Niños grandes

De niño pensaba que teníamos un año de clases y otro año de vacaciones. La decepción llegó cuando me enteré que no era así: la infancia nos despliega un terreno apto para alzar el vuelo y cuando queremos aterrizar, nos damos con que nos re direccionaron la pista.

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De niños tenemos una imaginación indomable, una #identidad descontrolada: podemos ser héroes y villanos, convertirnos en dibujitos animados y con la mente controlar la naturaleza a nuestro antojo. Luego viene el famoso proceso de socialización, que nos obliga a encerrar en un algún lugar perdido de la memoria estas manifestaciones oníricas, a domesticar los delirios y podarnos de a poco las ramificaciones de una desbordada fantasía. Con claridad recuerdo, y aun mantengo cierta admiración, que “X-Men” y “Pokemon” eran mis dibujos animados favoritos (confieso que hasta la fecha lo son). No es casual que un niño elija un programa de televisión al azar, los procesos de identificación tienen su particular lugar en los consumos culturales. La particularidad de “X Men” y “Pokemon” era que sus protagonistas eran seres que mutaban desde su ADN y cuyas modificaciones se manifestaban en sus cuerpos. Entonces desde niño admiraba los cambios y admiraba también la intención manifiesta de ser aceptado por #LosOtros.

Los cambios y la aceptación. Cambiar, en el sentido no solamente de mutar y ser consciente de que la #identidad es una construcción dinámica, sino también en aceptar. Y por aceptar no es únicamente la espera de la validación de #LosOtros, esa aprobación que dota de sentido nuestra conducta, sino aceptar las circunstancias en las que uno está parado. Cambiar es aceptar el momento en el que estamos.  Los procesos de socialización se deberían enfocar más en educarnos a entender la vida de una manera más holística que tratar de moldearnos con prejuicio frente a los cambios (miedos siempre hay, son ellos los que nos ayudan a reaccionar). Pero… y aquí viene la parte de “los peros”: hay una parte de nuestra conciencia que tiene reservas de ese infante juguetón que aprovecha esos instantes cuando nadie lo ve para recrear universos de contornos imposibles y alzar vuelo a lo infinitamente utópico.

De grande uno empieza a mentirse para sentirse en cierta parte realizado, y de alguna forma se le falta el respeto a esa transparencia infantil. Sin embargo, creo que lo hacemos con buena intención, para decirle a ese niño que fuimos  o que mejor dicho, nunca dejamos de ser, que estamos haciendo lo posible para no decepcionarlo. O lo que es lo mismo: hacemos lo posible para no decepcionarnos a nosotros mismos. Podemos mutar, podemos cambiar, podemos crecer, podemos evolucionar. Esas son nuestras posibilidades sin ser hombres X o Pokemones, sino seres mortales comunes y corrientes. Y estamos en esta vida para expandirnos y así como hay momentos en que uno tiene que saber cuándo retirarse de sí mismo,  hay otros escenarios donde uno está obligado a aprender a desaprender constantemente. Porque somos niños grandes pero sobre todo somos grandes niños.

 

 

Fuente: http://bit.ly/1o8che0

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