Adioses

Willy

Estoy entrando en esa etapa joven de la vida en que tengo que decirle a mis viejos que algún vecino de toda la vida murió. Con cada muerte llega un nuevo anuncio, y como si fuese un guión de una película de barrio, se cierra un capítulo de nuestras vidas. Yo no me consideré nunca un pibe de barrio, porque mi abuela Sara siempre nos recordaba que vivíamos “sobre avenida”, como si esto trajera consigo un estatus indeleble, como el apellido. Pero hay quienes se encargaron de ser protagonistas de mi infancia en esa avenida, y ese fue Willy, o don Negro, como también lo conocíamos. Willy González. Además de ser vecino de toda la vida, Willy es papá de mi mejor amiga, Mimí. De chico, solíamos pasar con mi hermana un par de semanas de nuestras vacaciones en la casa de la abuela Sara. Cuando uno es hijo de padre separado tiene que repartir sus vacaciones más en casas que en días. Cuestión que Mimí pasaba la noche contándonos chistes, a mi hermana, a mi primo Facundo y a mí. Una noche, luego de despedirnos en la vereda, ese lugar común para las noches de verano riojanas con olor a azahares, donde la risa se extendía hasta lo más tarde posible, Mimí se fue a su casa y nosotros, con mi hermana y Facundo, entramos a la nuestra. El living de la casa de Mimí da justo al lado de nuestro baño, entonces no tuvo mejor idea que golpearnos un toc-toc del otro lado. Nosotros respondimos. Pero no con un toc-toc, respondimos con un concierto de cubiertos, palos, y todo elemento que golpeaba la pared de nuestro baño y que daba al living de los González. Podría recordar el cariño que nos tenía Willy, puedo verlo agachado haciendo sus grabados, sus trofeos, sus cosas en piedra pero la puteada que nos pegó esa noche será uno de esos recuerdos que siempre me van a sacar una sonrisa. Sí, inevitablemente este tipo de muertes me hacen escribir. Y estando lejos de casa, es una forma de estar ahí, presente, a través de lo que la memoria me va dictando. Willy. Como un tío viejo que se marcha, un vecino de toda la vida apaga su farol en la mítica Av. Castro Barros.

El Tío Livio

Tengo muy poca memoria sobre el tío Livio. De hecho, creo que lo único que me llamaba la atención era su nombre. Livio. Un nombre extraño para un hombre, pensaba en mi inocencia. Era chico y nunca entendí como el tío Livio era concuñado de mi abuela. Para mí, mi abuela no tenía “concuñados”, no sé por qué pero me resultaba raro. Debe ser que al morir mi abuelo Anastasio cuando yo tenía no más de 5 años, me resultaba difícil pensar en lazos familiares de gente que era más vieja que yo. Pero bueno, el tío Livio era su cuñado, por ende, concuñado también de mi abuela. Lo único que recuerdo de él es su rostro. Por más que quisiera no logro escuchar el sonido de su voz. Pero su cara era un cara de Malanzán, un rostro lleno de pueblo. Capaz que reconociendo las arrugas, las simetrías o la mirada atravesada de nostalgia, puedo acercarme a esa noción de que mi abuela no era solamente mía. Los pueblos se encargan justamente de eso, de borrar el rostro propio para dibujarles un rostro idéntico, colectivo.
Antes de entrar a Malanzán, la tía Tere tocaba bocina anunciando nuestra llegada. Pero no tocaba la bocina en la entrada del pueblo, ni frente a la Iglesia, ni tampoco lo hacía a la vuelta de la plaza principal. La bocina sonaba estridente unos kilómetros antes de llegar al pueblo, más precisamente cuando el auto pasaba por la parcela del tío Livio. El mismo ritual se repetía siempre que llegábamos. También lo hacíamos cuando nos íbamos, pero en esas ocasiones la bocina anunciaba nuestra despedida. Nos íbamos de Malanzán, una vez más. Rara vez creo que espiaba por la ventana del auto, yo no lo veía al tío Livio. Mi madre seguro iba distraída preparando el mate para el viaje. En cambio, mi tía Tere sí que lograba verlo. No sé como hacía, pero lo saludaba desde su lugar, el asiento del conductor.
No. No recuerdo la voz del tío Livio. A decir verdad, tampoco sé de qué podría haber llegado a hablar con él. Aunque ahora ya es tarde. Escribo porque su muerte me llega en forma de añoranza, tal vez. La vida se encarga de acomodar las cosas en el tiempo y el espacio, muchas veces dejando a nuestros seres queridos en jaque mate. De hecho, no sé tampoco porque empecé a escribir esto aunque en el fondo sospecho cuál es la razón: yo escribo por mi abuela. Porque con ella sigo en deuda. Allá va tu concuñado, abuela. Con él se me va un pedacito más de vos.

Gustavo

Yo no escucho rock. Menos que menos rock nacional. A veces porque no lo entiendo y otras veces, que son más, porque no me gusta. Pero Ezequiel, amigo, compañero y colega comunicador me insistía una y otra vez que escuche a Gustavo Cerati. Yo ya lo conocía, pero por otros medios: en el 2005 Cerati escribió dos canciones preciosas para “Fijación Oral Vol. 1”, uno de los mejores álbumes de Shakira: una era “No” y la otra “Un día especial” (en está última se puede escuchar su voz como una sombra, haciéndole eco a la colombiana). Luego de varias vueltas, allá por el 2009, Eze terminó de convencerme en un viaje que hicimos a Tucumán a un Congreso de Comunicación y empecé, finalmente, a escuchar a Cerati. Pero con el tiempo fui descubriendo que a Cerati, más que escucharlo había que leerlo: sus canciones eran poesía pura. Apenas un par de años más tarde, allá por diciembre del año 2012, estaba ofuscado eligiendo cómo iniciar la defensa de mi tesis sobre cómo los jovenes construyen identidad en las redes sociales. Elegí una frase de la antroóloga Paula Sibilia (autora de “La intimidad como espectáculo”) y otra de Borges. Comencé argumentando cómo los jovenes estamos infoxicados ante la cantidad desmesurada de información con la que contamos en Internet, y que en ese torbellino de datos nuestro “Yo” debía moldearse de alguna u otra forma. Y que mi tesis, por cierto, era una forma de dar respuesta esas incertidumbres que tenemos ante la vorágine de lo desconocido, porque al final y al cabo, tal como decía Gustavo, “sacar belleza de este caos es virtud”.

 

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