El brillo de tus ojos

No hay peor martirio para un comunicador que quedarse sin palabras. Sobre ellas nos construimos, nos hacemos y deshacemos: en lo que decimos está lo que somos, así en el verbo como en los silencios.

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No poder poner en palabras lo que el cuerpo nos dicta es frustrante y encontrarse frente a una hoja en blanco sin nada que decir resulta pavoroso. No saber, o no poder, escribir es como ir y venir por un pasillo de hospital: nunca se sabe cuál será el resultado final aun sabiendo que hay un inexorable desenlace, y te carcomen la espera y los nervios te ponen los pelos de punta. Pero acá el pasillo es más complicado porque somos prisioneros de nuestras propias mentes: la inspiración es como un pájaro que aletea desesperado por nuestra cabeza, cargando sobre su lomo ideas que no nos deja atrapar.

Estaba mirando “La teoría del todo” (James Marsh, 2014), una preciosa película sobre la vida de Stephen Hawking, un genio sin procedentes, una mente brillantísima. Y un cuerpo tenaz. Tenaz ante al deterioro, tenaz ante la muerte. A mitad de película, esto es a mitad de la vida de Hawking cuando su enfermedad alcanza los niveles más críticos, recibo un llamado de casa. “Que tu abuela Sara sufrió un shock séptico e ingresó a terapia”. Acá vamos, de nuevo: el desentendimiento y la negación, el eco sordo de la incertidumbre. El semáforo del cuerpo se pone en rojo y allí chocan todas las crisis habidas y por haber del ser humano que venía acumulando: la crisis académica, la económica, la familiar, la laboral, la sentimental. Puse pausa a la película y le puse pausa al tiempo: necesitaba huir de mi departamento.

Las cosas suelen acomodarse con el tiempo. Escribe Rosa Montero en “Historia del Rey Transparente” sobre el tiempo: “El tiempo es un río, y las mudanzas que las épocas traen son como las crecidas ocasionales de la corriente. Es imposible parar el curso del agua: si intentas detenerla, te arrastrará. Pero sí podemos encauzar el caudal para que no nos inunde, e incluso para utilizar su empuje en nuestro provecho. Prefiero ser molinero que ahogado”. Así que así nos encontramos, dando manotazos de ahogado para llegar a una orilla y, cuando menos lo esperamos, nuestros pies pisan la arena. Una vez recuperados, volvemos con la intención de sumergirnos en este caudal incontrolable que es la vida y en el camino volvemos a tropezar con piedras: a veces es la única manera de llegar al mar.

No ha sido fácil atravesar noviembre, pero el pronóstico ahora es alentador: las últimas noticias que dio mi hermana María, esa infatigable luchadora que más parece hija que nieta de mi abuela, rasguñan las paredes dejando entrar un haz de luz. Mi abuela entró en terapia prácticamente sin signos vitales y no hace 48hs que está ahí, y ya está lista para salir de nuevo, que si todo lo que puede salir bien, sale efectivamente bien, puede volver a casa. Nunca voy a entender la naturaleza humana. Ni la de mi abuela, ni la mía, ni la de Hawking. La de nadie. Ah, por cierto. Terminé de ver la película sobre la vida de Hawking y hay una frase que dice sobre el final que la leí mil veces y nunca supe que era de él: “While there’s life, there is hope”: Mientras haya vida, hay esperanza.

Cada vez estoy más convencido de que uno escribe confeccionando un nido de palabras donde refugiarse y evitar así caer en ese pozo sin sentido que es la angustia, pese a que el dolor está siempre empujándote a ese abismo. Una vez sumido ahí, el brillo de los ojos se apaga, la sonrisa se vuelve mueca y los días son una sucesión de rutinas interminables: la memoria se vuelve una laguna tan inmensa que hasta sus peces tienen nombre. Los primeros pasos para recuperar la sensatez son pequeños pero requieren de un esfuerzo enorme. Es por eso que vuelvo a escribir (y por eso, a lo mejor ahora, estás leyendo esto), aferrándome a las palabras, que caen como caen las frutas maduras de los árboles al suelo pero de mis dedos sobre el teclado, de manera espontánea y orgánica. Es todo un arte no dejar que se apague el brillo de mis ojos.

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