Esperada y temida muerte

La depresión, esa incapacidad de construir futuro, nos convierte en pájar08os heridos que saben que pese a contar con la inmensidad del cielo, llegará el día en que sus alas lastimadas no podrán levantar vuelo. Es como si te regalasen el libro de tu vida y un viento malévolo te lleve de golpe a la última página donde está escrito tu final.

La muerte está instalada en nuestro cuerpo en las mismas proporciones en que lo está la vida. Es una inquilina, un habitante que sabemos que está latente por todo nuestro organismo pero que preferimos ignorar. Vinimos al mundo a vivir, ¿para qué invertir horas pensando en el peligro de la muerte? Nos educan para transitar la vida de la mejor manera pero no se nos domestica la idea de la muerte: también vinimos al mundo a morir. Pero ahí está ella, agazapada en nuestro interior: la muerte. Se filtra en nuestra sangre, hace eco en el aire que respiramos, la muerte es la piel del otro lado. Una visita impertinente, un golpe de puerta a deshora. Está ahí para pellizcarnos de cuándo en cuándo para recordarnos que no es tan ajena como la suponemos: hasta la misma muerte esconde vida.

La muerte, esa presencia absurda y tácita está en todo lo que tocamos. Pero estamos tan seguros que aún no es nuestro turno que damos por alto las advertencias, no nos sujetamos el cinturón de seguridad, no miramos a ambos lados antes de cruzar la calle, no usamos preservativo por entregarnos a unos tentadores minutos de placer de piel a piel. Burlamos la naturaleza, nos mofamos de las precauciones de nuestros padres, hacemos todo lo que se nos plazca pateando en la consciencia esa cuota falsa de seguridad que nos garantiza de que todo irá bien. Que hoy no me toca. No hoy. No a mí. Y así nos movemos en el laberinto del minotauro pensando que la bestia anda perdida sin dar pista de nosotros. Tenemos la certeza de que la muerte nos aguarda agazapada al final de ese laberinto, esperando que lleguemos fatigados, viejos de sienes blancas y huesos raquíticos. Lo que muy pocos saben es que a veces la muerte, el minotauro, la bestia, el intruso está justo detrás nuestro, calculando el ritmo de nuestra respiración y contando cada gota de sudor. A nuestras espaldas, la muerte también nos viene comiendo por detrás.

La muerte no es el final, es solo un cambio más. Todos en el algún momento de la vida tenemos que parar y meditar dos segundos sobre la muerte. Porque si no reflexionamos puede que este relato dure más de dos segundos, y dure una noche o una semana. O una semana hecha noche. Para salvar el mundo, uno primero tiene que salvarse a uno mismo. Pero ni para lo primero ni para lo segundo nos dieron instrucciones, entonces las creamos nosotros mismos, las desobedecemos y pagamos las consecuencias, las seguimos y se nos otorga una chance de mejorar. Si del barro venimos y al barro volvemos, pues por lo menos sé ahora que en esa mezcla de agua y tierra mis moléculas se dispararán en varios sentidos, salvándose por fin de ser enterradas bajo la cruel oscuridad del olvido.

Y por eso escribo ahora, para esos átomos que un día dejarán de ser parte de mi #Identidad para que pasen a ser parte de otro #Yo. En algún momento de esta vida, nos dejaremos de ver, no existiremos más y nuestra ausencia causará estragos en nuestros seres queridos pero ahora sé que por lo menos, en un instante donde las coincidencias se vuelvan locas volveremos a estar todos juntos en otro cuerpo, escribiendo otra relato y bajo otra piel. Seremos infinitos pero esas son historias que a otro les tocará escribir.

Fuente: http://bit.ly/1kkbWKE

 

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