de la bicicleta cuando era niño (sin contar la cicatriz que tengo en la pera, la que me hice cuando mi papá me tiró boca abajo del tobogán de la plaza Sarmiento). Qué lucha gustarse uno mismo cuando los #Complejos caen con peso muerto sobre el cuerpo desde que abrís los ojos hasta que los cerras. Qué tarea titánica gustarle al #Otro cuando el espejo te declara guerra cada vez que te muestra tu reflejo.

Hace un par de años que voy al gym –este año no fui, cierto-, entrenaba con toda la dureza posible. Me motivaba pensando en gustarle a ese sandio que me convenció de que mi torso no era perfecto. Llevaba mi CD y lo ponía a todo volumen mientras mi entrenador, Pablo, me indicaba qué hacer, esto sí, esto no. Cuántas historias en ese gimnasio, cuánto me ayudó Pablo a trabajar el cuerpo. Entonces se me volvió una obsesión ir al gimnasio todos los días, hice una rutina religiosa pero sin caer en la vigorexia. Y empecé a gustarme de nuevo. Pasaron un par de años y dejó de gustarme ese primer amor –para entonces otros ya me habían roto el corazón-. Entonces me di cuenta que empecé a ir al gimnasio por mí mismo. Estaba ensimismado en mi cuerpo. Éramos uno y habitábamos en perfecta armonía. Éramos porque después me descuidé y volvió a ser lo que fue siempre: un proyecto de cadáver,  que es lo que somos todos al fin de cuentas.

En esta foto tenía 2009, sepan entender la pose y el atrevimiento. Eran mis primero año de gym y me creía fisicoculturista.
En esta foto tenía 2009, sepan entender la pose y el atrevimiento. Eran mis primeros años de gym y me creía fisicoculturista.

Hace poco me recomendaron ser más “trashy”, para gustar más. Sería ser un poco más desaliñado, que espanto con el libro bajo el brazo. Obviamente que ese tipo de comentarios te demuestran lo chato que puede ser el cerebro humano. Pero ese es otro tema. Volvamos al principio, a ese primer amor que me traumó, que me dejó marcas indelebles en la piel e imprimó su perversa huella en mi #Identidad. Y qué desequilibrada es la #Identidad cuando uno es adolescente, cuando adolece todo, cuando las #Palabras duelen. Cuando el cuerpo te cambia. O cuando el cuerpo no te cambia. Cuando partes del cuerpo te crecen y otras no. Hay quienes viven por y para su cuerpo, esculpiéndolo, sacándole lustre a esas pieles perfectas, les debe doler ser tan bellos. Hay otros quienes hacen caso omiso al cuerpo, pues les da igual lo que #LosOtros dicen o no de él, hacen su rutina diaria con total normalidad, si les gusto bien y sino también. Luego está la zona de la eterna batalla, en la que me ubico yo, en la lucha diaria por gustarse, por convencerse que si se esfuerza un poco más puede alcanzar ese ideal que uno construye para sí mismo pero también para #LosOtros.

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El cuerpo, ese templo que tanto protegemos es a la vez lo que tanto aborrecemos. Pero también es nuestro último recurso: con él batallamos hasta nuestra última guerra.  Claro que me hubiese gustado tener la cara de Matthew Bomer, la espalda de Channing Tatum, el torso de Leandro Nimo o el culo de Rafael Nadal pero lo que soy es el cuerpo que me ha tocado. Qué maravilloso sería trascender el cuerpo, aunque sea imposible desligarnos por completo de él. Y si me preguntan si me gusto aun pese a todo el esfuerzo que hago por agradarme pues les respondo con la verdad: no, no me gusto en mi totalidad. Pero me esfuerzo.

 P/D: Traté de no citar a ningún autor en este relato que constituye una de mis fibras más íntimas de mi #Identidad pero Rosa Montero escribió para El País un artículo preciosísimo llamado “Querido y odiado cuerpo”, que lo pueden leer completo acá: http://elpais.com/elpais/2013/08/01/eps/1375377214_414999.html

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2 comentarios en “Un flaco que se esfuerza

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