Gabo y (casi) todo sobre mi padre

Publicado el 23 de abril de 2014 en Data Rioja: http://datarioja.com/index.php?modulo=notas&accion=ver&id=5872

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Uno tiene ciertas extrañas y misteriosas formas de acercarse a sus padres. Mientras que unos construyen una intimidad explícita desde la infancia, otros abordamos esa figura paterna desde otros ángulos. Fue Gabriel García Márquez el responsable de construir ese espacio tácito donde no se necesitó más que un par de libros para saberme cerca de papá.

De niño me queda el recuerdo de un libro que se multiplicaba en la biblioteca a medida que pasaban los años. Pensaba que a lo mejor papá olvidaba que ya lo tenía, o que estaba demasiado ocupado como para buscar un ejemplar viejo y entonces compraba uno nuevo. Tapa blanda o dura, de colección o de bolsillo, perdí la cuenta de cuantas ediciones de “Cien años de soledad” hay en casa. Gabriel García Márquez me vio crecer, pero tuvo que esperar 23 años a que su realismo mágico envolvente me lleve a Macondo. A partir de entonces, supe que tenía los pies sobre el suelo. Y que ese suelo, era el cielo. De ahí porque se necesita la magia para explicar las cosas que abundan de lógica en la vida. 

Tras acumular varios intentos frustrados de lectura, postergué “Cien años soledad” mucho años de mi vida. Papá siempre me recuerda que él lo leyó a los 16, luego -tal como le sucedió con “El amor en los tiempos del cólera”- perdió la cuenta de cuantas veces leyó las obras de Gabriel García Márquez. Yo me frustré, pasé carcomiéndome la cabeza pensando en que le había fallado a mi padre por ‘no poder’ leer “Cien años de soledad”. Una década después, lejos de esa zona de confort que supone ser la casa de uno, compré en Buenos Aires mi propio ejemplar de “Cien años de soledad”. Extrañaba mucho, echaba de menos a mis padres. Y así como a mi mamá la buscaba en “La casa de los espíritus” de Isabel Allende, mi viejo ya me esperaba sentado en Macondo junto a los Buendía desde años. 

De bruces, caí en el mágico mundo de “Cien años de soledad”: devoré cada página como algo exquisito único e irrepetible, pensaba que cada personaje encajaba justo en la historia, admiré la construcción que hacía García Márquez de cada uno de ellos, lloraba con cada despedida, Úrusula Iguarán me conquistó con su manera de ver el mundo aun ciega, y sentí las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia (Quienes me conocen saben que siempre repito como loro que la mejor metáfora sobre el amor que puede existir en el universo es esa nube de mariposas amarillas). En una noche de desvelo pude terminar “Cien años de soledad”. Y automáticamente empecé a leer otros libros del Gabo, y a releer otros de otros autores. Cuando terminé de leer por primera vez “Cien años de soledad”, lo primero que hice fue llamar a papá y decirle “gracias, porque aprendí a leer de nuevo”. 

Y ahí entendí casi todo sobre mi padre. Entendí el sentido que le otorgaba a las palabras cuando escribía, pero aprendí también a entender sus silencios. Supe que cuando cerraba los ojos en una milésima de segundo y su boca se transformaba en una media sonrisa, su particular mueca me decía que todo, absolutamente todo tiene su tiempo. Que el tiempo, como los libros, también tiene su propio tiempo. Desde ese momento supe que él, mi papá, era un personaje escrito por Gabriel García Márquez. Debe ser por eso que me sentí obligado, apenas me enteré de la muerte del Gabo, de llamarlo y decirle, con quién le anuncia el fallecimiento de un viejo amigo, que esa mente brillante se había apagado. Gabriel García Márquez es más que un Premio Nobel de Literatura, mucho más que un periodista y muchísimo más que un escritor. Gabo supo construir con sus palabras un inquebrantable puente para poder acercarme aún más a papá, de ahí es porque lo voy a querer y extrañar tanto, siempre.

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