Nos observan detrás de un árbol

El poder sugestivo de un libro es ese escalofrío que perdura en nuestra piel aún después de leerlo.

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Viernes, 21.30 hs. Ya era tarde para salir a correr. Había llegado del trabajo y pensó que la semana estaba totalmente acabada. No obstante ya estaba cambiado: luego de merendar, se puso su conjunto deportivo y sus zapatillas de running. Venció la fatiga acumulada y se levantó del sillón. Salió de su casa. Estiró un poco sus músculos y empezó a correr. El parque donde hacía su rutina estaba totalmente deshabitado. No había un alma. “Y no” pensó, “es viernes y todos están preparándose para salir o ya haciendo sus previas”. Los árboles eran los únicos testigos de su ejercitación. Y el viento, el viento que le secaba el sudor que le corría por la sien. Y de nuevo la noche, en su inmensidad, una capa negra que lo cubría todo: la noche era un lobo negro con las fauces abiertas. Corría y sus músculos se tensaban. Se tensaban y aflojaban ante el ritmo acelerado de su corazón. Dobló en una esquina donde apenas había iluminación y aceleró el paso: ya lo había visto. O al menos su cabeza lo había imaginado. Estaba agazapado ahí, detrás del árbol al que se aproximaba. Tenía dos opciones: aceleraba la velocidad de sus piernas y pasaba a su lado sin mirar de costado, tratando de ignorarlo, o daba media vuelta y hacía de cuenta que su rutina terminaba un poco antes de ese árbol donde se encontraba él. Pero si se volvía, pensó, le daría la espalda y no sabría si vendría detrás de él. Decidió avanzar. Su rostro se dibujó en el aire y desapareció de repente, dejando esa sonrisa maléfica suspendida en el aire. Era él, el mismo que hacía tiempo venía atormentándolo en sus sueños.

¿No sintieron alguna vez ustedes que están siendo observados detrás de un árbol? Bueno, lo narrado anteriormente suena a la introducción de un pequeño cuento pero en realidad no es más que lo que me sucedió (de alguna forma exagerada) cuando quise salir a correr un día después de haber terminado la adictiva novela de Jo Nesbø, “El Leopardo”.

Resulta que el asesino serial que investigan en esta estupenda novela policial asesinaba a una mujer que solía correr por un parque en la absoluta soledad de la noche. Hay libros que parecen adherirse a tus manos, es imposible soltarlos porque no sabesr cómo se desenvuelve la historia. Tengo como costumbre leer en el trayecto que va de casa al trabajo, esto es un viaje aproximado de 40 minutos. Pero, sumergido en la vorágine del libro de Nesbø, un día pasé de largo la parada donde tenía que bajar y tuve que caminar un par de cuadras de más, llegando tarde al trabajo. Y por un par de noches, mientras leí “El Leopardo”, tuve que dormir con la luz prendida. Como un niño al que le contaron un cuento de terror antes de acostarse y no puede conciliar el sueño por los fantasmas que lo acorralan de noche. La última vez que me sucedió algo similar fue cuando leí “Hot Sur”, la novela de la escritora Laura Restrepo. Claro que en esa ocasión, el que me quitaba el sueño era el aterrador Sleepy Joe, quien reza mientras asesina o viola en la esperanza de salvarse él mismo y salvar a su víctima.

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A lo que voy es que celebro una vez más que todavía haya autores por descubrir y que sean capaces de calar hondo en tus nervios. El hecho estético se produce en el instante en que los personajes salen de las páginas para convertirse en monstruos de carne y hueso, o al menos seres imaginarios que están ahí, esperando por nosotros a que terminemos de una vez por toda el libro antes de que sea demasiado tarde. Nesbø logró esto. Y algo me dice que no será la última vez que leo algo de este maravilloso escritor noruego. El poder sugestivo de un libro es ese escalofrío que perdura en nuestra piel aún después de leerlo, sabiendo que todo ese mundo creado fue una ficción pero sintiendo a nuestras espaldas que nos están observando detrás de un árbol.

Publicado en DataRioja el día miércoles 18 de febrero: http://bit.ly/1BGqxr1

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