Quemarse los ojos llorando

Todos tenemos alguna cicatriz en alguna parte del cuerpo que nos lleva inevitablemente, cada vez que la vemos, a un recuerdo. Son estas marcas identitarias las que nos dicen que lo que nos pasó una vez, nos pasó también para siempre

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Mi sobrino Heber es lo más cercano que tengo a un hijo. En él deposito todo lo que soy para creer en el mundo. Cuando algo le sucede, es como si el universo mismo se desacomodara y se derrumbara en pedazos. Somos tan frágiles, tan propensos a rompernos. En su clase de natación, Heber se golpeó la pera cuando se tiró a la pileta. Sorprendentemente no lloró, ni le avisó a su maestra del jardín, ni tampoco acusó a nadie de haberlo empujado o algo similar. Se aguantó todo el dolor hasta que mi hermana fue a buscarlo y se dio con que Heber tenía la pera lastimada. Pero lo que tenía en la pera no era un simple raspón que con una curita se podía tapar, Heber se había abierto la pera. Acto seguido llamaron una ambulancia y le hicieron sólo un punto; ahí se acabó la cuestión. Según mi hermana María, Heber ni chistó. Solo se asustó cuando llegó la ambulancia, abría los ojos como dos huevos duros. Ahora Heber va a tener una cicatriz en su pera, como yo.

No recuerdo qué edad tenía cuando fuimos con mi mamá, mi papá y mi hermana al entonces Parque Sarmiento (pese a que en 1970 reivindicaron su nombre a Plaza Facundo Quiroga pero en el imaginario colectivo hay quienes aún deciden llamarla por su antiguo nombre). Mi padre es un amante de la física y creo que ese día quiso hacer una prueba empírica de sus conocimientos: desafiar la gravedad lanzándome de cabeza por el tobogán. Yo acepté, infante demente, porque me resultaba tentadora esa arriesgada proeza que ya contaba con la desaprobación de mi mamá. Einstein se hubiese reído a carcajadas de la desgracia sucedida en el momento si no fuese por dos cuestiones: una, porque un niño (yo) resultó herido, y dos, porque el científico ya no estaba vivo. Al aterrizar de cabeza al final del tobogán, el filo de la punta me lastimó la pera de tal manera que la herida empezó a sangrar. Mi mamá atinó a llevarme a la heladería que quedaba al frente de la plaza, me lavó la pera, higienizándome la herida mientras consolaba mi llanto. Ahora la barba me cubre toda la pera, pero debajo de todo este vello, hay una pequeña cicatriz de recuerdo.

A mi hermana María le pasó algo peor que a Heber y a mí: íbamos camino al zoológico sobre la moto de papá, cuando ella metió sin querer uno de sus pies en los rayos de la rueda y se quemó el pie. Tuvimos que desviarnos de nuestros planes originales y terminamos en una sala de emergencia donde le vendaron todo el pie derecho, donde aún hoy tiene la marca de ese accidente de la niñez. (Ah, y no, esa vez no fuimos al zoológico).Mi encuentro con el fuego también tuvo lugar en la infancia. Estaba yo sobre la falda de mi abuela en una de esas reuniones familiares donde mate va, donde mate viene. En un instante de picardía, estiré una de mis manos queriendo agarrar la tapa de la pava con el agua hirviendo. Ésta se dio vuelta para mi lado, quemándome todas las piernas. Textual de mi familia: “Las bolas se te salvaron gracias al pañal que aún tenías puesto”. Claro está que todos corrieron en mi auxilio mientras mi abuela Pochola lloraba por mí. Unas horas más tardes se dieron cuenta que ella también se había quemado la rodilla por unas ampollas espantosas que se le habían formado ahí.

De todos estos recuerdos, creo que los que más me duelen son los de mi sobrino y el de mi abuela. A través del pequeño accidente de Heber en la pileta sentí en carne propia la fragilidad del cuerpo ajeno. Las personas no somos más fuertes que un aleteo de una mariposa, somos pequeñas burbujas de jabón flotando sobre una cama de rosas (¡con espinas, claro!) ¡Qué punzante la imposibilidad de dejar de ser uno y meterse en la piel del otro para que no sufra lo que está sufriendo! Porque al fin y al cabo no es lo mismo llorar porque uno se quema y sufre que quemarse los ojos llorando al ver cómo el otro sufre y no hay paliativos propios que impidan dicho dolor ajeno. No obstante creo que el desconsuelo impropio nos devuelve una porción de humanidad porque besar las heridas de otro es entregar todo lo que uno es, abandonando el dolor propio para convertir en luz, una cicatriz ajena.

http://www.datarioja.com.ar/index.php?modulo=notas&accion=ver&id=6226&PHPSESSID=8031b66188b17a644be499230f89ee4d

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