La cara contra la mesa

En una master class que dio en España a principios de año, Nacha Guevara contaba que hay diferentes maneras con las que cuenta un actor para poder emocionar: “O golpeo la mesa hasta que me enojo o me enojo y golpeo la mesa”. Los dos caminos son válidos cuando el fin es el mismo. Hay contenidos que directamente deciden golpearte la cara contra la mesa para lograr la lágrima fácil.

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Tenía muchas expectativas por leer “Bajo la misma estrella” de John Green. Quería que esta historia entre dos adolescentes enfermos me lleve al límite de lo emocional con sus dos promisorios protagonistas: por un lado Hazel Grace, que padece cáncer de tiroides, y por el otro, su enamorado el joven Augustus Waters, que tiene amputada una pierna a causa de osteosarcoma. Pero lamentablemente sucedió todo lo contrario: me encontré con una historia chata, con personajes aburridos y con una narración para nada conmovedora. El relato, cargado de una sucesión de golpes bajos innecesarios y pocos efectivos, me dejó un sabor amargo en el paladar visual.

Por otro lado, la película “The Normal Heart” narra el inicio de la crisis del HIV en la comunidad gay neoyorkina y la consiguiente lucha de activistas homosexuales pidiendo por combatir la epidemia que era totalmente ignorada en la década del ’80. Encontré una historia mucho más auténtica, con un guión flojo pero más contundente a lo que respecta la enfermedad y actuaciones que no caen en una suma de clichés frívolos. Por ejemplo, el actor Matt Bomer demuestra que no es sólo una cara bonita y se pone en la piel en lo que es el mejor papel de su carrera -en ese sentido creo que ser actor es una de las profesiones más difíciles porque requiere de mucha valentía para salirse de uno mismo para ser otro frente a otros-.

Habrá quienes “Bajo la misma estrella” les erice la piel y “The Normal Heart” les parezca una película lenta y hasta fallida si se compara con historias como “Philadelphia” (Jonathan Demme, 1993) o “Dallas Buyers Club” (Jean-Marc Vallè, 2013). Habrá quienes piensen que ambas obras son geniales, otros las considerarán regulares y no faltará quienes piensen que son ambas malísimas. Lo bueno es que vivimos en un mundo de opuestos y que en esas contradicciones nacen diferencias que nos identifican. Los consumos culturales resignifican nuestra identidad constantemente. Y todo, siempre absolutamente todo es según quién.

Fuente: http://bit.ly/1nfDm3C

 

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