Pasión primitiva

 

Al celebrarse el 7 de junio el Día del Periodista, deberíamos volver a pasar por el corazón como dice Eduardo Galeano, y recordar (o hacer el intento) cuáles son los motivos por los cuales hay quienes abrazan este oficio con la misma premura del primer amor.

 

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El lunes pasado mientras veía Bailando por un Sueño –certamen de baile dentro de ShowMatch-, hubo una devolución de un jurado a un participante en particular que me llamó la atención. Resulta que había bailado Maximiliano Guerra y al jurado en general pareció no convencerle del todo la perfomance del eximio bailarín. De hecho, Guerra lucía una sonrisa forzada y tenía la piel vestida de tensión. Estaba incómodo y se notaba. Entonces Nacha Guevera le recomienda que recuerde cuál fue su pasión primitiva, qué fue lo que lo motivo a dedicarse a una vida de lleno a la danza. A lo que Guerra respondió que a él bailar le producía alegría cada vez que salía al escenario, pero no pudo continuar porque Nacha le cortó en seco su speech y le dijo que no, que eso no le había pedido que le cuente. Ahí fue entonces que Maximiliano Guerra entendió a qué se refería Nacha y contó una breve anécdota de su padre tocando piano, y de cómo eso más el movimiento de su cuerpo al jugar fútbol lo motivaba a bailar. A bailar y ser feliz.

La pasión primitiva. Uno siempre tiene que volver a la pasión primitiva. Eso fue lo que me quedó, haciendo un filtro al glitter del show, a los escándalos y al Oso Arturo. Ese mismo lunes a la tarde, tuve la oportunidad de ser entrevistado por la licenciada en Comunicación Social, amiga y colega, Erica Barrionuevo para el programa “Graduados” que se emite por Radio Universidad 90.9. Mucho más que una entrevista, fue una charla de colegas. La idea era contar mi experiencia universitaria, un poco sobre mi paso por las aulas de la UNLaR, mi rol como ayudante de cátedra, mi tesis y finalmente, mi título como también licenciado en Comunicación Social. Tras la entrevista y ShowMatch –porque así de ecléctica puede ser mi rutina-, me puse a pensar en cuál fue mi “pasión primitiva”, esa que me convenció para decidirme a estudiar Comunicación Social.

La verdad es que debo tener una memoria muy frágil (o muy mezquina, no lo sé) porque por más que lo intento, no logro recuperar ese instante en que me iluminé y dije “¡esto es lo mío!”, y elegí esta maravillosa carrera. Hoy sé que lo único que me importa es comunicar, por eso es que redacto. Este 7 de junio, en el Día del Periodista debo reconocer que lo celebro en parte porque para mí el periodismo requiere no sólo de saber redactar una noticia respondiendo al qué, quién, cuándo, cómo y dónde, sino que es un ejercicio arduo al cual nunca me sometí de lleno. El periodismo es investigar, llegar a las causas para explicar las consecuencias, entender el contexto en que nace la noticia para dotarla de significado. Los periodistas atribuyen su cuota de sentido a nuestro relato cotidiano. O por lo menos en gran parte de lo que consumimos.

Pero para mí el periodismo es sobre todo aprender. Hay un choque de dos paradigmas en cuanto al ejercicio del periodismo en la novela “Betibú” (2010) de la escritora argentina Claudia Piñeiro. Por un lado está Brena, aquel periodista que maneja su agenda de papel y posee contactos claves que fue recolectando durante sus años de oficio. Por el otro lado está “el pibe”, el joven periodista que recién empieza a dar sus primeros pasos en la profesión, que no suelta su BlackBerry y para saber algo primero lo tiene que buscar en Google. En este fantástico policial que este año fue llevado al cine por Miguel Cohan, la autora da un guiño a este choque generacional que debe entenderse no sólo como dos maneras diferentes de abordar la profesión sino tener la humildad de saberse sedientos de aprender. El periodismo es enseñar aceptando el desafío que proponen los nuevos estilos y formatos como así también la predisposición de aprender todo lo posible de este oficio, que según Gabriel García Márquez era el mejor del mundo.

Todos en la vida deberíamos volver siempre a esa pasión primitiva. Preguntarnos por qué elegimos esto que nos apasiona pero que de vez en cuando nos saca canas, rever lo que estamos haciendo para evaluar qué intensiones tenemos como emisores o concedernos -¿por qué no?- el beneficio de la duda de lo que hubiese sido de nosotros si hacíamos oídos sordos a ese llamado urgente de la vocación.  Hay muchos profesionales sin título y muchos títulos sin profesionales solía decirme una profesora, y así como en el periodismo en otros trabajos también. Pero hay algo que al auténtico periodista lo enciende y es esa llama ardiente, roja y viva de la pasión primitiva que aún flamea en sus ojos con la misma intensidad del primer día.

Fuente: http://bit.ly/1tkV74U

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