Paciencia

¿Cuántas veces les han pedido “tiempo”? En cualquier contexto, este tipo de demanda trae acarreada la inevitable espera de algo. Y para esperar que el tiempo ponga todo en su lugar, a veces se necesitan toneladas de paciencia.

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Hace poco pude comprar una mesa para el televisor y una biblioteca; tengo muebles nuevos para el departamento, luego de vivir aquí hace más de un año. Recordaba los días en que esos espacios estaban en blanco: el televisor sobre dos cajas, y dentro de esas cajas, docenas de libros. Recordaba también el sabio consejo que me dio una vez mi padre, cuando aún estaba en búsqueda de un trabajo: “Esto es como un juego, hijo: el que no tiene paciencia, pierde”. Paciencia. Según la Real Academia Española, la paciencia es “la capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse”. La RAE también la define como “la capacidad para hacer cosas pesadas o minuciosas”, y hay una tercera acepción, que admito es mi favorita, que dice lo siguiente sobre la paciencia: “es la facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho”. A mí cuando me piden paciencia, antes de pensar en uno de estos posibles conceptos, recuerdo a un caballo. Sí, así como leen: un caballo.

Esto que les voy a contar sucedió entre 1997 y el año 2000: se celebrara la fiesta de la Divina Misericordia en “El Telarillo” (a unos kilómetros del Malanzán, pueblo perteneciente al Departamento Juan Facundo Quiroga en La Rioja). Asistieron familias y mucha gente de puestos vecinos a la misa del Santo Patrón de la estancia, el Jesús Misericordioso. La celebración religiosa que fue precedida por un almuerzo a la altura de las circunstancias con asado y empanadas. Luego del almuerzo, el tío Chacho nos dejó a mi hermana y a mí montar su caballo -que carecía de nombre alguno para entonces- y pasear por la estancia familiar. Del caballo, solo recuerdo que era blanco; no tengo ningún registro fotográfico inmediato más que mi memoria emotiva. Luego de dar unas vueltas con mi hermana a lomo del caballo; otros niños quisieron montarlo y cabalgar sobre él. Fueron tantos niños y tantas vueltas, que con mi hermana determinamos que si había algo que le sobraba a este animal, era paciencia. De ahí que salió su nombre: Paciencia. Hace un par de años, fue triste enterarme de que Paciencia había muerto. Nos enseñan a creer que la paciencia es tan necesaria como inagotable, y es penoso darnos cuenta que ésta también puede acabarse.  El tiempo no para.

Se nos educa a cumplir con horarios, a levantarnos temprano y a llegar a determinada hora. También nos dicen que ser puntual es una señal de buena educación, y que la tardanza es mal vista y hasta puede ser castigada. Luego, uno elige como administrar sus tiempos. Porque parece que son muchos, pero al fin de cuentas no es más que un solo tiempo que compartimos todos: un penoso acuerdo colectivo. Cuando se nos pide paciencia implícitamente nos están pidiendo que dosifiquemos la ansiedad de la espera y que domestiquemos nuestras ilusiones. Las ilusiones se comportan de una manera tan infantil, que pueden aferrarse ante lo desconocido por lo promisorio que éste puede parecer. Somos eso que esperamos que nos pase, por eso aguardamos con paciencia. Pero la paciencia es tan mortal como nosotros, y puede morir. Aún así hay corazones que siguen galopando.

http://datarioja.com/index.php?modulo=notas&accion=ver&id=6213

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