Cuidar la vaca

Escribo esto un 31 de agosto, y así como ya cobré, ya pagué también todas las cuentas pendientes en tiempo y forma. Alquiler, expensas, teléfono, cable, Internet, electricidad, una triste compra del mes, etc. Y mis bolsillos quedaron más secos que el desierto de Atacama.

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Durante mi niñez, la tía Aida solía contarme cuentos antes de dormir. Como si fuese un ritual nocturno e impostergable, junto a mi primo Juan, escuchábamos atentos esas fábulas maravillosas que iban desde las anécdotas de “Las mil y una noches” hasta los fantásticos cuentos de los hermanos Grimm. A mí particularmente me gustaban todos aquellos cuentos donde había tesoros de oro incalculable. Me fascinaba la escena de la película “Aladdin” (Disney, 1992) cuando el valiente protagonista se topa con la riqueza de la Cueva de las Maravillas. Y ni hablar de cómo me gustaba ver al tío del Pato Donald, Rico McPato, bañarse en su caja fuerte inundada de monedas. Solía decirle a mi tía Aida que cuando crezca y sea grande, iba a construir un castillo enorme y ella sería la vieja bruja que viva en un aposento de esa fortaleza de oro.

Antes de venir a Buenos Aires, mi mamá tuvo que vender una de sus vacas para ayudarme a solventar los primeros meses hasta encontrar trabajo. Cuando le conté esto a Agustín, un amigo mío, me dio un hilarante consejo: “cuidá la vaca”: con cada gasto, una mancha menos de la vaca. Estallé de risa con la ocurrente analogía. Es cierto eso de que a veces uno se ríe para no llorar. Es que uno trabaja tanto para ganarse un peso, que le frustra de sobremanera tener que pedirle ayuda a sus viejos a mitad de mes (el fin de mes es una ilusión óptica, un espejismo en ese desierto de Atacama que es la billetera). Y eso que yo tengo la posibilidad de contar con la generosidad de mi familia, podrían decir que me quejo de lleno pero lamentablemente no somos los acaudalados Lannisters de “Games of Thrones”: no cagamos oro.

A mi familia nunca le faltó nada, por gracia de Dios pero sobre todo por sudor propio. Lejos de ser este un manifiesto de mis origines para explicar una situación económica insostenible, siempre recuerdo la anécdota que me contaba mi padre de su época de estudiante. Con su sueldo de maestra, mi abuela le pagaba su profesorado de matemáticas en Rosario y papá solía contarme que en más de una oportunidad se quedaba en la casa de sus compañeros estudiando hasta tarde, a propósito, para que lo inviten a cenar. Cada vez que mi nivel de frustración económica alcanza esos niveles irrisorios, me acuerdo de esto y veo de lo poco que me estoy quejando.

De niño a esta parte, aprendí a detestar hablar de dinero. A la fecha me parece de un terrible mal gusto estar en reuniones y que se ponga en el tapete social cuánto gana cada uno o en qué lo invierte. A mí me gusta ganar mi sueldo e invertirlo en las cosas que me hacen bien, aunque últimamente tengo que comprar las cosas que me hacen y punto. A veces el camino se hace cuesta arriba de tal manera que vemos imposible llegar a la cumbre, entonces nos endeudamos, somos amantes de las cuotas y devotos de los descuentos y las ofertas, tratamos de administrar lo mejor posible lo que ingresa a nuestras cuentas bancaria, pero inevitablemente los cajeros se convirtieron en el Muro de los Lamentos y a uno termina sobrándole mes a fin de sueldo.

Los párrafos anteriores pueden leerse como un “te quejás de más” o como “los problemas que atraviesan los jóvenes que deciden ir a vivir solos”: uno pone el acento donde lo crea necesario pero hay momentos en que los sueños se convierten en planes. Con un peso o sin un peso, con más rutina que ilusiones o con más histeria que historia, para llegar a disfrutar de la sutileza hay que pasar por esa aspereza necesaria del día a día. Hay quienes en sus planes no tienen en su haber vacas gordas, ni mucho menos cuentos de riquezas desmesuradas y deben transformar la frustración en algo bello: la perseverancia. Perseverar es encontrar fuerza en esos lugares inhóspitos del cuerpo para mantener las brasas vivas, sabiendo que aún falta para encender ese fuego que nos recuerda que, pese a todo, estamos de pie.

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