Helechos y jazmines en 11 dimensiones

318736_477066272338178_1630314779_nHace un par de días, alguien -no importa quién- me explicó la Teoría de las Cuerdas para poder entender cuál es el origen del universo. Me preguntaron cómo creía yo que se originó el universo, a lo que respondí que tengo una doble teoría, imposible e irónica, a lo mejor para nada conciliadora entre los polos que la componen, una postura científica-cristiana. Que el universo se formó a partir de la explosión del big bang -que contenía en sí la materia, la energía, el tiempo y el espacio- pero para que ese “punto” explotase, ‘alguien’ debió haberlo creado primero. Una inteligencia suprema, la misma que dotó de cerebro a los humanos, y que esa inteligencia suprema era Dios. Quién me preguntó esto me dijo que respetaba mi postura y que de cierta forma pensaba igual que yo. Luego me contó, a una manera muy gráfica, sobre la Teoría de las Cuerdas: “En pocas palabras, la materia genera gravedad. En los telescopios cuando (los científicos) ven el espacio, ven que entre las galaxias hay muchísima gravedad pero no ven la materia que genera esa gravedad y por eso la llaman ‘materia oscura’. Se la llama ‘materia oscura’ porque o no hay nada o no se sabe si hay o no; lo cierto es que hay mucha gravedad. Según la Teoría de las Cuerdas, la gravedad vendría de un universo solapado a este donde vivimos y que está en otra dimensión. El único problema es creer esta teoría porque se basa en que los átomos y todas las partículas subatómicas están formadas de ‘cuerdas’ que se enrollan unas con otras formando átomos, electricidad y todo lo que conocemos… y esas cuerdas se enrolllan en las tres dimensiones que conocemos, pero además se enrollan en otras ocho dimensiones más, dando un total de once”.

portada-firma-todas-cosas¿Se imaginan mi cara cuando me explicaron todo esto? Primero sufrí un piquete cerebral, traté de poner en orden cada concepto para poder entender mejor esta teoría -soy comunicador, no físico- y luego, cuando releí lo de “la gravedad vendría de un universo solapado a este donde vivimos y que está en otra dimensión”, empecé a reírme a carcajadas imaginando un mundo compacto con personas alargadas y de caras chatas, todos “solapados” como un dibujito animado. Todo esto vino a colación por esa pregunta del origen del universo. Y a su vez, esta pregunta derivó de un comentario que hice sobre un libro que estaba leyendo en ese momento, “La firma de todas las cosas” de Elizabeth Gilbert. Se trata de una novela histórica acerca de una mujer de la Ilustración, Alma Whittaker, botánica especializada en la vida de los musgos quien conoce al naturista Ambrose Pike quién le enseña a interpretar la vida de acuerdo a “la firma de todas las cosas”: “Dios había dejado pistas ocultas como método para mejora a la humanidad, dentro del diseño de todas las flores, hojas, frutas y árboles del planeta. El mundo natural entero era un código divino que contenía la prueba del amor de nuestro Creador”. Cuando cité esto pensé que de esta manera los hombres nos acercamos a Dios incluso a través del estudio de las plantas. A lo que voy es que siempre se puede encontrar dentro de lo puramente empírico y científico, una cuota de magia y espiritualidad.

Cuando Galileo anunció que no vivíamos en el centro del universo, la autoestima del hombre se hizo añicos al igual que cuando Darwin nos dijo que no habíamos sido creados por Dios en un instante milagroso. No obstante, estoy seguro de que estas mentes brillantes también sopesaron que existe una inteligencia suprema que va dejando sus huellas impresas en cada cosa que nos rodea. Así como pasa en la Teoría de las Cuerdas, habrá quienes estén de acuerdo o no, habrá quienes crean y aquellos que simplemente no: es cuestión de creer, de tener fe y no una fe endilgada a su concepto dogmático y religioso, sino en una fe como nombre a todo aquello sobre lo que no nos podemos pronunciar con total certidumbre (“Tené fe que las cosas van a salir bien, tené que fe que él va a cambiar, tené fe que esas cuestiones en tu trabajo van a mejorar”). Todo es cuestión de creer.

Desktop1Así que, luego de tantas teorías científicas, reflexiones sobre el origen del universo, huellas de Dios en las plantas, mi cabeza viajó a La Rioja. A dos lugares en particular: al jardín de mi abuela Pochola y al patio de mi abuela Sara. En el cantero del jardín de mi abuela Pochola hay jazmines, blancos, hermosos, cuyos aroma invaden el living de casa. Para mí el oler ese aroma jazmín es sentir la presencia de mi abuela por todos lados, es abrazarla aún cuando hace años que me despedí de ella. En el patio de mi abuela Sara se alzaba una maceta enorme de color naranja que tenía un helecho, cuyas hojas caían como una fuente, un espectáculo digno de verse. El helecho no tiene olor, pero tiene presencia y tiene gracia hasta en su textura. Si yo veo un helecho pues es inevitable no tener diez años de nuevo, verme jugando en el patio de mi abuela corriendo alrededor de esa gran maceta donde el helecho me miraba imponiendo respeto. En una web sobre arcanos, leí que soñar con helechos simboliza ‘las protecciones ocultas que ejercen sobren nosotros, sin que lo advirtamos, quienes nos aman, vivos o muertos’; mientras que soñar con jazmines nos indica ‘paz interna con nosotros mismos y con los demás’. ¿Se habrá encargado Dios o esa fuerza omnipresente o esa inteligencia suprema de imprimir su huella en estas plantas de mis abuelas?

Mientras mi abuela Pochola se fue antes de poderme ver entrar a la universidad y mientras mi abuela Sara se va despidiendo de este mundo de una manera muy lenta, yo me pregunto a donde fueron a parar todas esas hojas de helecho que se murieron cuando la enorme maceta gigante se rompió o a dónde volaron los pétalos blancos que dejaban desnudo al jazmín. A dónde se fueron las voces de mis abuelas, a dónde se esconden las palabras de cariño o consuelo, dónde encuentro sus miradas cómplices y sus risas contagiosas, ¿dónde? No puedo evitar la nostalgia, perdón, pero a veces me gustaría creer que sí, que existen otras dimensiones, no sé si once o más, pero que existe un pequeño espacio de resistencia donde ellas me esperan entre jazmines y helechos para decirme que después de todo este tiempo, en realidad, nunca estuve tan solo como pensaba.

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