Con los ojos abiertos

Somos un todo que nos devoramos a nosotros mismos y el resto es pura tiniebla. Mientras las horas pasan, sin darnos cuenta, perdemos la oportunidad de mirar cosas maravillosas.

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El cielo se está desmoronando mientras escribo esto. Lo sé porque escucho la noche crujir y aullar truenos; además porque veo los flashes de los relámpagos que se reflejan en mi ventana. De a poco, la humedad se desprende del asfalto y se eleva suavemente hasta instalarse en este sexto piso. Por más que llueve, hace mucho calor. Como la tormenta es fuerte, tuve que resguardar adentro de casa esa maceta donde tengo la única planta que habita en este departamento, un pequeño helecho. De la tierra se libera el olor a lluvia. Petricor, ese es el nombre que recibe el olor de la lluvia sobre la tierra seca. A mí me encanta la lluvia, de hecho mi canción favorita se llama “Rain” y la canta Mika. Podría poner play a la canción y escucharla, pero hoy no. Hoy prefiero escuchar la lluvia caer. Y las gotas suicidándose en mi ventana. Y hay otras, las que por algún capricho del azar, pueden colarse por el vidrio que dejé medio abierto. Y las gotas entran, y las gotas bailan, y algunas otras me mojan la piel. Qué maravillo es el ser humano cuando vive la plenitud de sus sentidos.

Yo los disfruto en su totalidad desde que hace un par de días, me robaron, por una hora aproximadamente, uno de mis sentidos. Ocurrió en la obra “El infinito silencio”, que tiene lugar en el Centro Argentino de Teatro Ciego de Buenos Aires. Como el resto de las obras que se desarrollan acá, este espectáculo difiere del resto porque está montado en la oscuridad total. Cae de maduro que uno “no ve” la obra, sino que la escucha, la huele, la percibe como un eco que te fagocita. La experiencia de ir a lugares como éstos te renueva el amor a tus propios sentidos: nunca pensé salir del teatro, amando tanto a mis ojos. Quienes tengan la oportunidad de asistir a este tipo de obras, vayan y comprueben lo que les digo.

Cuando fui al Teatro Ciego, pensé que iba a ingresar a una sala a media luz y que me iban a poner una venda sobre los ojos. Incorrecto. Te llevan a un lugar totalmente oscurecido, y tu cuerpo empieza a pasar por una serie de momentos que te llevan al borde del paroxismo emocional. Primero la incertidumbre, de no saber qué estás pisando. Luego, angustia visual de no saber a dónde te estás sentando, quién está a tu lado, qué está sucediendo a tu alrededor. Pensé en las personas que nacieron o quedaron ciegas por X motivos, y sentí desesperación. Pensé en Borges y su entereza. Quise irme un par de veces de la sala. Me sentía muy mal y hasta pensé que me podía desmayar de ansiedad, ansiedad por ver luz. La luz pasó a ser agua en el desierto.

Los humanos somos seres selectivos por naturaleza, elegimos con qué vestirnos y de qué reírnos. También muchas veces optamos por ver las cosas que nos convienen, si el vaso medio lleno o el vaso medio vacío. (Hay un dicho dando vuelta por ahí que dice que hasta sufrimos más por lo que imaginamos que por lo que vemos). Escuchamos lo que queremos escuchar, tocamos lo que queremos tocar, vemos lo que queremos ver: usamos nuestros sentidos a nuestro total antojo. Lo más triste es cuando no podemos ver la grandeza de la vida aún cuando tenemos los ojos bien abiertos.

Para más información sobre el Centro Argentino de Teatro Ciego: http://teatrociego.org/

http://datarioja.com/index.php?modulo=notas&accion=ver&id=6268

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