Entre libros, pizza y Julia Roberts

Publicado originalmente el 19 de marzo en Data Rioja:

http://www.datarioja.com/index.php?modulo=notas&accion=ver&id=5796&e=410&PHPSESSID=c69

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Desde esta edición DataRioja incorpora un nuevo columnista, y en tiempos de Memoria le solicitamos que escriba sobre Identidad, para contarnos quién es y desde dónde escribe. No decimos más, él tiene la palabra…

“Si yo había participado activamente, segundo a segundo, en la construcción de nuestra vida, ¿por qué me daba la sensación de que el tema no tenía nada que ver conmigo?”. Esta fue la pregunta que se hizo la periodista Elizabeth Gilbert en plena crisis matrimonial, a punto de divorciarse y embarcarse en lo que sería el viaje de su vida, durante el cuál recorrió por un par de meses Italia, India e Indonesia. Sí, estoy hablando de la autora de “Comer, rezar, amar”; libro best-seller con más de 7 millones de ejemplares vendidos. ¿Por qué elijo esta frase? Porque generalmente mis textos nacen de fragmentos de diversos autores, tomo sus oraciones para poder hablar de mí. Y esta no iba a ser una excepción. Me pidieron que en este primer texto hable sobre mí, es decir, que escriba en primera persona sobre quién soy y qué hago. Bueno, esto último no es un desafío en sí ya que siempre que escribo para mi blog, lo hago en primera persona. Lo complicado es hablar de mí, lo que parecería ser una tarea fácil pero no lo es. De hecho, creo que a todos nos cuesta presentarnos. Y nos cuesta el doble que a #LosOtros les agrade nuestra presentación. Podría empezar contando que mi nombre es Martín, que tengo 24 años, que soy un riojano viviendo en Buenos Aires, que estoy soltero (no por motu propio, desgraciadamente) y que soy un licenciado en comunicación social trabajando en una agencia de publicidad digital pero todo esto sonaría a la introducción de un curriculum vitae y no es la idea. Otra opción que se me ocurre es una manera más desestructurada de hablar de mí, revelando mi debilidad por los libros, la pizza y las comedias románticas de Julia Roberts… pero esto último sería aburridísimo y nada novedoso para aquellos que ya me conocen; y totalmente irrelevante para aquellos que me leen por primera vez. Presentarse es una actividad quirúrgica que aplicamos sobre nuestra personalidad porque nos obligamos a elegir por un aspecto de nuestra #identidad, dejando otros de lado -a lo mejor mucho más interesantes- y en realidad el desafío está en ser algo más que un nombre, una edad o una profesión. 

Ciertamente aún no tuve la oportunidad que tuvo Liz Gilbert de recorrer diferentes países buscando una respuesta contundente de quién soy. El camino a presentarse no debe entenderse como una visión reduccionista de nuestra vida donde saquemos a relucir como trofeos un apellido conocido, una edad aún joven o un titulo logrado (Pierre Bourdieu me pegaría con sus teorías sobre el capital cultural si viviese y leyese a este descarado comunicador). No, el triunfo en una presentación a otros es poder dejar descubiertas ciertas miserias que también forman parte de nosotros. No estoy diciendo que cuando tengamos una entrevista de trabajo admitamos que tenemos una tendencia a ignorar el reloj, dormirnos y llegar tarde -a menos que no quieras ese trabajo-. A lo que voy es que nos falta bastante para evitar que esa rutina nos aplaste y podamos decirle basta a la mediocridad, como dice Joan Manuel Serrat. Luego de citar a Serrat es inevitable no pensar en mi padre, fiel admirador del Nano. Y cuando pienso en mi padre en este preciso momento, recuerdo una anécdota: no me acuerdo ni el año, ni el día, ni la estación pero si tengo en claro que íbamos en el auto con mi papá y mi hermana. Bajábamos por la calle Santa Fe -entre Hipólito Yrigoyen y Copiapó para ser más preciso- cuando mi papá ve a una anciana apoyada en la pared de uno de esos locales comerciales que ya ni sé si existen. La señora estaba de espaldas a la pared y con una mano apoyada sobre una de sus rodillas. “Creo que a esa señora le duele la rodilla” nos dijo papá. Con mi hermana asistimos. Llegamos a la esquina con el auto y mi papá, en lugar de ver por retrovisor, sacó la cabeza por la ventanilla y volvió su mirada hacia la señora que seguía ahí con su mano en la rodilla. Decidido, dio vuelta por la manzana y paró el auto a la altura donde se encontraba esta mujer. “Vamos, la llevo hasta su casa” la invitó mi papá. “No gracias, no se moleste, vivo acá a tres casas”. Mi papá le insistió y la mujer finalmente accedió. Mi hermana o yo -perdón nuevamente, la memoria me está traicionando pero no lo suficiente para arruinar el relato- desocupamos el asiento del acompañante mientras mi papá acompañaba a la mujer al auto y la ayudaba a acomodarse. “Suele dolerme la rodilla” creo que le comentó a mi papá, quién le respondió “-No hace falta que me lo diga. A mamá le pasa lo mismo”. Dio otra vuelta a la manzana nuevamente y, efectivamente, la mujer vivía a tres casas de donde había estado apoyado quién sabe por cuánto tiempo sin poder dar un paso más del dolor en sus articulaciones. La hija de esta mujer abrió la puerta de la casa y se asustó ante la escena: un completo desconocido con sus dos hijos trayendo a su madre del brazo. Luego de agradecer a mi papá le preguntó su nombre. “No, no, no es nada” respondió papá. Ahí me desconcertó, yo pensaba que no le estaba pidiendo nada de otro mundo, solo su nombre. “Bueno señor, aunque sea su apellido” insistió la mujer. “No señora, no es nada de verdad. Un apellido hoy no es nada”.

Creo que a partir de ahí tengo esta obsesión por la #identidad, al darme cuenta que a lo mejor portar un apellido no es más que un valor simbólico que poco tiene que ver con nosotros mismos. Presentarse nunca ha sido fácil y nunca lo será. Tenemos hasta cursos donde nos enseñan hasta qué cara debemos poner cuándo no sabemos algo. Tampoco digo que para presentarse haga falta explorar la selva del Amazonas de una manera introspectiva para poder entender cómo funciona el Universo gracias a nuestra presencia en él. No, de ninguna manera. Pero presentarnos nos permite recorrernos enteros, de pies a cabeza, y sorprendernos de nosotros mismos. A veces las sorpresas no son del nada grata porque se nos revela ante nuestros ojos algunas cualidades de las cuales no estamos muy orgullosos (egoísmo es el mío, por ejemplo). Somos más que un perfil de Facebook aunque las redes sociales atraviesen sin piedad nuestra #identidad, y somos mucho más que una suma de frustraciones aunque esas batallas perdidas nos recuerden que no somos invencibles. Somos los sujetos de esta gran oración que es la vida de la cuál ignoramos absolutamente el predicado. ¿Qué somos entonces? Somos nuestra rutina pero también nuestros anhelos más profundos, somos lo que soñamos en cierta parte pero también somos eso que de noche no nos deja dormir. Somos lo que recordamos como así también aquello que enterramos en la memoria. Nuestra #identidad es un relato que se escribe todos los días; ensayo y error, ensayo y error. De hecho hay días en que nos sentimos más error que ensayo. Se trata de parar por un minuto en tu vida, ver de cara al sol y preguntarte quién sos realmente; y esperar que la respuesta que acuda a tu cabeza sea que sos mucho más auténtico de lo que alguna vez pensaste que podías ser. 

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