Alzheimer

Parecía imposible escapar de ahí, pero por momentos lo lograba. Eran destellos de lucidez, donde la grieta en la pared dejaba filtrar la luz del día y ella volvía, de alguna extraña amanera, a ser lo que siempre fue. Y era en ese instante tejido con segundos, en ese tiempo suspendido donde todo se desarmaba ferozmente en silencio, cuando podía escuchar con absoluta claridad las voces. Las voces de cada uno de ellos. Las de los niños jugando, el eco de la risa de su hija, el ruido de algún cubierto cayendo sobre el piso de la cocina, el crujir de las hojas suicidas de otoño que anunciaban la llegada de él. Podía escuchar todo lo que se había quedado atrás. O peor aún, todo lo que había dejado a su lado. Porque ahí estaban, nunca se habían ido. La que se había ido era ella. Se fue de si misma. Y por ratos volvía. Y cuando volvía, todo cobraba sentido de nuevo. Como una broma de mal gusto, como algo que no lograba entender. Entonces escapaba y veía todo desde la distancia de sí misma, de manera innecesaria. Lograba escapar. Escapaba pero como gota que pertenece al río, volvía a caer en el olvido. Y las voces se desdibujaban otra vez, los árboles ya no cantaban, los lugares ya no estaban. Y otra vez no pudo alcanzar las palabras para pedir ayuda. El amargo sabor a derrota le mojaba los labios. Sabía que solo restaba esperar, una vez más, ese destello, esa grieta hecha luz, ese instante de pequeña lucidez, para salir del olvido y volver a ser ella una vez más.

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Texto: Martín Alanís

Imágen: FERNS, ©1980 Sandy Skoglund

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