Entre las olas

Publicado originalmente en Data Rioja, el día 2 de abril de 2014.

http://www.datarioja.com/index.php?modulo=notas&accion=ver&id=5829

Tras una batalla infernal consigo misma, un 28 de marzo de 1941 la escritora Virginia Woolf puso fin a su vida en el Río Ouse en Sussex, Inglaterra. Woolf sufría de un severo trastorno bipolar que la empujó a tomar esa fatal decisión. Tenía una singular sensibilidad para describir la fragilidad de la condición humana.

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En la novela “La señora Dalloway” (1925) de Virginia Woolf se puede ir saltando de la conciencia de un personaje a la de otro, conocer su manera de pensar para entender, así como interpretan ese mundo que lo rodean porque mientras la señora Dalloway decide que ella misma compraría las flores para la fiesta que está planeando dar esa misma noche, Septimus Smith planea suicidarse en el transcurso de ese mismo día. Más que nadie, Virginia parecía saber todo acerca de la gente. Más que nadie, podía entender la vida. Y también de la muerte.

A través de monólogos interiores diarios –tal como sucede en la narrativa de Woolf en “La señora Dalloway”-, siempre nos estamos acercando a esa parte irrenunciable de nosotros mismos: la #identidad. Y nos preguntamos constantemente que hubiera pasado si…. Los miedos más íntimos, las frustraciones más resentidas, las interminables esperas, la inagotable esperanza, los recuerdos abrasadores, el amor que todo parece hacer posible. Lo que elegimos para nuestra vida. Y lo que no. Las elecciones acertadas y las erróneas, las que nos carcomen la conciencia y no nos dejan dormir.

Los seres humanos no tenemos conciencia de nuestra fragilidad hasta que nos rompen el corazón en añicos, ni tampoco tenemos una idea de lo vulnerable que podemos ser hasta que un niño nos pregunta si lo extrañamos después de no verlo por un largo tiempo. Poseemos una vaga idea de lo que es la guerra hasta que escuchamos el llanto de nuestra propia madre y nos sentimos totalmente vencidos. Nos volvemos diminutos con tan poco. Y mutilamos los espacios para que afloren las emociones, postergando las cosas que queremos decir –o sentir en el peor de los casos- porque estamos seguros que al otro día, el sol estará de nuevo para nosotros.

El 28 de marzo de 1941, la escritora británica Virginia Woolf puso fin a su vida, rellenando los bolsillos de su abrigo con piedras y lanzándose al Río Ouse en Sussex, Inglaterra. Virginia sufría de un trastorno bipolar que no pudo dominar. Tal como escribe en “La señora Dalloway” a veces la inteligencia no es más que una tontería y uno debe decir lo que siente. Y así lo hizo ella en esta espantosa y hermosa nota que le dejó a su marido Leonardo antes de suicidarse (la copio textual porque es muy breve y no tiene desperdicio –para mí es una de las cartas de amor más hermosas y tristes de la historia-).

“Siento que voy a enloquecer de nuevo. Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles. Y no puedo recuperarme esta vez. Comienzo a oír voces, y no puedo concentrarme. Así que hago lo que me parece lo mejor que puedo hacer. Tú me has dado la máxima felicidad posible. Has sido en todos los sentidos todo lo que cualquiera podría ser. Creo que dos personas no pueden ser más felices hasta que vino esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí tú podrás trabajar. Lo harás, lo sé. Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que debo toda la felicidad de mi vida a ti. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirlo —todo el mundo lo sabe. Si alguien podía haberme salvado habrías sido tú. Todo lo he perdido excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo.

No creo que dos personas pudieran ser más felices que lo que hemos sido tú y yo.

V.”

Al empezar el día, siempre repetimos la misma rutina. De manera idéntica a la señora Dalloway, llevamos a cabo paso por paso las circunstancias que parece ser aprendimos de memoria. Y en cada cosa que hacemos de forma automática, en cada cosa que tocamos, no nos damos cuenta pero vamos construyendo pensamientos y vamos desenvolviendo a lo largo del día ese manto de reflexiones que constituyen la trama de nuestras vidas. A lo mejor no escuchamos nuestra conciencia, pero ésta nos está hablando a cada segundo, a cada minuto, a cada hora. 

 Y en ese transcurso de la vida cotidiana, donde las cosas parecen acomodarse por casualidad, como una irónica eventualidad de lo que debe ser, nos vamos moviendo nosotros, llevados por el día nosotros, atravesados por el tiempo nosotros, nadando entre las olas, aprendiendo a surfear a partir de cada “hola” que decimos, a partir de cada “hola” que damos. Entre las olas, nosotros. Nosotros siempre, entre las olas.

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