Genes dando vuelta en la mirada

Mi padre siempre dice que hay dos cosas de las cuales no nos vamos a poder escapar nunca: de la muerte y de la genética. Escapamos de nuestros padres sin darnos cuenta que vamos pisándoles la sombra y convirtiéndonos en seres tan espeluznantes como lo son ellos.

Screenshot_5

De manera orgánica, incorporé el hábito de ir religiosamente cada domingo a un café donde no solo meriendo como si fuese el fin del mundo sino que también invierto varias horas de esas tardes que parecen interminables en leer un buen rato y escribir otro poco.  Para ser más preciso, fue la tarde del domingo 7 de diciembre del año pasado en “Le Blé”, un café de Recoleta.  Pedí un café y para acompañarlo unas tostadas belgas (panes remojados en leche con azúcar rubia y miel que son la perdición para cualquier ser humano). Llevé para leer ese día un libro que venía buscando hace años: “Las Horas” (1998) de Michael Cunningham. Sumergido en esta historia narrada en tres épocas diferentes y a través de la mirada de tres mujeres que estaban unidas por el desencantado que a veces tiene el destino, llegué a una frase que me hizo llenar los ojos de lágrimas.

En ese momento, en el que ese libro me hizo moquear un poco en el lugar menos pensado (a propósito de esto lean “Las ventajas de llorar en el colectivo” de Maximiliano Monti, 1), opté por dejar de leer. Cerré el libro y apoyé ambos codos sobre la mesa, uniendo mis manos para que sostengan entre las dos mi mentón. Y en un instante suspendido en el vidrio del café, vi el reflejo de los ojos más tristes del mundo que no eran míos. Eran los ojos de papá. Se reveló en ese segundo el poder de la genética como una tempestad silenciosa que iluminó todo mi mapa genético. Yo era él, y él era yo. Como una ironía borgeana, le hubiese gustado decir a él. Cuestión es que ese mismo día, lo llamé a su casa para contarle que desde la última vez que lloré con un libro (fue en abril del 2013, con “Cien años de soledad” de… ¿vale la pena aclararlo a esta altura?) y, acto seguido, le recité por teléfono esa pequeña oración que me había emocionado unas horas antes. Creo que, en el momento en que le estaba leyendo, me dije a mí mismo: “Ahí está. Otra vez yo soy él. Y él soy yo.”

Cuando con mi hermana éramos unos mocosos, papá solía leernos fragmentos de los libros que estaba leyendo en ese momento. Pero creo que ni mi hermana ni yo teníamos la cabeza preparada para esas palabras y nos distraíamos viendo el techo o esperando que ese incómodo momento en que papá nos leía cosas que no entendíamos, pase lo más rápido posible. ¿Habrá esperado papá, del otro lado del tubo, que pase ese incómodo momento donde no generaba empatía con esa frase que a mí me había calado hondo ese domingo de diciembre? Quién sabe. Espero que sí.

Cuando mamá viene a quedarse en mi departamento por unas semanas, llega y se instala invadiendo el monoambiente a sus anchas. Es como si le importase un carajo que yo viviese ahí también, ella busca su comodidad y arma su lugar en el mundo: su mate y su tejido es todo lo que necesita para ser feliz. Y su silencio, su eterno silencio. Para que se den una idea, mamá es una de esas personas que luego de hablar por teléfono y enterarse de la muerte de un pariente pueden pasar horas hasta que lo diga. O hasta que mi tía, al borde un ataque de nervios almodovariano, le socave la información. Cuestión es que cuando se queda en mi departamento, espera todas las tardes que yo llegue del trabajo. Nos saludamos y ella, con todo el amor del mundo, me prepara la merienda (como si aún tuviese 5 años, leche con chocolate… ¡a nadie le sale mejor que a mi mamá!). Y espera que yo, luego del ritual de pasar el dedo por el fondo de la taza para sacar la azúcar, hable con ella. Y hablamos, claro que sí: las frases más lacónicas que se puedan imaginar. Luego yo me tiro en la cama a leer mientras ella sigue tejiendo. Y así podemos estar horas, yo perdido en alguna historia de los Siete Reinos de George R.R. Martín y ella concentradísima en sus cuentas del tejido, a la vez que toma mate hasta minutos antes de preguntarme lo que sería el quiebre de esa silenciosa comunión que se establece entre ella y yo: “Hijo, ¿qué vamos a cenar?”.

Antes de que esto suceda, yo interrumpo mi lectura y la miro en su labor: está rodeada de silencio. Y la veo a ella, y qué quieren que les diga… También me veo a mí. No hay persona que deteste más entablar una conversación por la mañana o que disfrute de esa intimidad tan inmensa que es llegar a tu casa y sentir que el mundo afuera no existe en el momento en que me descalzo y me tiro por un rato en el sillón, como vencido por la rutina. Sus silencios eran míos, y los míos eran de ella, era como si nos convirtiéramos uno en el otro a gritos mudos: no sabía donde terminaban mis silencios y donde comenzaban los de ella. Me estaba convirtiendo irremediablemente en mi madre.

Nos quejamos de ellos pero más de nosotros cuando reconocemos que hay una porción enorme de genes dando vuelta hasta en nuestra mirada. Somos basuras humanas cuando negamos ser como nuestros padres, porque sí que lo somos: residuos genéticos de alegrías y tristezas tan ajenas como propias, somos una generación que se repite a sí misma. Eso sí, los errores que cometemos nosotros son nuestros y solo nuestros, habrá que ver qué hacemos con ellos para evitar pasárselos a nuestras próximas generaciones.

(1) “Las ventajas de llorar en el colectivo”, Maximiliano Monti: http://bit.ly/1zjXF5C

Publicada en DataRioja, el día miércoles 18 de febrero: http://bit.ly/1wg0C8n

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s