Premios

Era domingo. Por un lado, una entrega de premios a lo mejor de la televisión y la radio argentina. Por el otro, los galardones a lo mejor de la música internacional. Entre los premios Martín Fierro y los Billboard, un zapping descontrolado y reflexivo.

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Yo nunca gané un premio. En realidad nunca me destaqué en nada como para merecer alguno. Recuerdo que de niño me gustaba bastante dibujar, entonces mi madre me inscribió en una escuela de arte así me perfeccione. Pero a los pocos meses abandoné las clases porque, a decir verdad, la técnica nunca fue lo mío. Me costaba horrores seguir instrucciones de mi profesor de dibujo. Hace poco, hablando por teléfono con mi sobrino de tan solo 5 años, le pregunté si tenía un dibujo nuevo para regalarme. Y me dijo que no, “no me salen”. Entonces le dije que “para que algo te salga bien, Heber, tenes que practicar, y practicar, y practicar”. A mí me gustaba dibujar y dejé de hacerlo. Dejé de practicar. ¿Cómo exigirle a mi sobrino que lo hiciera cuando yo mismo había desistido?

Entonces, cuando el poco empeño nos inutiliza las manos, la inactividad nos nubla la imaginación y empezamos a tomar esas pastillas para no soñar de Sabina, tenemos que abrazarnos urgente a ese destello de autenticidad que se asoma en lo que construimos en nuestro relato cotidiano antes de que se apague. Porque para algo, aunque sea ínfimo para nosotros e insignificante para los otros, somos buenos.

Y a lo mejor no tengamos el tiempo ni el espacio oportuno para dar un gran speech como el que dio el grandiosísimo Jared Leto quien nos incitaba a seguir soñando y “live the impossible” en la última entrega de los premios Oscar, tras ganar como Mejor Actor de Reparto por “Dallas Buyers Club”. Pero tenemos los días, y tenemos las horas. Tenemos el aura, esa esencia que hace únicas las obras de arte como decía Walter Benjamin. Los que no nos consagramos, tenemos la ardua tarea de trascender de alguna manera, por más ordinaria que nos parezca.

Somos como una canción que nunca se terminó de escribir. Un backstage colectivo del universo. Hacemos y deshacemos nuestra identidad como aquel artista frustrado, como el músico que no encuentra la melodía ni el tono adecuado o como el escritor que no sabe como terminar una oración. Para ellos, y para la mayoría de nosotros, no hay premio mayor que haberse realizado en aquellas pequeñas cosas porque tal como dice el precepto de Auggie, el protagonista de “La lección de August” (2012) de R.J. Palacio, “todos deberíamos recibir una ovación al menos una vez en la vida porque todos vencemos al mundo”. A mí mi sobrino, por ejemplo, me provoca aplaudir al mundo de pie. Siempre algo bueno hacemos, siempre algo bueno nace.

Fuente: http://bit.ly/1kNP7wn

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