Te voy a llevar a donde no habite el olvido

Uno escribe por varios motivos: para derrotar la muerte, para lamer las heridas de la infancia, para entender la #Intimidad del presente, para armar utopías para un futuro no muy lejano. También escribimos para hacer catarsis, para reinventarnos, para confirmar que estamos vivos mediante la #Palabra.

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La #Palabra nace de nuestro pecho, de nuestros anhelos más recónditos y de nuestra soledad, de nuestro dolor y también del amor. De ahí que salen tantas novelas, tantos ensayos, tantísimas canciones y poesías. De ahí sale también lo que estoy escribiendo ahora. En “La loca de la casa”, la  escritora española Rosa Montero lo explica muy bien de la siguiente manera: “Para ser, tenemos que narrarnos, y en ese cuento de nosotros mismos hay muchísimo cuento: nos mentimos, nos imaginamos, nos engañamos”. Bueno, yo escribo por todas estas razones pero creo que el principal motivo por el que escribo es por el #MiedoAOlvidar –o lo que es lo mismo: miedo a ser olvidado, enterrado bajo tierra y chau, si te he visto no me acuerdo-. Este pequeño terror tiene su origen en mi abuela Sara, o mejor dicho en la enfermedad de mi abuela: doy manotazos en mi memoria, tratando de capturar recuerdos de mi infancia, momentos cruciales o instantes ínfimos que si los observo con la perspectiva de ahora, puedo entender porque soy ahora lo que soy, porque fui ayer lo que fui y… no, de ninguna manera podemos predecir cómo seremos mañana (claro está que si contamos con dotes de pitonisa seremos capaces de saber que depara el futuro para nosotros, pero este no es mi caso). 

 Mi abuela Sara enfermó de diabetes ya de anciana y le empezaron a prohibir los dulces. Pero las cosas empeoraron cuando vinieron las enfermedades degenerativas: el mal de Alzheimer y el maldito Parkinson. Un dúo asqueroso, plagado de olvido y descontrol. Podría copiar y pegar las mil y un características de cada enfermedad pero al vivirlas junto a mi abuela, sé muy bien de qué se tratan. El mal de Alzheimer no es sólo una demencia senil, una enfermedad neurodegenerativa, es mucho más que eso: el mal de Alzheimer es una jauría de #PequeñasMuertes, todos los días una célula del cerebro de mi abuela pierde la batalla, es vencida por la negra sombra del olvido que todo lo arrasa, todo lo destruye. Me asusté: mi abuela empezó a desconocer la casa donde vivió tantos años, no reconocía rostros de su familia y su memoria quedó atrapada en un pasado lejano, inaccesible. Me congeló ese #MiedoAOlvidar. 

Vivir con ella era despertar sabiendo que se debía arrancar las hojas del cuaderno escrito el día anterior para hacer borrón y cuenta, y empezar a escribir una nueva historia. Y armarse de #Paciencia, toneladas de ella. ¿A qué hora vuelve mi hijo? preguntaba. “Está en la escuela, abuela” respondía yo. No pasaba un minuto y ella repreguntaba, “¿A qué hora vuelve Carlos?”. “Está en la escuela abuela”, repetía yo. Y así escenas similares. Y el mal de Alzheimer no sólo viene acompañado de esa terrible sombra del olvido, es una enfermedad que te pone agresivo, a la ofensiva, violento, te descoloca del espacio y del tiempo. Mi abuela está perdida en ese limbo que une el pasado con el presente, esa zona indefinida donde acceder es un privilegio y escapar, imposible. Afortunadamente, aún me reconoce: sabe que soy Martín (¡qué irónico, ella sabe quién es Martín y yo todavía me lo ando preguntando!). Ese #MiedoAOlvidar fue el motor de mis dedos que teclean y teclean en la computadora: “escribimos en la oscuridad, sin mapas, sin brújula, sin señales reconocibles del camino. Escribir es flotar en el vacío” dice Rosa Montero.

Por otro lado, mi abuela Sara está en un cuerpo que no es suyo, que no le pertenece. O por lo menos que ha sido suyo pero que le ha dejado de pertenecer hace un par de años. La desgracia del mal de Parkinson hace que el control involuntario de su cuerpo haga y deshaga de ella a su antojo, como una marioneta de la enfermedad, una broma de mal gusto. El chirrido de sus dientes, el tembleque desenfrenado de sus manos, el pulso desobediente y el tic constante en sus piernitas ya débiles son producto de ese temblor que habita bajo su piel. María Sara Fuentes de Alanís es la mujer más valiente que conocí, su adversidad es alentadora, saca fuerzas de donde no tiene para seguir luchándola. Mientras escribo esto, en Buenos Aires no deja de llover. Mientras pienso en mi abuela, en mi cabeza se desata una tormenta de lágrimas. Sé por lo menos que si el final de mi abuela está próximo, caerá en mis manos escribir sobre lo inmensa que fue pese a que ahora es una mujer minúscula que vive sumida en sí misma y de que a ratos nos da la alegría de regalarnos una sonrisa. Cómo extraño esa sonrisa, esa sonrisa que te empujaba a ver el abismo, medir tus propias fuerzas y lanzarte a la aventura de vivir un día más. Gracias Sara, con estas palabras te estoy abrazando fuerte.

 

Nota publicada el día 30 de abril en DataRioja: http://bit.ly/TN4mw2

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