No bajar los brazos

Finalmente, los estudiantes de la UNLaR pudieron elegir. Los que no pudieron elegir fueron los 43 estudiantes mexicanos desaparecidos de Ayotzinapa.

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Estoy cansado. Empiezo a tipear estas primeras líneas y la mano derecha (sobre todo el dedo índice con el que cliqueo y cliqueo el mouse) me empieza a molestar. Debe ser la época del año, en noviembre el agotamiento se acumula con peso muerto sobre todo el cuerpo. Uno anda y desanda sus propios pasos en el ardor agobiante de la rutina, las calles son ríos de cemento que forman capas sobre la memoria fotográfica.

Uno sabe donde pisar, qué pozo esquivar, cuánto tiempo esperar en el semáforo, qué bondi tomar. Son esas pequeñas cotidianas que a esta altura del año tejen esa mediocridad insoportable del día a día. Sí, sí, sí. Que un día sin sonreír es un día perdido, que si la rutina te aplasta dile que ya basta de mediocridad, que ser feliz es una decisión y toda esa cacharrería que intenta ponernos de buen humor. Blah, blah, blah. Pero uno se agota y se fastidia.

Uno sabe que no se pueden ganar todas las batallas, que hay guerras que nos derrotan por completo. Si sos estudiante y estás leyendo esto, seguro estás en el periodo de “ya no puedo más”, “mejor postergo esta materia para el año que viene”, “un examen final más y vacaciones”. Llega esta época del año en que los resaltadores se secan en sus puntas y de los apuntes nacen notas marginales, conceptos subrayados, post-it notes pegados para no olvidar “esto que la profesora dijo que iba a preguntar en la evaluación final”. En fin, uno empieza a dar batalla contra el agotamiento físico e intelectual. Eso es lo más lindo de estudiar: que es elección de uno mismo y no de otro, porque estudiar una carrera que no nos gusta sería condenarnos a una desdicha tremenda, a un futuro muy infeliz. Los estudiantes generalmente eligen cuidadosamente cómo estudiar, qué metodología aplicar, si de corrido toda una noche o levantándose tempranito por la mañana con la cabeza fresca (yo pertenezco al primer grupo, al de los búhos que se pasan la noche leyendo, haciendo resúmenes y cuadros conceptuales para explicárselo a un público imaginario). Luego vienen los resultados, que nos pueden gustar o no. Porque podemos creernos súper preparados para ganar esas batallas, pero hay ciertas batallas que irremediablemente perdemos. Suele pasar, es de lo más común que la ilusión se comporte como una burbuja: la vemos mientras está ahí, y nos duele cuando desaparece, cuando ¡PUM! explota. No obstante, creo que cada uno debe ser evaluado desde donde cada uno es y está. Pienso ahora en los últimos años de la Universidad Nacional de La Rioja, donde no solamente estudié durante cinco años la carrera de Comunicación Social, sino también donde me desempeñé como productor periodístico en el aquel entonces mini informativo “Noticias UNLaR”. También fui ayudante de cátedra cuatro años consecutivos, participé en varios proyectos, hice lo que quise. Y hacía lo que me hacía feliz, lo que decidía que me iba a hacer feliz.

Vuelvo a estos últimos años de la UNLaR, a repasar los eventos que sucedieron y las cosas que cambiaron. Este pasado martes 18 fueron las elecciones. Escribo esto aún sin saber el nombre de los ganadores de esta ronda electoral. Independientemente del resultado de las últimas elecciones, los estudiantes de la Universidad Nacional de La Rioja tuvieron en sus manos el poder de elegir. Pero el poder de elegir no fue algo espontáneo y dado naturalmente como supone una democracia, sino que fue producto de una pulsión social de magnitudes impensadas. Como el efecto bola de nieve, empezaron unos pocos y se unieron multitudes. Sí, los estudiantes de la UNLaR pudieron elegir.

Los que no pudieron elegir fueron los 43 estudiantes mexicanos desaparecidos de Ayotzinapa. Los indicios terribles de lo que pudo haber sido de ellos, en plena democracia, son espeluznantes. Hago mías las palabras de la escritora mexicana Elena Poniatowska sobre este lamentable suceso: “Que 43 jóvenes sean asesinados en esa forma, no solo asesinados, fueron quemados en un basurero, como basura, como si fueran mierda, es una gran vergüenza, personalmente para mí y también para el país”. Ellos no eligieron desaparecer. Tal vez el ejemplo es extremo, pero yo no dejo de pensar en lo triste que lo están pasando esas familias mexicanas en esa vil espera de los análisis de ADN que se están realizando sobre los restos encontrados. Cenizas. Eso es lo que quedo de sus hijos, hermanos, nietos, primos. Habría que celebrar la democracia en la UNLaR, no solo porque los estudiantes se merecen un nuevo amanecer, sino también para extender un abrazo a esas familias mexicanas que, pese a la angustia de no saber dónde están los normalistas (o a dónde los “dejaron”), al dolor insoportable y al agotamiento físico, mental, emocional, al cansancio que significa permanecer en la trinchera esperando novedades, pese a todo, a todo esto, no hay que bajar los brazos.

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