Una laguna de peces con nombres propios

¿Qué pasaría si supiéramos que en cualquier momento todos vamos a perder nuestra memoria? ¿Nos diríamos cuánto nos queremos con mayor frecuencia? ¿Nos abrazaríamos más? ¿Nos pelearíamos menos? ¿Perdonarían nuestras ofensas y nosotros perdonaríamos a quienes nos ofenden? ¿Cómo viviríamos sabiendo que cada instante puede ser el último que recordemos? ¿Seríamos más felices o viviríamos con la angustia de saber que todo aquello que hemos amado, que hemos construido, que hemos relatado día a día, puede desaparecer de un plumazo y para siempre? ¿Qué define un recuerdo? ¿Qué contornos tienen? Contornos elásticos, imposibles de capturar en un instante. Porque justamente los recuerdos son eso, instantes independientes que vienen y que van. Y son desobedientes, porque cuando no los necesitamos vuelven con la fuerza de un maremoto. Y cuando más los necesitamos, se escoden como una gota al fondo del mar. “Sí, la memoria es un mar” pensó. “Pero ella tenía lagunas, lagunas empapadas de olvido”. Y tuvo tantas lagunas que hasta los peces que nadaban en ellas tenían nombres propios.


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Texto: Martín Alanís
Fotografía: “Revenge of the Goldfish” (1981), Sandy Skoglund.

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