Postales desde más allá del ser

Sucede que a veces no tenemos a mano un plan B cuando nos falla el plan A y en medio de este vertiginoso viaje que es la vida, nos desorientamos y perdemos fácilmente. Entonces nuestra identidad nos envía una postal para tratar de recordarnos quienes somos aún cuando no tenemos muy claro donde carajo estamos.

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El 17 de agosto tenía programado un vuelo con destino a Buenos Aires tras mi participación como orador en TEDxUNLaR que tuvo lugar el día 15 en la Universidad Nacional de La Rioja. En el mismo vuelo, viajaba Ricardo Cohen –o más conocido como Rocambole- y su asistente. Para aquellos despistados, Rocambole es un artista plástico, diseñador gráfico y profesor de Bellas Artes; responsable del arte de las tapas de discos, afiches y entradas de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Pero, tanto Rocambole, su asistente y yo perdimos el vuelo en el aeropuerto de Catamarca hasta que Octavio y Manuela Calvo, padre e hija, resolvieron que viajaríamos en colectivo. La cuestión es que dicho colectivo partía a las 18 horas y eran apenas las 13, así que contábamos con un lapso de tiempo muerto de aproximadamente 5 horas. Partimos entonces a la Cuesta del Portezuelo.

“Desde la Cuesta del Portezuelo / mirando abajo / parece un sueño / un pueblito aquí, otro más allá / y un camino largo que baja y se pierde” entonaban Los Chalchaleros sobre este precioso lugar convertido en canción (“Paisajes de Catamarca”). En términos geográficos, la Cuesta del Portezuelo se trata de un camino en cornisa ubicado en la Sierra de Ancasti. Si uno transita la cuesta serpenteando puede ver el vasto paisaje catamarqueño a sus pies. Recuerdo como le comentaba a Manuela lo feliz que estaba de haber perdido el vuelo porque necesitaba imperiosamente “un cambio de aire” (en realidad no tenía ningún apuro en llegar a esta selva de cemento). Es anecdótico que hasta el propio Rocambole nos tomó una fotografía con Manuela posando con nuestra “Cajita Feliz” en su versión catamarqueña desmejorada.

En su último libro “Viajes. Desde la Amazonia a las Malvinas” (2014), la ensayista Beatriz Sarlo conceptualiza estas circunstancias como todo aquello que está “fuera de programa” de lo planificado, lo deseado, lo exactamente estructurado dentro de un viaje. Sostiene que “el salto de programa es un descubrimiento de algo que no se ha buscado”, es “algo que asalta de modo inesperado y original” y que es, a su vez, “imposible de ser integrado en una serie”. De alguna manera inexplicable, estos saltos de programa nos reubican en lugares completamente imprevistos y en tiempos impropios que no teníamos contemplados en un primer momento. Sarlo escribe que “la casualidad diseña los sucesos inolvidables”. Complementaría esta frase con otra muy bonita que aparece en la novela de la escritora Andrea Stefanoni, “La abuela civil española” (2014): “Ser feliz es tener un recuerdo inolvidable”.

Un salto del programa similar sucedió en diciembre del año pasado cuando mi padre accidentalmente se equivocó con la reserva de los pasajes y en lugar de sacar boleto para el viernes 20 de diciembre, lo hizo para el martes 10. Se imaginarán mi cara cuando me dijeron que mi colectivo había salido 10 días atrás. Claro, que para esa fecha ya no había colectivos a La Rioja. Y yo con $35 en el bolsillo como único capital económico, varado en el caos de la Terminal de Ómnibus de Retiro. Tras un par de llamados desesperados a mi familia en La Rioja, y al borde de un ataque de nervios (y puteadas a mi pobre padre), pude viajar hasta Córdoba donde hice escala en lo de mi amigo Emanuel, quien me hospedó hasta que pude tomar otro colectivo con destino a casa. Para hacer tiempo hasta la medianoche que salía el micro, fuimos a pasear al Parque “Las Tejas” bajo un atardecer diáfano, tirados en el césped mientras amigos de él practicaban acrobacia en tela.

En “Travelin’ truh”, que forma parte del soundtrack de “Transamérica” (2005), Dolly Parton canta “Well, I can’t tell you where I’m going, I’m not sure of where I’ve been / but I know I must keep travelin’ till my road comes to an end” (“Bueno, no puedo decirte a dónde voy, no estoy segura de donde he estado / pero sé que debo seguir viajando hasta mi camino llegue a su fin”). Por otro lado, en “The long road”, canción perteneciente a la banda sonora de “Comer, rezar, amar” (2010), Eddie Vedder se pregunta “Will I walk the long road? / We all walk the long road” (Voy a pie por el camino largo? / Todos vamos por el camino largo.”).

La vida, entendida como ese viaje donde no hay certezas absolutas de dónde venimos ni señales que nos indiquen categóricamente a dónde vamos, está compuesta por una sucesión de giros imprevistos que nos llevan a diferentes lugares, proponiéndonos únicamente ser: uno es como es y ser como uno es lo lleva a donde está. No importa si estaba subiendo la Cuesta del Portezuelo con Rocambole, al lado mi familia en La Rioja, encerrado solo en mi monoambiente en Recoleta, varado en Retiro en vísperas de Navidad o tirado en el Parque “Las Tejas” en Córdoba viendo caer el atardecer porque al fin y al cabo el lugar es quién uno es.

http://www.datarioja.com/index.php?modulo=notas&accion=ver&id=6155

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