El aleteo de los espejos borgeanos

Borgeanos

A mí me gusta la gente que cambia. Me gusta la gente que cambia y que lo admite sin considerarlo una derrota pública de lo que uno es, sino que se mueve del lugar cómodo de decir “yo soy siempre el mismo” para admitir que los años le obligaron a ser otro.  Porque bien sabido está que la posibilidad de ser otro es poder ensayarse una y mil veces, detectando fisuras en nuestra condición de ser humanos y haciendo hasta lo imposible para subsanarlas –¡ojo, esto no significa desdoblarse de tal manera de crear un monstruo paralelo como la famosa novela de Robert Louis Stevenson, “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”!-.

Quién no ha fantaseado alguna vez salirse de sí mismo e imaginar con la idea de observarse desde lejos, tomando distancia de lo que uno es, pero acercándonos a nimiedades de la vida cotidiana que al tenerlas tan naturalizadas, las ignorábamos por completo. O, caso similar, quién no sintió la presencia de otro mirándonos en nuestra completa soledad. Otro que nos mira dormir, por ejemplo. Sí, puede ser un poco espeluznante lo que estoy planteando. Pero estoy seguro que hay una alteridad que habita en nosotros mismos que en cualquier momento puede estallar, revelándonos lo impensado.

Hay un “otro” que obra de manera misteriosa de la manera en que lo hacemos nosotros, originalmente. De esto estoy casi seguro. Ya el maestro Jorge Luis Borges lo insinuó en más de una ocasión. Hay un momento en su cuento “Agosto 25, 1983” donde Borges se encuentra en una habitación de un hotel al otro Borges, que a su vez lo está soñando, donde le reprocha lo siguiente: “Nos hemos mentido –me dijo-, porque nos sentimos dos y no uno. La verdad es que somos dos y somos uno”. Esto debe ser lo más parecido a verse al espejo y tratar de entablar con una conversación con uno mismo, ¡mirá, Jorge Luis, qué lío has hecho con tus espejos!

Detrás de este teclado hay otro escribiendo. Y seguramente, detrás de tu monitor, hay otro leyendo. Y luego hay otro atrás tuyo leyendo: no estamos solos. Nos multiplicamos como peces en el agua. Es por eso que hay pensarlo dos veces antes de pedirle, inútilmente a alguien, “seguí así, ¡no cambies más!” porque es condenarlo a la mediocridad de intentar mantener algo que no podemos atrapar con la mano: el aleteo desesperado de nuestra identidad de querer siempre volar en la bastedad de este cielo inmenso que es la vida.

 

*Lic. en Comunicación Social

Redacción DataRioja

25/03/2015

http://datarioja.com.ar/index.php?modulo=notas&accion=ver&id=6518

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