Ay Anita…

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Hay libros que se leen de un tirón. Y “Perros e hijos de perra” de Arturo Pérez-Reverte es uno de ellos. Me ha durado un día, porque prácticamente lo he devorado. Lo que ha hecho este escritor no es sino un manifiesto de amor hacia los perros, esos “cuchos” compañeros. Además, Pérez-Reverte me llevó a través de cada artículo a pensar en cada uno de mis perros, desde el Collie que me acompañó durante toda mi infancia hasta Anita, mi -por ahora- última adquisición. Lo que hace un buen libro es generar empatía de entrada: sabes que están hablándote a vos, y están hablando de vos. Y con esta libro precioso, te están hablando también de tus perros.
El Collie ha sido mi más fiel compañero, él soportaba ser mi almohadón cuando yo me tiraba sobre la alfombra a ver tele. También fue compañero de aventuras en Malanzán, acompañándonos a mi primo Juan y a mí en nuestros recorridos por el pueblo hasta jugar en el canal que pasaba delante de casa: el juego era simple pero no por ello dejaba de ser divertido, le tirábamos un par de algarrobas y el Collie las atrapaba de un tarascón con una velocidad impresionante antes de que el agua se las lleve. Cuando me contaron que el Collie había muerto, yo me apoyé sobre la ventanilla del auto y lloré un poco, porque había muerto con él una buena parte de mi infancia. Nunca tuve un amigo tan noble cómo él.
En casa de mi abuela Sara la teníamos a Iris, una ovejera alemán que infundía un respeto de la puta madre. Nunca se me ocurrió jugar con ella, porque como era una perra “policía”, tenía una autoridad sobre sus pasos que solo mi abuela podía cuestionar. Una vez un tipo quiso hacerse el listo con mi abuela, insistiéndole que lo deje pasar a su casa pero mi abuela se negó y mientras el vivo ese seguía insistiendo, Iris, como un rayo que irrumpe el cielo, se presentó en la entrada de casa con las orejas en alto y el hocico altivo, como diciendo “¿qué carajo pasa aquí?”. Iris murió de vieja. Creo que no hubiese soportado la muerte de mi abuela (para eso les hablaré de Anita, más adelante).
Cuando tuvimos casa propia, mi mamá nos regaló una perra a mi hermana, y otra a mí. Luna era una samoyedo hermosa, de unos ojos preciosos, un pelaje impecable, una delicadeza de perra. Esa era de mi hermana María. Yo había pedido una chihuahua, pero como en La Rioja esos perros aún no se conseguían, mi mamá regaló una fox terrier enana, bigotuda y malhumorada. La bauticé con el nombre de Kiara. Luna y Kiara eran como el ying y el yang, se peleaban todo el tiempo y una casi mata a la otra. Ya ni recuerdo como fue qué murieron, pero creo que a esta altura me dolería tratar de recordarlo. Kiara era todo lo que no esperaba que me pase, y me dio vuelta el mundo en tan solo unos años. Maldita enana cascarrabias, como te extraño.
En el medio pasaron varios perros más, unos de raza y otros, unos chocos de lo más ordinarios y simpaticones. Corría el año 2011, mes de agosto, día del niño. Llevamos a mi sobrino a festejar su día en la plaza Facundo Quiroga y había un hombre con una caja llena de cachorros pequeños. Me enamoré con locura de una perrita color beige. Le pregunté al tipo que las regalaba si las perritas se mantenían pequeñas y él, muy serio, me dijo que sí, que son de los perros que se mantienen diminutos. Entonces adopté la perra a la que bauticé Marda, y Graciela, quien entonces cuidaba a mi abuela Sara, la rebautizó Anita: era un nombre más sencillo y mucho más fácil de recordar. Pero las mentiras tienen patas cortas y patas cortas resultó tener Anita: creció de tal manera, que parecía que comió un par de habichuelas mágicas.
En una ocasión, cuando el portón estaba medio abierto, Anita se disparó y un taxi la arrolló media cuadra… Yo pensé que ese era su final. Pero no, ella se levantó temblando, desorientada y desecha de los nervios. Fue Tito, mi amigo, quién me ayudó a cargarla en su auto y volar a un veterinario a que la atiendan a deshoras de la noche: ahí me di cuenta que no me importaba el largo de sus patas. Anita es torpe pero cariñosísima, es bruta de modales pero guardiana y una compañera que acompañó a Graciela y a las otras chicas de la casa (Liliana, Adriana, Rosita) a cuidar a mi abuela Sara hasta su último momento. Anita está lejos de ser como Iris, como el Collie o como Kiara: creo que es una amalgama de todas esas mascotas. En estos días me tocará visitar esa casa, que más que una casa es hoy una usina de recuerdos. Sé que no voy a estar solo cuando me toque abrir la puerta de par en par, porque del otro lado estará Anita, que hace rato viene ladrando a los espíritus que quedaron rondando por la casa esperando que mi abuela vuelva. Ay Anita, cómo te voy a entender…
*Lic. en Comunicación Social
Redacción DataRioja
01/04/2015
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