Cómplices

Complices

Nos gusta desnudarlas con la mirada y manosearlas con las palabras. Nos encanta taparles la boca para que no griten. Y si gritan, que sea pidiendo por más. Por más de nosotros. Disfrutamos arrastrar sus cuerpos en la oscuridad y hacer oído sordo a sus suplicios. Nos gusta arrancarles la ropa, y con ellas lo último de dignidad que les queda. Abriles las piernas, y enseñarles quién manda: nosotros, que estamos siempre arriba. Tan intocables, tan inmunes. Y las amordazamos, y las violamos a nuestro antojo.

También nos regocija asesinarlas de distintas maneras: golpearlas hasta dejarlas inconscientes y quemarlas vivas. Que el fuego consuma todo. Nos gusta ver en la tele las noticias de esas desaparecidas, pero más disfrutamos cuando se recorre la escena del crimen; una vez que encuentran los cuerpos, calcinados, mutilados. Un montón de huesos rotos en una bolsa de consorcio. Participamos también en los debates que se arman alrededor: era pobre y puta, era rica y soñadora; vestía al momento del hecho un short tan corto que parecería que buscaba terminar así. Como si ellas hubiesen buscado escribir así su final.

Hay que subir el volumen del televisor cuando sale la madre de la víctima (aunque más que víctima resulta ser una provocadora), para escuchar su dolor (aunque somos incapaces de sentirlo). Hay que bajar el volumen cuando sale el señor ministro, porque dará el discurso de siempre en estos casos: una diplomacia repugnante. Nos gusta indignarnos un poco antes de apagar la tele, un ratito, lo suficiente para saber que podemos ir a dormir con la consciencia tranquila. Qué cómoda y falsa almohada. Y al otro día, despertaremos y seguiremos siendo lo que siempre fuimos: cómplices.

Qué adormecimiento frío que nos congela a todos, que ceguera indiferente que no nos deja ver que ellas son nuestras madres y hermanas, nuestras primas y amigas, nuestras vecinas y compañeras de trabajo. Ellas son nuestras mujeres y nosotros no estamos haciendo nada para impedir que las sigan matando como a perros. Qué miedo ir a la universidad o ir a una entrevista del trabajo con la incertidumbre de no saber si se puede volver con vida a casa por el simple hecho de ser mujer. Qué horror sentirse todo el tiempo posibles víctimas atrapadas en una película de terror. Qué infoxicada está esta sociedad, que se tapa la boca de espanto y que luego se olvida de hablar.

 

*Lic. en Comunicación Social

Twitter: @TinoPop_

Redacción DataRioja

18/03/2015

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