Cambios

Me rapé. No al ras, pero si me corté el pelo muy corto. Cortito. Más de lo que estoy acostumbrado. Era un plan que tenía en mente hace un par de meses hasta que me decidí a hacerlo. ¿Y por qué le estoy contando esto? La verdad que no lo sé… como tampoco sé por qué ustedes están leyendo esto. La cuestión es que necesitaba un cambio. O quería. Tal vez me rapé la cabeza sin poder definir si necesitaba o quería el cambio. ¿Y el cambio de qué? ¿Qué quería cambiar? ¿Cambiar por qué y para qué? ¿Cambiar para quién? Necesito estar solo.

Quiero decir que tras una suma considerable de frustrados intentos amorosos, he decido concentrarme en mí un poco más. Dedicarme algo más de tiempo, necesito mimarme, volver al gimnasio, disfrutar de la lectura sin pensar que estoy en una competencia conmigo mismo para ver si supero la cantidad de libros que leí el año pasado. Me siento tan ridículo escribiendo esto pero llega un momento en que uno empieza a evaluarse por uno mismo, entonces sabemos perfectamente cuándo anotamos un doble o cuándo hacemos trampa. Nadie nos engaña mejor que nosotros mismos: nos encanta mentirnos para sentirnos realizados.

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Entonces me rapé. Sí señor, me rapé y empecé el gimnasio, cuerpo nuevo, vida nueva y toda esa sarta de mentiras que no son más que una mierda. No me quiero poner dramático, pero hay que empezar a llamar a las cosas por su nombre y dejar las metáforas para los escritores en serio. Y no sólo me rapé y empecé el gimnasio: salí solo. O sea, tuve el coraje de ir al cine sólo un sábado a la noche sin tomar precaución de que pudo haber sido uno de los actos más patéticos e humillantes para un joven de 24 años recién pelado. Estaba en una butaca, sentado solo comiendo pizza y tomando gaseosa con culpa. Ah, sí, porque la #culpa siempre está dando vueltas hasta cuando te relames el último bocado de pizza. ¡Pero la pizza es tan rica! ¡Qué rico sabor a culpa tiene la pizza! Ya lo decía Julia Roberts en “Comer, rezar, amar”.

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“Comer, rezar, amar”.  ¿La vieron? Bueno, vean esa película y si pueden lean el libro .Yo lo empecé a leer cuando tenía 16 o 17 años porque pensaba que era una novela que la podía digerir rápido pero no lo fue. De hecho no terminé el capítulo uno y se lo regalé a una amiga que también se borró del mapa. Así que, como estoy leyendo “La firma de todas las cosas” de Elizabeth Gilbert y justamente ando con un renovado romance con Julia Roberts, decidí comprar (¿o sería recomprar?) “Comer, rezar, amar”. Así que después de ver la película en el cine, fui derecho a la librería a buscar algo y me topé con este libro nuevamente. A ver, lo duro no es salir del libro y ser el único que no iba tomado de la mano de nadie: yo puedo salir de eso con mucha cintura. Lo que no soporté es la mirada inquisidora de algunas personas en la librería que me veían haciendo fila con un libro cuyo eslogan era “Una mujer en busca de su espiritualidad”.

Recapitulemos: recién pelado y con harina en el cuerpo que no debí haber consumido, salí solo del cine, fui a una librería –¡un sábado por la noche!-, y compré un libro sobre una mujer que luego de divorciarse empieza a descubrirse a sí misma tras comer en Italia, rezar en la India y amar en Roma. ¡¡¡Yo nunca salí del país!!! ¡¡¡Por Dios qué estaba haciendo!!! Pero lo hice. Llego a casa y un desastre me esperaba, y me pregunté a mí mismo, ¿por qué sos tan desordenado Martín? Leo los comentarios en Facebook sobre la foto con mi nuevo corte de pelo y la mayoría dice que me parezco a Abel Pintos (lo cual lo voy a considerar como un piropo). Entonces mis planes de sábado por la noche terminaron exactamente a la 1:10 a.m., tras terminar de hacer catarsis en Twitter. Después me pregunto por qué sigo soltero.

Cuando termine de limpiar este desorden que tengo por departamento y leer un poco la novela que hace más de tres semanas estoy leyendo, voy a empezarme a preguntarme qué hacer cuando los cambios que queremos a veces no salen como los habíamos esperamos. El cambio es bueno siempre y cuando sepamos qué hacer con él.

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