Sin culpas

¿Qué estamos celebrando a las doce de la noche: lo que nosotros queremos ser o lo que los #otros esperan que seamos?

Las fiestas de fin de año suponen una cuota de dramatismo asegurado. Qué y cuánto vamos a comer, con quién pasaremos la Navidad y con quién Año Nuevo, qué le traerá Papá Noel a los niños de la casa, qué ropa nos vamos a poner, qué haremos después de las 12: que salir a bailar en Navidad no queda bien y mejor me reservo para Año Nuevo. En fin, podemos enumerar los mil conflictos que se desatan a raíz de nimiedades en estas fechas.

“¡No quiero ir a misa! ¡Es aburrido!” rompía en llanto, un año atrás, mi sobrino. Esto sucedió unos minutos antes de ir a la misa de Navidad. Yo era igual a su edad (y conservé este carácter por años). A mí no me gustaba ir a misa de chico, pero iba igual (o me llevaban) porque la #culpa por no ir pesaba más. Sucede que cuando uno es chico le preguntan qué querés ser cuando seas grande y no en qué querés creer porque eso, por decantación social, viene incorporado en uno y se supone que no hay riesgo en seguir el camino que siguió tu familia. Y acá no hablo solo de la religión: hablo de una manera de entender la vida fuera de tus cuatro paredes.

Si nos reducimos a un puñado de moralidades ajenas acabaremos siendo unos pedazos de infelices que no pudimos trascender nuestra zona de confort, ¿es eso lo que queremos para el resto de nuestra existencia? Uno siempre elije, o al menos cree que así lo hace, porque la #culpa de ser auténticos nos muerde el alma. Cuesta decir que “no” cuando por dentro nos mordemos la lengua por decir que “sí” y viceversa. Esto sucede todo el tiempo, frente a cada elección que hacemos: tratamos de narrarnos con la mayor veracidad posible pero el relato siempre se condicionado por la mirada de los otros. En estos casos no la creo tan necesaria.

Otra de las palabras que más suenan a esta altura del año es #sacrificio. A mí nunca me gustó la palabra #sacrificio. Me parece espantosa. Y tener un Dios que se sacrificó por nosotros me parece una idea aterradora que no hace más que guiarnos una vida entera remordiéndonos la cabeza. Que el estudio es un sacrificio, que el trabajo es un sacrificio, que la vida es un entero sacrificio… ¿y en qué momento nos detenemos de cara al sol a disfrutar de lo que verdaderamente nos completa? Uno tiene que hacer las cosas que le hacen bien y punto: ahí se termina el cuento. Ser felices sin tantos sacrificios es poder rescatar un haz de autenticidad de la rutina que nos aplasta con su mediocridad con olor a culpa.

Yo brindo para que suceda esto.

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